Nicolás Aikin Araluce
La compleja coyuntura política,
económica y social del Congo constituye un gran desafío para la misión de paz de
las Naciones Unidas en el país
En la que acaso fuera su obra
cumbre, cuyo título toma prestado este artículo, Joseph Conrad transporta
lentamente al lector por el río Congo, corriente arriba, hacia el oscuro
interior de la selva africana. En el proceso, el lado salvaje y tenebroso que
oculta el ser humano bajo el disfraz de la civilización del hombre blanco, va
emergiendo sutil y gradualmente según se aleja de
ésta…..
El libro ha estado sujeto a distintas
interpretaciones, pero para muchos se trata de un viaje hacia el negro interior
de uno mismo inspirado en el genocidio del Congo cometido durante el reinado de
Leopoldo II de Bélgica en la época colonial. Simboliza cómo el marfil y los
recursos naturales tentaron al hombre blanco a dar la espalda al desarrollo de
aquel país, substituyéndolo por la vil explotación, las masacres, la corrupción,
la locura y, en definitiva, “el horror” que en la obra de Conrad caracteriza el
siniestro personaje Kurtz.
Se calcula
que más de 4 millones de congoleños murieron en tiempos del monarca belga,
macabras cifras que vienen a coincidir con aquellas correspondientes a las
recientes matanzas que se produjeron dentro del mismo escenario, un siglo
después.
Y, las multimillonarias ganancias
personales de Leopoldo – producto de la explotación de nativos y recursos –
encontrarían réplica en la fortuna amasada por el presidente Mobutu (1965-1997),
cuyo cleptocrático régimen sería derrocado y substituido por el del rebelde
Joseph Kabila, con ayuda militar de estados limítrofes durante la primera guerra
del Congo. A ésta le seguiría una segunda encarnizada contienda y como resultado
de ambas, al margen de las pérdidas humanas cuyas cifras reales se desconocen,
el Congo – país dotado de vastas riquezas minerales (oro, diamantes, cobalto,
zinc, etc.) forestales y un sistema fluvial
que podría abastecer al continente entero – pasaría a ser uno de los más pobres
del mundo.
Si alguien
preguntara cuál de los 15 contingentes de paz que las Naciones Unidas mantienen
desplegados actualmente en puntos conflictivos del planeta supone mayores
quebraderos de cabeza para este organismo, más de un analista señalaría a la
República Democrática del Congo como el punto de conflicto y, como detonante del mismo, al reciente
holocausto vivido en la colindante Ruanda. Y es que mantener el orden en un
país del tamaño de Europa Occidental, con 52 millones de
habitantes, donde dos sangrientas guerras han provocado la muerte de millones de personas, el desarraigo de
otras tantas y la presencia de decenas de facciones armadas que controlan
diversas zonas del país así como sus recursos naturales – con el apoyo de
distintos estados limítrofes – constituye una titánica tarea. Máxime, cuando el
contingente de la misión de la ONU (MONUC) cuenta con poco más de 15.000
soldados y pretende con la colaboración del gobierno de transición que se
celebren elecciones electorales y presidenciales el próximo mes de junio (2005),
precedidas por un referéndum, en medio de semejante
anarquía.
Como la
Secretaria General de Amnistía Internacional, Irene Khan, observara
recientemente, “la auténtica prueba del proceso político del país (y por
extensión la estabilización de toda la región de los Grandes Lagos, dada la
participación de hasta 9 estados africanos en el conflicto) no será las
elecciones, sino la disposición y capacidad del gobierno transitorio y de MONUC
para imponerse sobre los múltiples elementos armados, terminar los abusos contra
los derechos humanos, resolver la cuestión de la impunidad y emprender una
profunda reforma del ejército, la policía y la justicia”.
Cabe añadir que ello precisará
también de la colaboración de aquellos países vecinos recientemente involucrados
de una u otra forma en el conflicto: Ruanda, Uganda, Angola, Zimbabwe, Namibia,
Chad y hasta Sudán. Y es que, añade Khan en su análisis de la situación, “dar el
derecho a votar no tiene sentido sin disfrutar del derecho a vivir, sin la
amenaza de violación, asesinatos, torturas, detenciones arbitrarias y
desplazamientos”.
