Nicolás Aikin Araluce
Análisis Retrospectivo de la República Democrática del
Congo
Aquel país había obtenido su
independencia de Bélgica en 1960 pero atravesaba una situación muy inestable en
la que diversos líderes tribales regionales ostentaban más poder que el propio
gobierno central. A la secesión de las provincias de Katanga y Kasai – las más
ricas del estado – el primer ministro de entonces, Lumumba, replicó solicitando
ayuda a la URSS, en una peligrosa maniobra que no fue del agrado de Washington
que no quería “una Cuba africana”. Es por ello por lo que – según algunas
fuentes – los EE-UU y la CIA apoyaron a Joseph Mobutu en su golpe de estado de
1965 que derribó al gobierno, tras el cual se convirtió en presidente.
A pesar de la corrupción del
régimen y la prohibición de partidos políticos, durante los 70 y 80 este país –
renombrado Zaire por Mobutu y tan rico en recursos naturales – atravesó un
período de relativa estabilidad y prosperidad durante el cual no obstante
ciertos partidos opositores permanecieron activos.
Pero Mobutu tenía el respaldo de
EE-UU, Francia y Bélgica y se consideraba bastión del anticomunismo en África,
factor que por otra parte no le impediría llevar a cabo su política de
Zairización, culto personal y apropiación descarada de fondos públicos. Algunas
fuentes estiman que disponía de más de $7.000 millones en su cuenta personal de
Suiza. Ello, junto a su realizado sueño de construirse una especie de réplica
del palacio de Versalles en su aldea natal de la selva y su
negativa a pagar los sueldos al ejército – al que incluso animaba al robo y al
saqueo – darán una idea del perfil psicológico de Mobutu.
Con el
final de la guerra fría, el dictador ya no era pieza necesaria en el tablero de
ajedrez africano, y la presión política internacional, la recesión económica,
así como la creciente oposición interna al régimen, le obligaron a comprometerse
a celebrar elecciones democráticas que jamás llegarían a realizarse.
En el
interim, la actividad bélica de las facciones armadas opositoras aumentaba.
Entre ellas destacaban las AFDL (Forces Démocratiques pour la Libération du
Congo-Zaire), lideradas por el rebelde Katanganés Laurent Kabila que se alió en
un matrimonio de conveniencia con los Banyamulenge, quienes recibían apoyo del
nuevo presidente ruandés Paul Kagame (que veía a su país amenazado por la
presencia de milicias de hutus próximos a su frontera
occidental) y también
del gobierno de Uganda.
Mobutu, que
era pro-hutu, ordenó la expulsión de los Bayamulenge del Zaire y acusó a los
gobiernos de Ruanda y Uganda (probablemente con fundamento) de pretender hacerse
con los recursos naturales del país, lo cual desencadenó hacia finales del 96 la
llamada primera guerra del Congo.
Sin embargo, la falta de apoyo
internacional a su causa (con la excepción de Francia) y el desmoralizado estado
de su mal pagado ejército hizo que muchos soldados se pasaran al enemigo y que
finalmente Mobutu se viera obligado a huir al extranjero. Encontraría refugio en
Marruecos, donde moriría de cáncer de próstata al año
siguiente.
Kabila, un
comunista de la vieja escuela que incluso antaño tuviera tratos con “El Che”, se
proclamó presidente en 1997 pero pronto se tornó en un dictador tan
intransigente y corrupto como su antecesor. Además, finalizada la guerra, sus
aliados ruandeses y ugandeses tutsis – que habían contribuido decisivamente
hacia su victoria – no parecían tener mucha prisa en abandonar la parte
oriental de un país
que Kabila había renombrado República Democrática del Congo. Sus asesores tutsis
en Kinshasa tampoco gozaban de gran simpatía entre las gentes, motivos por los
cuales no tardó en enfrentarse con ellos y con los gobiernos de sus países de
procedencia, iniciándose la Segunda Guerra del Congo.
Durante
ésta, era ahora Jean-Pierre Bemba, líder del MLC (Mouvement por la libéracion du
Congo) el que contaba con ayuda militar de Ruanda y Uganda contra Kabila. Éste
no obstante contaba con el apoyo de los presidentes de Zimbabwe y Namibia, pues
ambos tenían grandes intereses mineros y comerciales en el Congo. También tenía
el respaldo del gobierno de Angola que veía su frontera norte amenazada por las
continuas incursiones de las fuerzas rebeldes angoleñas de UNITA desde aquel
país y el apoyo que recibían de los enemigos de Kabila.
Existía
ahora la seria posibilidad de que estallara una
guerra de tipo convencional entre seis países africanos: El Congo, Ruanda,
Uganda, Zimbabwe, Namibia y Angola por lo que bajo fuerte presión internacional
los 6 países implicados firmaron el alto el fuego de Lusaka en Julio de
1999.
