Política

La cara oscura de la ayuda humanitaria

“En la práctica, la relación que se establece entre el que ayuda y el ayudado es bastante compleja y tirante, ya que mientras el generoso quiere dar y que se sepa que da, al desposeído le molesta en el fondo recibir y que se sepa que recibe, pero acepta porque no le queda opción. Y además numerosas poblaciones –muchas de ellas de otras culturas- de hecho no consideran dicha ayuda una acción filantrópica sino un deber para con los congéneres más desfavorecidos”.

Nicolás Aikin Araluce

 


 


En su revelador libro El Espejismo Humanitario, J. Raich pretende desenmascarar al mito que rodea a la ayuda internacional humanitaria y mostrarnos a los diversos actores de lo que él llama “el tablado filantrópico”, es decir: a las ONGs y sus plantillas, a las víctimas de los países a las que asisten, a políticos, militares y periodistas, presentándoles tales y como son realmente e interactuan entre sí, dentro de  los múltiples escenarios en los que intervienen.


 


Y si el análisis que el autor hace del humanitarismo es más bien demoledor; ya advierte en la introducción a su obra que bastante ha sido escrito sobre el lado positivo del mismo, y que una crítica constructiva con conocimiento de causa es esencial para avanzar en este espinoso terreno.


 


Raich, que durante muchos años ha sido cooperante de Médicos Sin Fronteras (MSF) y  el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), y ha trabajado en épocas de conflicto en Afganistán, la antigua Yugoslavia, Liberia, Sierra Leona, Somalia, etc., califica a la ayuda humanitaria de “espejismo” porque, según él,  el manto de piedad y compromiso semidivino que envuelve a los solidarios y su labor es una ilusión que insistimos en perpetuar. Y es que la sociedad en la que vivimos se niega a aceptar que la solidaridad pueda ser decepcionante porque necesitamos creer que aun existen oficios ajenos al lucro y el consumismo del mundo occidental. En consecuencia, la gente respeta y admira el trabajo de estos “obreros de la caridad” cuando en realidad dicha profesión es tan honrada y deshonesta  como la de políticos, financieros o cualquier otra.


 


Para obtener los fondos que precisan para desarrollar sus actividades, las ONGs han de ofrecer a los gobiernos, patrocinadores potenciales y donantes individuales,  “productos piadosos innovadores”. Y la moneda de cambio con la que comercian son las propias víctimas: niños soldado de Liberia, mujeres del este de Europa y Asia apresadas en redes de prostitución, bebés chinos apadrinables, víctimas de terremotos, etc.


 


De mano de los medios de comunicación y a través de campañas y conferencias se retrata a los que sufren como seres  desvalidos atrapados en zonas catastróficas y, en palabras del autor: “Algo en nuestro interior nos dice que tenemos que actuar, pero es un algo inquietante y turbador, que hace que el dolor ajeno resulte atractivo, porque la simple idea de hacer una buena obra alimenta nuestro ego y nos hace sentir mejor”.


 


Pero en la práctica, la relación que se establece entre el que ayuda y el ayudado es bastante compleja y tirante, ya que mientras el generoso quiere dar y que se sepa que da, al desposeído le molesta en el fondo recibir y que se sepa que recibe, pero acepta porque no le queda opción. Y además numerosas poblaciones –muchas de ellas de otras culturas- de hecho no consideran dicha ayuda una acción filantrópica sino un deber para con los congéneres más desfavorecidos. Incluso pueden llegar a pensar que los cooperantes no dan lo suficiente. De cualquier forma, los desfavorecidos son conscientes de que la ayuda que se distribuye procede de los donativos y subvenciones obtenidas de los habitantes y gobiernos de los países industrializados para sus respectivas ONGs.


 


Por otra parte, a muchos desposeídos no les hace complace ver aparecer por el campo de refugiados a un individuo bien vestido conduciendo un lujoso cuatro por cuatro, ataviado con unas gafas de sol de marca, impartiendo órdenes por aquí y allá, que distribuye judías pero come carne, promete a menudo cosas que no se cumplen, y desaparece al cabo del tiempo para ser relevado por otro sujeto.


