Relaciones Internacionales
Es corriente asociar a Etiopía con sequías y hambruna, e incluso con el conflicto fronterizo que aún mantiene con Eritrea, tras una sangrienta guerra que dejó tras sí entre 1998 y 2000 casi un centenar de miles de muertos. Sin embargo, muchos parecen olvidar que este país ubicado en el Cuerno de África – con una extensión de más de un millón de Km2 y 73 millones de habitantes – posee una cultura milenaria, es la nación independiente más antigua del continente y, con la excepción de la ocupación de 5 años por las fuerzas de Mussolini, jamás fue colonizada.
Según la leyenda de los etíopes, su historia se remonta más de 3000 años en el tiempo, y data desde que la mítica reina de Saba -que dominaba extensos territorios sub-saharianos y tenía su centro de poder en Etiopía – oyera hablar sobre el rey Salomón de Israel y decidiera viajar hasta Jerusalén para conocerle. La reina quedó tan deslumbrada por la sabiduría de Salomón que se convirtió a la religión judía e incluso tuvo un romance con él, fruto del cual tras regresar a su país nació su hijo Menelik.
Éste a su vez, durante su adolescencia viajó a Israel para conocer a su presunto padre y Salomón le ofreció ser su sucesor en el trono. Pero Menelik rechazó tales honores, optando por regresar a su patria acompañado -a instancias de su progenitor- por un séquito de notables hebreos y sacerdotes para que Etiopía fuese una nación semejante a la hebrea.
Según el mito, antes de partir, Menelik robó del templo de Jerusalén el arca de la alianza descrito en la Biblia, el cual alojara las tablas de los mandamientos que Dios entregó a Moisés. Y se dice que tuvo éxito porque substituyó el arca original por una réplica que Salomón mandó hacer para que su hijo se llevara con él de vuelta a Etiopía.
Ya de regreso en su país, la reina le nombró rey (Menelik I) y éste proclamó al etíope “pueblo elegido de Dios”. Y desde entonces, para los etíopes, el arca ha permanecido en su país, supuestamente en la iglesia de Santa María de Sión en Axum, la ancestral capital del legendario imperio que según dicen también alberga las ruinas del palacio de la reina de Saba.
Por disparatado que parezca el mito, han existido comunidades hebreas en Etiopía durante siglos, el principal lenguaje del país: el arhámico tiene raíces semitas, y el arca es el punto central del culto religioso. Además, al parecer las 20.0000 iglesias que existen actualmente contienen todas ellas una réplica del sagrado objeto, también llamado “tabot”.
Para muchos historiadores occidentales, los etíopes son descendientes de tribus semitas que emigraron desde la península arábiga antes de Cristo y piensan que la leyenda de la reina de Saba viajó con ellos desde el mar Rojo. Estas poblaciones se establecieron en los altiplanos etíopes cerca del mar donde disfrutaban de una posición estratégica en las rutas comerciales entre Yemen y las ciudades Nubias, y fundarían en el siglo I después de Cristo el reino de Axum. De hecho, existen antiguas fuentes romanas y griegas que hacen referencia a dicho reino y señalan que se hallaba en pleno desarrollo por aquellas fechas. También citan la ciudad de Adulis que al parecer se había convertido entonces en una de las urbes portuarias más importantes de África. Siglos más tarde Adulis fue abandonada, probablemente como resultado de alguna invasión, y sus habitantes se trasladaron a la ciudad imperial de Axum de la que hoy día queda bien poco.
En el siglo IV, el sacerdote greco-sirio Frumencio convirtió al rey Ezana al cristianismo y el reino adoptó dicho credo como religión oficial. Más adelante, la iglesia etíope pasaría a depender de la iglesia copta de Alejandría, aunque ya en el siglo V los etíopes substituyeron el griego de la liturgia por el “ge´ez” idioma de raíz semita del que el arhámico –la lengua oficial actual- es derivado. Además, la religión etíope mantuvo ciertos ritos y costumbres de influencia judía tales y como la circuncisión y la observancia del sabático.