El informe Decimosexto emitido por
el Secretario General con fecha 31 de diciembre de 2004, explica en
detalle los progresos y
desafíos de MONUC en el Congo. Sin embargo, su lectura sembraría la confusión en
todo lector que no haya seguido los acontecimientos de las últimas décadas en el
país, y el terrible genocidio humano – el peor desde la segunda guerra mundial –
que tuvo origen en el estado vecino de Ruanda y se propagó al
Congo.
Y es que al
margen de los problemas internos de lo que fuera el Zaire, de las acciones
despóticas y corruptas del expresidente Mobutu y las maniobras de sus opositores
políticos, los sucesos en Ruanda –
paradójicamente estado mucho más pequeño – fueron la espoleta de detonación de
las llamadas “Primera y Segunda Guerras Mundiales de
África”.
Hutus y
Tutsis
Existe en Europa cierta confusión
acerca de si los hutus y tutsis – los dos grupos humanos de Ruanda y la vecina
Burundi constituyen etnias distintas o si en realidad –por sorprendente que
parezca – se trata de clases sociales o castas.
Según el conocido periodista
polaco Kapuscinski y también el reportero español Javier Reverte, la diferencia
es una de castas, no de razas como mantuvieron algunos medios de comunicación
mientras se desarrollaban las matanzas. Los tutsis representaban el 15% de la
población y también durante siglos la aristocracia de un pueblo donde la riqueza
y el status se medían en términos de cabezas de ganado vacuno – en un país
montañoso de reducido tamaño (con poco más de 30.00 Km2), difícil acceso y
hostil hacia los extranjeros.
Los tutsis eran propietarios de
tierras y rebaños, mientras que los hutus eran agricultores y sus siervos, pero
ambos pertenecían a la misma etnia: los Banyaruanda. Reinaba un monarca tutsi en
un entorno feudal que favorecía a los tutsis (la clase apoderada y educada) en
detrimento de los hutus y -según estas fuentes- el etiquetado étnico al que
fueron sometidos obedece a la clasificación racista que hicieron de ello,
primero los alemanes cuando en 1890 Ruanda pasó a formar parte de su imperio
africano, y luego los belgas al invadir el país en 1916.
Los belgas,
al parecer, incluso emitieron documentos nacionales de identidad especificando
tal
distinción, y posteriormente cuando los hutus alcanzaron el poder ellos mismos
se encargaron de acentuarla, llegando a alegar que los tutsis eran una raza
aparte de origen nilótico o camita llegada del extranjero tiempos atrás, que les
había invadido y subyugado.
A las alusiones de Kapuscinski,
otros han señalado que pese a similitudes lingüísticas y culturales, se trata de
razas genéticamente diferentes, que los tutsis (o watusi) son más altos,
esbeltos y claros de piel, etc. Actualmente, existen puntos de vista
contrapuestos en libros, enciclopedias e incluso entre antropólogos, y hay
quienes señalan que hutus y tutsis constituían razas distintas pero que se
mezclaron hace mucho tiempo. Al margen de tales especulaciones,
casta o raza aparte, la tragedia humana fue el resultado de semejante
polarización.
En un
principio los belgas se apoyaron en los tutsis para gobernar, aprovechando por
motivos prácticos, el sistema jerárquico existente encabezado por el rey.
Pero
cuando en los años 50 surgió la corriente independentista en Africa, los más
educados e instruidos tutsis no tardaron en exigir la independencia por lo que
Bélgica cambió de estrategia, favoreciendo a los más sumisos hutus y
enfrentándolos contra los otros.
El resultado fue el
estallido de una revolución
del campesinado hutu en 1959 de tal virulencia que acabó
con la presencia belga, su monarca títere, y culminó en la masacre y expulsión
del país de una gran mayoría de tutsis. Éstos se refugiaron en Burundi – donde
los tutsis se mantenían en el poder – en Uganda, y en el vecino
Congo.
En la
capital, se
instalo como presidente
Grégoire Kayibanda, que gobernó con puño de hierro a los 100.000 tutsis que
quedaban, y a los intentos de invasión de sus desterrados hermanos que se
produjeron en 1963 y 1965, éste respondió ordenando masacres de decenas de miles
de tutsis. Tales acciones encontraron réplica en Burundi con matanzas de hutus
como represalia, que provocaron éxodos masivos de centenares de miles de ellos a
Ruanda con los consiguientes problemas para el país de mayor densidad
demográfica de África, aquejado además de malas cosechas y hambruna.
