China se ha convertido por derecho propio en uno de los grandes actores del siglo XXI.
Fortaleza en recursos humanos, espíritu de superación de su población y creencia en un proyecto propio, le ha otorgado un protagonismo que la celebración de los Juegos Olímpicos va a publicitar más si cabe.
Editorial
Convertida en una competidora de las poderosas economías de Asia Pacífico como la australiana, japonesa o coreana, China es junto con la India un modelo de los países emergentes. Sin embargo, Pekín no se contenta sólo con el componente económico y no olvida el político y el diplomático.
En este aspecto, su actitud es pragmática. Lo vimos con su oposición a la orden de arresto contra el Presidente sudanés Omar Hassan al-Bashir. No olvidemos que Pekín es el principal vendedor de armas al país africano. Enarbolando del bandera del principio de no injerencia en los asuntos internos se opuso al TPI. Poco antes había hecho lo mismo con la propuesta de sanciones a Mugabe. África es uno de los focos principales sobre los que China quiere extender su influencia, consciente de que Occidente ha ido cayendo en descrédito en ese continente.
El entramado de relaciones exteriores establecido por China es tan complejo como variado. No tiene enemigos que la hayan colocado en lista o eje del mal, ni aliados con los que pueda establecer una special relationship al estilo Estado Unidos-Reino Unido.
Su proceder es más práctico: acuerdos puntuales que permitan a China ejercer y/o mantener su área de influencia. En junio, lo vimos con la reanudación de vuelos comerciales con Taiwan; en mayo, con la visita de Medveded a Pekín. Pese a la desconfianza mutua que se profesan Rusia y China, el deseo de limitar el poderío norteamericano, les ha llevado cooperar temas puntuales.
La celebración de las Olimpiadas ha traído consigo que los problemas que tiene, en especial los relativos a la defensa y promoción de los derechos humanos, hayan cobrado protagonismo. El gobierno de Pekín lejos de recular en su actuación, ha optado por el pragmatismo, o incluso por ganar tiempo, como en el caso de las conversaciones con los representantes tibetanos. Sin olvidar que la reacción occidental pro Dalai Lama ha dado provocado una ola de nacionalismo chino que en última instancia legitima las acciones de su gobierno.
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