Sin
embargo, las facciones rebeldes del Congo no participaron en el proceso de paz,
las hostilidades se reiniciaron y en enero de 2001 Laurent Kabila era asesinado
por un guardaespaldas. Una vez más, esto sucedía en circunstancias que no han
llegado a esclarecerse, aunque algunos analistas han vuelto a señalar en
dirección de la CIA, argumentando que los E-UU ya habían tomado partido a favor
de Ruanda y Uganda en la contienda, y que consideraban a Kabila elemento non
grata, incluso más peligroso que el difunto Mobutu.
Éste fue
sucedido por su hijo Joseph – personaje más popular en esferas internacionales –
quien firmó un acuerdo de paz con Ruanda y Uganda que resultó en la retirada del
grueso de tropas extranjeras y, en la llegada del contingente de paz de MANUC en
abril de 2001. A ello siguió en junio de 2002 otro acuerdo de paz con las
facciones rebeldes para compartir el poder en un gobierno de transición,
elaborar una nueva constitución, y celebrar elecciones generales en mayo de
2005.
Finalmente,
el noviembre pasado de 2004 tuvo lugar en Dar es Salaam, Tanzania, una cumbre de
11 jefes de estado y gobiernos africanos en la llamada Conferencia Internacional
sobre Paz, Seguridad y Desarrollo en la Región de los Grandes Lagos que resultó
en una declaración conjunta de intenciones de crear estabilidad en aquella
inmensa zona. Ello supuso el retorno a un estado de relativa calma y
equilibrio en el Congo.
Se estima
que hacia finales del 2004
alrededor de 3.8 millones de personas habrían muerto como consecuencia de
las armas y enfermedades derivadas de un trágico conflicto en el que la avaricia
y corrupción de sus consecutivos gobiernos, así como los choques étnicos
políticamente alimentados por el control de sus recursos con la intervención de
otros estados jugaron un dramático papel.
Complicado mosaico de facciones armadas en las
provincias
Pero al día
de hoy persisten choques étnicos en diversos puntos del país, especialmente
insurgencias en Bakavu y violencia entre las tribus Hema y Lendu en los Kivu.
Además existen graves peligros de enfrentamientos armados entre las fuerzas
regulares del Congo y de Ruanda (FARDC y FAR respectivamente), y también entre
las múltiples facciones bélicas existentes: las FDLR, FRPI, ML, FAPC, FNI,
UPC/L, entre otras. Dichas facciones además forman un complejo puzzle de
alianzas mutantes las cuales – con o sin el respaldo de etnias nativas y de
gobiernos de otros países – se dedican al pillaje de aldeas, violación de
mujeres y niños, tráfico de armas y explotación ilegal de recursos. Se trata de
una serie de entramados de índole étnico-político-militar-económica de
tal
envergadura, que cualquier intento de comprenderlos (por no hablar de
disolverlos) constituye un auténtico desafío.
Por una
parte, en los Kivis (zona este) siguen atrincheradas las exFAR/Interahamwe (ex –
fuerzas del ejército ruandés) y el FDLR (Frente Democrático de Liberación de
Ruanda), ambos estrechamente asociados al genocidio de 1994 en Ruanda.
Actualmente aún mantienen simpatizantes y colaboradores dentro de las FARDC, que
paradójicamente también incorporan excombatientes de grupos rebeldes que
recibían anteriormente apoyo ruandés. Ello ha conllevado diversos choques dentro
de las propias fuerzas armadas congoleñas, y también amenazas de última hora del
gobierno ruandés de cruzar la frontera en pos de los FDLR.
Pero existen otras facciones
bélicas: las FAPC (Fuerzas Armadas del Pueblo Congoleño), el FRPI (Frente de
Resistencia Patriótica de Ituri), el FNI (Frente Nacional de Integración), la
UPC/L (Unión de Patriotas Congoleños), RCD-Goma (aliados ruandeses), etc. Muchas
de éstas siguen provocando disturbios en diversas provincias porque el programa
de desarme hasta la fecha ha sido voluntario y, por tanto, limitado.
En consecuencia, es imperativo
implementar un programa fidedigno y transparente de desarme, desmovilización,
repatriación, reasentamiento y reintegración. Mas no es ésta labor fácil, dada
la reticencia de ciertos grupos a dejar las armas o a sacar de sus filas a miles
de mujeres y niños soldados, y de facciones bélicas extranjeras a abandonar el
suelo congoleño.
Así pues, se estima que tan solo
unos 15.000 soldados extranjeros han sido repatriados a Ruanda, Burundi y Uganda
hasta la fecha y, por poner un ejemplo, tan sólo el FDLR mantiene unos 10.000
efectivos en los Kivis. Se dice que este número difícilmente podría constituir
una seria amenaza para la vecina Ruanda, y que Paul Kagame tiene y quiere
mantener influencias políticas y económicas sobre estas enormes y potencialmente
ricas provincias. No obstante, habría que desarmarlos para evitar otro conflicto
bélico con Ruanda, pero –de ser viable – ¿qué hacer con ellos? A fin de cuentas
son hutus que con su historial de genocidio, difícilmente serían bien recibidos
al otro lado de la frontera.