 


Los damnificados son personas y el orgullo es lo último que se pierde, aparte del instinto de supervivencia, que con frecuencia les lleva a intentar sacar el máximo provecho de sus benefactores. En efecto, los beneficiarios a veces conciben innumerables artimañas para obtener mas ayuda de la que les corresponde, y las provisiones aparecen posteriormente a la venta en los mercados de los villorrios más cercanos a la zona operativa de las ONGS. Parte de la mercancía procede de los desvíos que los gobiernos receptores hacen de las donaciones bilaterales de los gobiernos occidentales. La otra, de los extras que los desdichados consiguen sustraer mediante “múltiples picarescas”.


 


De otro lado, en muchas ocasiones los empleados locales de las instituciones humanitarias acceden con facilidad  a los recursos de las ONGs y  estafan. Así pues, emitir facturas falsas, vaciar parcialmente los tanques de combustible de los vehículos y generadores, aumentar las horas extraordinarias, desabastecer parcialmente almacenes, o proporcionar trabajos temporales a parientes, etc., no se considera atípico en el gremio. Y en casos extremos, algunos operarios participan en tráfico de drogas que transportan en todo-terrenos humanitarios, valiéndose de la relativa inmunidad de la que disfrutan, o se involucran en robos meticulosamente estudiados de antemano.


 


Por éstos y otros motivos, en ocasiones la relación víctima-cooperante se deshumaniza gradualmente, y algunos miembros de las ONGs llegan a plantearse si su labor tiene algún sentido y merece la pena continuar, máxime cuando ésta se realiza en entornos hostiles, peligrosos, de seclusión y difíciles condiciones de vida que frecuéntemente crea tensión entre el propio personal de los organismos benéficos.


 


¿Por qué siguen pues? Según Raich: “Los hay que insisten que por vocación y porque pese a las decepciones, confían en el impacto final de su labor. A algunos les atrae la sensación de poder y protagonismo de ser recibido por políticos, embajadores y guerrilleros, otros se alistan en las instituciones que más les paguen: hasta 15.000 euros al mes en algunas instituciones, o bien porque el altruismo les proporciona un lujo más allá de sus posibilidades en su tierra natal: mansión  con jardín, criados, etc. Sin olvidar a los que estiman que es el destino que Dios les ha reservado…” En la familia benefactora hay gente extraordinaria, pero también hay muchos vividores, trepadores, exceso de ladrones, semi-desquiciados y legiones de incompetentes…


 


Y al igual que su personal es muy variopinto, existen ONGs eficientes y chapuceras, honradas y timadoras. Pero al margen de cómo desempeñen sus labores, su objetivo final –al igual que el de cualquier empresa- es el de no arruinarse y asegurar su supervivencia.


 


Las ONGs precisan de cuantiosos fondos para implementar sus proyectos, lo cual implica la captación de miles de socios aparte de patrocinadores oficiales. Además, muchas ya no persiguen cantidades puntuales para conflictos concretos, sino hacerse con socios que paguen cuotas mensuales fijas y ayuden a garantizar volúmenes mínimos de negocio.


 


Algunas incluso se declaran a favor del uso de la fuerza por parte de los gobiernos para que envíen tropas a lugares de conflicto o hambruna. Luego les siguen y llevan a cabo sus tareas con el apoyo militar correspondiente. Arrimándose a los ejércitos, reciben cobertura televisiva, venden mejor sus operaciones, y atraen más atención pública y fondos. Y así justifican su razón de ser: mientras unos pegan tiros, ellos cuidan de las víctimas. A fin de cuentas si no hay conflicto tampoco hay espectáculo.


 


Y del mismo modo que las ONGs “se militarizan” hoy día, los ejércitos que envían los políticos “se humanitarizan” y bajo semejante disfraz emplean la solidaridad como excusa para justificar su presencia en otros países. Si además, los soldados matan con una mano y reparten alimentos con la otra, los actos humanitarios son obviamente considerados por las poblaciones locales como actos de guerra, se destruyen los tradicionales vínculos de confianza entre éstas y las ONGs presentes en la zona, llegando incluso a peligrar en ocasiones las vidas de los cooperantes.