Y, lo que es más importante, todas las dinastías que sucedieron a los reyes axumitas se proclamaron descendientes directos de Salomón y la reina de Saba pese a múltiples interrupciones en la cadena sucesoria motivadas por usurpadores al trono.
Etiopía estableció sus primeros contactos diplomáticos con un país europeo: Portugal, en el siglo XVI, durante el reinado del emperador Denegal, desarrollo oportuno ya que recibió ayuda lusa para repeler una invasión musulmana del general somalí e imán, Ahmed Al-Ghazi (El Zurdo) hacia el año 1530. Tropas portuguesas aliadas así como jesuitas permanecerían en el país varias décadas hasta que estos últimos ofendieron a la fe ortodoxa etíope y fueron expulsados por el emperador Fasiliades hacia mediados del siglo XVII.
Durante varios siglos, Etiopía permaneció aislada de occidente, sumergida en encarnizadas luchas sucesorias y rodeada por territorios hostiles de credo islámico hasta que en 1867 Tewodros II, viéndose amenazado por musulmanes del este y del oeste, concluyó una alianza con Inglaterra. Sin embargo este emperador –al parecer dado a cometer todo tipo de excesos- maltrató al cuerpo diplomático inglés por lo que el país sufrió una expedición de castigo dirigida por el general británico Napier, la cual tuvo como resultado la muerte del emperador.
Napier no tenía pretensiones de permanecer en Etiopía y se retiró en breve con sus tropas, eso sí, no sin antes apoderarse de objetos de gran valor, entre ellos del “Kebra Neguet” (Gloria de Reyes), el manuscrito del siglo XIV que narra toda la mitología etíope, cita a todos los emperadores desde Menelik I, y supone –junto con el arca de la alianza- su más preciado tesoro.
Durante su retirada, Napier le regaló a Kassai –un señor de la guerra que había brindado ayuda a la expedición- armamento moderno. Y con éste, Kassai logro derrotar a todos sus rivales al trono, coronándose con el nombre de Yohannes IV, manteniéndose en el poder hasta que fuera asesinado en 1889 por mahdistas sudaneses, y a su vez substituido por Menelik II -el fundador de la actual capital: Addis Abeba.
Menelik II pasó a la historia como el rey que derrotó a las tropas italianas que invadieron el país desde la vecina Eritrea, colonia que habían fundado en 1882 tras la compra de tierras próximas al mar Rojo a un sultán local. Esto sucedía en el año 1896 en la batalla de Adua y fue una gesta que sorprendió al mundo entero.
En el siglo XX hizo acto de presencia Haile Selassie, el sobrino segundo de Manelik II tras un período de regencia de la hija de éste y que sería el último emperador. Su habilidad diplomática y un cierto nivel cultural pronto le granjearon la simpatía de las potencias occidentales, sobre todo de Gran Bretaña. Y cuando las tropas de Mussolini invadieron el país (1936-1941) para vengarse de la “deshonra de Adua” y convertirlo en Colonia, Selassie se refugió en Inglaterra, país que ayudaría militarmente para liberar a Etiopía y devolver el trono al emperador.
Aprovechando la simpatía que este déspota de diminuta estatura física despertaba entre los países occidentales vencedores de la segunda guerra mundial y con motivo de sus propias pretensiones territoriales, en 1952 Selassie anexionó Eritrea argumentando afinidades étnicas y culturales, y que dicho país había formado parte del imperio etíope de Axum siglos atrás. También intentó ocupar Somalia, lo cual no logró. Y ambas acciones le pasarían factura años más tarde, contribuyendo a su derrocamiento.