Aprovechando
la coyuntura del momento, el general Habyarimana dio un golpe de estado en 1973,
proclamándose presidente e instituyendo una dictadura – dirigida no solo a
aplastar a los tutsis sino a todos los opositores hutus con pretensiones
democráticas. Ésta duraría 21
años.
En el interim, decenas de miles de
tutsis de segunda generación habían pasado a formar parte de las fuerzas del
ejército de Uganda. Sin embargo, nunca abandonaron sus pretensiones de regresar
a su país y fundaron desde el exilio el llamado Frente Patriótico de Ruanda
(FPR). También se unieron al movimiento de oposición al presidente ugandés
Milton Obote en 1985, y ayudaron a Yoveri Museveni – cuya madre era tutsi – a
derrocarlo.
Así las cosas, en 1990 y con
el apoyo que ahora recibían de Uganda, invadieron el país en una serie de
rápidas maniobras que sorprendieron al débil ejército del dictador. Éste apeló a
la Francophonie y delirios de grandeza del Presidente Mitterand, quien – al
tener conocimiento de que unos tutsis angloparlantes procedentes de la anglófona
Uganda habían invadido un territorio francófono – envío tropas a
Ruanda.
Pero la intervención francesa tan
solo sirvió para seguir generando odios entre hutus y tutsis. Estos últimos se
hicieron fuertes en las zonas montañosas del país mientras que el gobierno
llamaba a filas a más hutus y creaba la organización paramilitar de masas
Interhamwe, que significa ” los que matan juntos”. La ONU, por otra parte envió
un destacamento pacificador a Ruanda, pero por una serie de motivos no del todo
claros en los que Francia jugó cierto papel (no sólo in situ sino en Nueva York
en calidad de miembro permanente del Consejo de Seguridad), se retiró del
escenario.
No obstante, en abril de 1994 la
comunidad internacional y los países africanos obligaron a Habyarimana a firmar
un pacto con el FPR para la creación de un gobierno nacional de coalición de
reparto de poder entre ambas facciones.
La firma de semejante acuerdo
evidentemente no fue plato del gusto de algunos, ya que el mismo día en el que
el presidente regresaba en avión a Kigali tras pactar con sus adversarios, unos
sujetos desconocidos derribaron el avión en el que viajaba. Aquella fue la señal
para que el gobierno provisional que sucedió a Habyarimana – quien pereció en el
atentado junto con el presidente de Burundi – ordenara una gigantesca masacre de
tutsis y opositores al régimen. Lo más terrible fue que ésta fue perpetrada no
sólo por tropas gubernamentales sino por
innumerables civiles, alentados por la mismísima radio y que se prolongaron
incluso mientras el FPR se aproximaba a la capital.
“Decenas de
miles de personas, por todo el país –escribe Reverte en su libro Vagabundo en
África – se refugiaron en iglesias, escuelas y misiones… No eran sólo tutsis,
sino también hutus aterrados ante el furor de la carnicería”. Era la hora del
machete. Tan sólo en
una iglesia, la de Nyamata, los Interhamwe mataron a machetazos a 5000 personas
en 48 horas, lugar que el reportero visitara tres años después del suceso y
sobre el que observara: “Iba pisando huesos que chascaban bajo mis pies como
huevos vacíos” .
El
genocidio fue de tal magnitud –
se estima que hubo cerca de un millón de muertos – que cuando la situación del
régimen se hizo insostenible, se produjo un éxodo masivo de vencidos y
atemorizados civiles y milicianos hutus en dirección al Congo (entonces llamado
Zaire) y a otros países vecinos, conscientes de que la venganza tutsi sería
espantosa. Muchos se
instalaron en la parte
oriental del Zaire, y se
aliaron con las fuerzas armadas de aquel país en campañas contra los Bayamulenge
– los tutsis étnicos congoleños – realizando también incursiones armadas
esporádicas en territorio ruandés, factores que contribuirían significativamente
hacia la guerra que se cernía ahora allá.