 


Pero si los militares de humanitarizan, es porque obviamente antes lo han hecho los políticos, que son a fin de cuentas quienes les destinan a las misiones en cuestión. En este sentido, cabe observar que el sentimiento popular de compasión que inspira el humanitarismo – especialmente tras el colapso de la URSS y el consiguiente giro radical de beligerancia entre bloques hacia los desastres sociales – ha sido explotado progresivamente por diversos estados, transformándolo en herramienta adicional de relaciones internacionales “Ello ha motivado la intervención directa de los gobernantes en el ámbito del altruismo”, dice Raich. “Y habiendo descubierto que la asistencia gestionada directamente por ellos es mucho más costosa que la de las ONGs, más pequeñas, flexibles y dirigidas por voluntarios que además tenían un hilo de santidad y admiración entre la ciudadanía, comenzaron a subcontratar la compasión mediante subvenciones, tendencia que facilitó el boom solidario entre la sociedad civil (solo en España hay más de 10.000 que dan ocupación a 400.000 personas)”, añade.


 


El problema de que los políticos se “humanitarizen” radica en que las ayudas gubernamentales no son gratuitas, sino que obedecen a intereses históricos, comerciales y estratégicos, y los estados donantes suelen exigir proyectos a su medida y no a la de los que la precisan. Además muchas veces pretenden condicionarlas a la implementación de medidas democráticas o al respeto por los derechos humanos. “!Como si las víctimas tuvieran la culpa de ser dirigidas por un dictador” exclama el autor.


 


En otras ocasiones, el condicionante es de índole económica y pretende obligar a las ONGs y a los gobiernos receptores a gastar los fondos en adquirir bienes y servicios del país donante, en beneficio de las clases pudientes de éste y de sus gobernantes que además así consiguen “mostrar a sus votantes la cara sensible del estado”.


 


Por otra parte, las empresas también han puesto sus miras en el humanitarismo para mejorar su imagen institucional, desgravar impuestos y aumentar beneficios mediante técnicas como la de hacer donativos a sociedades benéficas si los consumidores deciden adquirir sus productos o servicios (la banca está muy activa en este área últimamente).


 


Algo parecido también sucede con los famosos, cuya aceptación social e incluso trayectoria profesional se ve beneficiada cuando participan en proyectos solidarios y luego son invitados a participar en programas televisivos para tratar del tema, o reciben cobertura en diarios y semanarios. Cuando esto sucede, evidentemente los medios de comunicación también se ven beneficiados en términos de audiencias y tiradas, máxime cuando las propias ONGS en muchas ocasiones se dirigen a éstos, exagerando las dimensiones de las crisis de turno y destacando sus aspectos más morbosos para atraer la atención del público hacia las mismas y hacia su organización en particular.


 


Y es que las ONGs han proliferado mucho y  tienen que competir entre ellas para obtener financiación, aunque como dice Raich, ” Cada vez que hay una inundación, sequía, terremoto o conflicto armado las páginas de los periódicos rebosan inserciones con números de cuentas bancarias solicitando aportaciones para socorrer a los perjudicados…Luego, cuando han llegado a las crisis en cuestión, están las diez o doce organizaciones de siempre y del resto, que tanto dinero pidieron y tanto gastaron en propaganda, nada se sabe…y comprobar la veracidad de la transferencia monetaria es casi imposible”. Palabras poco alentadoras para los contribuyentes, quienes evidentemente desean saber el destino de su dinero y en cierto modo también buscan su pequeña parcela de protagonismo en este drama.


 


En definitiva, todos los agentes que participan en el tablado filantrópico tienen afán de protagonismo. Sin embargo, para muchos de ellos la ayuda humanitaria es un instrumento y sus intereses reales no siempre coinciden, dada la distinta naturaleza de las instituciones a las que pertenecen. En consecuencia, cuando se embarcan en aventuras solidarias surgen inevitables choques y acusaciones mutuas de incompetencia, intransigencia, ignorar la situación real del escenario concreto donde actuan, etc.


 


Mas, todos ellos: políticos, militares, periodistas, patrocinadores y cooperantes están condenados a entenderse. Deberían por tanto establecer relaciones más estratégicas, fluidas y de profesionalidad, absteniéndose de descalificaciones recíprocas que facilitan la corrupción, la manipulación, la burocracia y retrasos en los envíos de suministros que multitudes de personas pagan con sus vidas.


 


La tarea es sin duda muy compleja y requerirá un titánico esfuerzo colectivo para que la cara oscura de la ayuda humanitaria adquiera una expresión más humana. Esto es lo que pretende reflejar Raich en una interesante obra que traslada al lector por múltiples puntos conflictivos del planeta donde el personalmente ha ejercido como cooperante.

El autor es graduado en Económicas y Estudios Internacionales por la Universidad de Warwick, Reino Unido. Su email es: nicoaikin@hotmail.com

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