La vida y obras de este hombre que se hacía llamar “Negus” o rey de reyes, declaraba a su persona “sagrada” y descendiente directo del rey Salomón y la reina de Saba se describen en detalle en el excelente libro de Ryszard Kapuscinski: El Emperador. También Javier Reverte en su interesante libro: Los caminos perdidos de África aporta mucha información acerca de la historia de Etiopía a través de los siglos y sobre su último monarca.
Durante su reinado, Selassie llegó a deslumbrar a Occidente, construyendo hospitales, escuelas, modernizando las infraestructuras, promulgando un código penal que ilegalizaba las ejecuciones públicas y prohibiendo el tráfico de esclavos. Envió a muchos estudiantes a estudiar en universidades extranjeras, su frase favorita era “el desarrollo de Etiopía” y logró crear la imagen de nación ejemplar africana de cara al exterior, aunque en realidad no era sino una dictadura sostenida por la guardia imperial, la policía, el ejército y un gran número de funcionarios y cortesanos que competían entre ellos por los favores del soberano.
Y mientras el emperador y su séquito vivían pomposamente en palacio, a escasos metros de sus muros existía evidencia de la más terrible pobreza del pueblo llano, y la gente de las provincias se moría de hambre. Pero es que las hambrunas, como la sequía, constituía para los cortesanos un fenómeno tan natural y milenario como el mismísimo imperio.
Sin embargo, con la llegada de los años 60 la situación empezó a cambiar. El regreso de estudiantes del extranjero -paradójicamente enviados a universidades de otros países con fondos imperiales- así como la influencia regional de potencias comunistas resultó en una proliferación del marxismo y descontento entre jóvenes universitarios y en los cuarteles. Asimismo, la sublevación armada de Eritrea en 1962 contribuiría a la tormenta que se aproximaba.
Un primer golpe de estado perpetrado por el mismísimo comandante de la guardia imperial en 1960 durante un viaje de Selassie a Brasil supuso un primer aviso de lo que se le venía encima. Éste fue aplastado por tropas leales con ayuda del populacho que aún creía en los derechos divinos de su rey. Pero el precedente hizo mella en la personalidad del emperador, el marxismo seguía germinando en aulas y cuarteles, y la difusión por todo el mundo de un durísimo reportaje filmado por la BBC -que alternaba imágenes de multitudes de hambrientos etíopes con secuencias de Selassie y sus cortesanos comiendo manjares en palacio- impactó a toda Europa, perjudicando seriamente la reputación internacional del soberano.
Y en 1974, otro levantamiento a manos de un grupo de oficiales del ejército dirigidos por el comandante Mengistu Haile-Mariam dio el golpe de gracia al emperador número 225 de los presuntos descendientes de Salomón y la reina de Saba. Lo hicieron esta vez de forma astuta ya que para tomarle el pulso al pueblo fueron arrestando a los súbditos del monarca gradualmente y despojándole de su autoridad poco a poco. Finalmente tan solo quedó él en palacio y entonces lo arrestaron y se lo llevaron. Oficialmente murió meses después por causas naturales, pero es probable que fuera torturado y asesinado ya que como dice Kapuscinski, pretendían hacerse con los datos de sus cuentas bancarias en el extranjero, cosa que no lograron. Según las fuentes de Reverte fue estrangulado y sus huesos los sepultaron bajo el retrete del despacho del nuevo mandatario. De ser esto cierto, sin duda ayudaría a definir el siniestro perfil psicológico del nuevo dictador y de su junta.
El gobierno de corte marxista-leninista pro-soviético que substituyó a Selassie nacionalizó las industrias y ejecutó a miles de opositores al régimen. Las hambrunas continuaron, las crisis económicas se sucedían y una buena parte del presupuesto gubernamental se destinaba a apagar focos regionales de resistencia guerrillera que habían surgido, y en guerras contra los rebeldes eritreos que buscaban la independencia. El denominado régimen Derg fue finalmente derrotado en 1991 por el EPRDF (Frente Revolucionario Democrático Popular Etíope), una coalición de fuerzas rebeldes que se habían aliado con los insurgentes eritreos para vencer al enemigo común. Y con motivo de los pactos entre ellos, Eritrea obtuvo en 1993 su independencia tras un referéndum que supuso el final de más de 20 años de luchas armadas entre ambos países.
