Como informa la televisión LBC, han asesinado a un político libanés, Saleh el Aridi, en el norte de Beirut con un atentado con coche bomba que ha herido a otras tres personas. El dirigente estaba muy próximo al grupo terrorista y partido político Hezbolá.
Peligro de inestabilidad
La víctima del atentado, Saleh el Aridi, formaba parte del Partido Democrático, una organización política minoritaria que representa al 10 por ciento de la población libanesa. Aridi mantenía unas estrechas relaciones con Talal Arsalan, ministro de Deportes y Juventud y aliado de Hezbolá.
Este atentado se produce en un momento en el que las negociaciones entres Israel y Siria han quedado suspendidas por el proceso de corrupción instruido contra el presidente israelí y que provocará su renuncia este mes.
Los sirios están satisfechos con los avances que se han producido en el proceso y se han manifestado abiertos a reconocer a Israel y a dejar de permitir que su territorio se convierta en el campamento de Hezbolá en sus frecuentes ataques contra el estado judío y el orden constitucional en el Líbano.
Talal Arshalan, muy próximo a la víctima del atentado, considera que el país del cerro debe alinearse con Irán y con Siria frente a los judíos. Sin embargo, esto no quiere decir que Hezbolá no haya intercambiado prisioneros con los israelíes y que las autoridades de Tel Aviv no hayan mostrado su disposición a hablar sobre los territorios que reclama el Partido de Dios.
Las Granjas de Shebaa es una pequeña franja de terreno ocupada por el ejército israelí desde la Guerra del Yom Kippur. Mientras Ehud Olmert dijo que devolvería esta tierra si cesa la violencia de Hezbolá, el dirigente libanés, Fouad Siniora, respondió el pasado 18 de junio que es la ONU y no una negociación bilateral la que debe determinar el proceso de devolución de las Granjas.
Siniora se había enfrentado pocas semanas antes a las embestidas de Hezbolá, que con grandes concentraciones de gente habían llegado a aislarle en su palacio presidencial y a avanzar posiciones por todo el país hasta el punto de que muchos consideraron que era el anticipo de un golpe de Estado. El ejército dijo que ellos eran neutrales y empezaron a desarmar a la guerrilla próxima al Ejecutivo, mientras reconocían que las demandas de Hezbolá estaban justificadas.
El gesto de Olmert, que pretendía reforzar a Siniora en la línea marcada por Estados Unidos, cayó así en saco roto. Pocos entendieron entonces que un presidente libanés que podría haber sido derrocado hacía pocas semanas se negara a catapultar su imagen con la recuperación de las tierras.
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