También se
habla dentro del seno de la ONU de llevar a los genocidas ante el
Tribunal
de La Haya, pero ¿a quienes y a
cuantos de ellos? Y hay más, pues a las múltiples denuncias de atrocidades
cometidas en pueblos y aldeas por parte de bandas armadas de distinto pelaje hay
que añadir – y esto si que es serio – actos de abuso y explotación sexual
cometidos por componentes de las propias tropas de MONUC.
Es en este kafkiano entorno en el
que se pretende celebrar unas elecciones generales el próximo mes de junio de
2005. Pero además existen otros retos.
De un lado, los propios problemas
logísticos de los comicios, considerando la inmensidad del territorio (3,4
millones de Km2 y 11.000 Km de fronteras), la falta de infraestructuras y fondos
en las provincias, así como las incertidumbres censuales asociadas con una
población decimada por las guerras y enfermedades, y desubicada geográficamente.
Todo ello en una nación compuesta por más de 200 etnias y donde, según datos del
Banco Mundial, la renta per cápita anual no supera los
$100.
Por otra
parte, se han producido serios retrasos en la tramitación de legislación
esencial por parte del gobierno transitorio. Ya hay un borrador de la nueva
constitución que proclama la creación de un estado unitario de naturaleza
bastante descentralizada. Sin embargo, el reparto del poder entre el presidente
y el primer ministro, el grado de descentralización en las provincias, el
contenido exacto de la ley electoral quedan aun por definirse, y – lo que es más
importante – aprobarse dentro de los plazos establecidos.
Además, hay que lanzar una campaña
informativa para educar a un supuesto electorado de 28 millones de votantes en
un país con un elevado índice de analfabetismo, y establecer unos 9000 centros
de registro de votos. Ello
evidentemente supone la correspondiente financiación por parte de la comunidad
internacional donante, no sólo de cara a sufragar estos gastos sino muchos otros
asociados con la tarea global. Y, lamentablemente, no todos los fondos previstos
se han materializado al día de hoy.
Perspectivas de Cara al
Futuro
Consciente
de estas dificultades, el 1 de octubre de 2004 mediante la resolución
1565,
el Consejo
de Seguridad aprobaba un aumento en el número de efectivos de MONUC hasta 16.700
soldados, y autorizaba a las tropas a efectuar registros en búsqueda de armas
ilegales y comercio con éstas. Semejante ampliación, en términos numéricos,
supone el mayor despliegue militar actual de la ONU en el planeta. Al mando de
la misión está el representante especial William Lacy Swing (EE-UU) y el
contingente cuenta con un presupuesto de algo más de $700 millones.
Pero más allá de un gesto de buena
voluntad, el incremento de tales recursos no inspira
gran confianza dentro de un escenario en el que – al margen de todo lo demás —
nadie parece tener interés en demorar los comicios. Cierto es que el mismo
presidente de la Comisión sugirió postergar las elecciones hace algún tiempo, y
también que se produjeron violentas manifestaciones acto seguido, así como
acusaciones de que el gobierno de transición pretendía mantenerse en el
poder.
En el decimoséptimo informe de
fecha 15 de marzo de 2005, el Secretario General informa que aunque se han
producido algunos progreso en la implementación de la agenda de transición, la
situación sigue siendo preocupante.
Existen conflictos entre los
diversos componentes del gobierno de transición formado por diferentes facciones
políticas, con acusaciones cruzadas de apropiación indebida de fondos, entre
otras. Sigue pendiente la asignatura primordial de aprobar la constitución y la
ley electoral, así como la de reformar el ejército (actualmente formado por unos
300.000 efectivos), aumentar y/o reentrenar a unos 35.000 policías y de
transformar el sistema judicial.
A estos cruciales temas hay
que añadir – como no – el desarme, desmovilización y reinserción de
excombatientes, por no hablar de la lucha contra la explotación de recursos
naturales y la inestabilidad regional. Es por ello por lo que en este último
informe, se recomienda un aumento adicional de tropas hasta 23.900 efectivos,
así como la extensión del mandato de MONUC hasta el 31 de Marzo de 2006.
Pero las elecciones ya se divisan en el horizonte acompañadas de
negros nubarrones.
Y es que, paradójicamente, el
Corazón de las tinieblas permanece allá donde lo dejara Conrad a principios del
siglo XX, sólo que el papel del “horror” que encarnara el macabro Kurtz en su
obra, actualmente lo desempeñan los propios negros con singular arte, y algún
que otro apunte ocasional aportado por los blancos.