En Etiopía, Meles Zenawi, personaje que había participado en el derrocamiento del régimen de Mengistu fue nombrado jefe de estado de un gobierno de transición que redactó una nueva constitución y estableció una república federal. En 1995 fue elegido primer ministro y volvió a ganar las elecciones en el 2000.
Pero el conflicto con Eritrea volvió a emerger en 1998 porque al parecer cuando se independizó este país de Etiopía no quedaron claramente delimitadas las fronteras y la beligerancia degeneró en una guerra que duró más de dos años. Ésta -pese a su magnitud- ha sido calificada de “absurda” por los organismos internacionales ya que ni fue étnica, ni religiosa ni tribal. Al menos en apariencia, era una pugna por varios centenares de Km2 sin valor estratégico.
La lucha se inició en mayo de aquel año como resultado de un pequeño incidente fronterizo, tras el cual Eritrea invadió el triángulo de Shirca y ocupó la pequeña población de Badme. La respuesta en Addis Abeba no se hizo esperar y en poco tiempo la contienda se transformó en una guerra que produjo decenas de miles de muertos y centenares de miles de desplazados.
Dada la desproporción entre los dos estados beligerantes (Eritrea tiene una población de solo 3 millones y muchos menos efectivos militares) Etiopía ganó la guerra y estuvo incluso en condiciones de tomar la capital, Asmara. Pero bajo presión internacional se firmó un acuerdo de alto el fuego en Argel que contemplaba el cese de las hostilidades y el posterior despliegue de una fuerza de interposición de la ONU de unos 3000 efectivos con el fin de controlar la franja fronteriza y ayudar a delimitar la frontera.
Pero dada la intransigencia de las partes, hasta la fecha no hay acuerdo y la tensión en la zona ha aumentado durante este año. Y mientras el gobierno de Eritrea alega que las raíces del problema radican en las pretensiones territoriales de Etiopía y en su interés por buscar una salida al Mar Rojo, los etíopes señalan que históricamente sus territorios llegaban al mar. Además se resienten de haber perdido su privilegio de libre acceso a los puertos eritreos del que disfrutaban antes de 1997, año en el que Eritrea estableció moneda propia y empezó a cobrar gastos portuarios a Etiopía por exportar sus mercancías, los cuales ésta considera desmesurados.
En cuanto a los analistas internacionales, algunos piensan que los mandatarios de ambos países están empleando el viejo gambito político de la guerra y el nacionalismo para mantenerse en el poder, a expensas del desarrollo. En el caso de Eritrea el sistema político es unipartidista y nacionalista hasta la médula, mientras que en el de Etiopía su presidente envió contingentes adicionales de tropas al frente en el 2000, un par de días antes de los comicios de dicho año que él ganó. Y en mayo del presente año ha vuelto a declararse vencedor en unas elecciones de un país supuestamente multipartidista, comicios que la oposición calificó de fraudulentas y que dieron lugar a disturbios, detenciones y muertes que han vuelto a producirse durante el actual mes de noviembre.
Pero en África el multipartidismo en la práctica no existe y es casi tan mítico como el mismísimo arca de la alianza. Deshacerse de un presidente y del partido al que representa por vía legítima es poco menos que imposible ya que los mandatarios se agarran al poder con todos los recursos a su alcance, aunque corran ríos de sangre y tengan que desviar fondos destinados al desarrollo para equipar a sus tropas. Lamentablemente, ni Etiopía ni Eritrea –dos de las naciones más pobres del planeta- son excepción a esta regla.
El autor es graduado en Económicas y Estudios Internacionales por la Universidad de Warwick, Reino Unido. Su email es: nicoaikin@hotmail.com

















