Pensamiento y Cultura, Política

Economía, desarrollo y ecología en las Azores

“Las Azores están amenazadas por la pesca industrial con redes de arrastre, enmalles de fondo y sedales de hasta 80 km de longitud que dañarían seriamente a los pescadores artesanales locales y a los ecosistemas marítimos”.

NICOLÁS AIKIN ARALUCE
Más allá de las Columnas de Hércules donde Platón antaño emplazara a la Atlántida, y delimitando actualmente los confines occidentales de la UE, se halla uno de los lugares más paradisíaco del mundo y de mayor valor medioambiental, tanto terrestre como marítimo. Son las islas Azores y constituyen las cimas de la gigantesca cordillera marina que abarca desde Islandia hasta la Antártida. Y como no podía ser de otro modo, sus propios activos naturales las hacen vulnerables, concretamente al desarrollo turístico y a la pesca industrial.

Descubiertas por el capitán portugués Diego de Silves en 1427 en tiempos de Enrique el Navegante, este disperso archipiélago compuesto por nueve islas de origen volcánico -situado a 760 millas náuticas de Lisboa y a 2100 millas náuticas de nueva York aproximadamente- goza de un clima marítimo templado, con una temperatura media anual de 17 ºC (13º-14ºC en invierno y 22º-23ºC en verano) y lluvias regulares y bien distribuidas a lo largo del año. En consecuencia, las islas son muy fértiles y desde los tiempos de la colonización permitieron un rápido desarrollo de la agricultura, la ganadería y la pesca, sectores que siguen siendo actualmente de suma importancia para los 250.000 habitantes de las mismas.

Sus múltiples atributos naturales: inmensos bosques repletos de todo tipo de flora y fauna, verdísimos prados acotados por floridos arbustos donde pastan las plácidas vacas, cráteres de volcanes con lagos en su interior, ríos de agua caliente ricos en azufre y otros minerales, géisers, altas montañas, acantilados, hermosas playas con piscinas naturales e impresionantes paisajes submarinos, constituyen un auténtico paraíso para amantes de la botánica, senderistas, montañeros, bañistas, buzos y -en definitiva- turistas. Y es que sin ir más lejos, la isla de San Miguel – que con una superficie de tan solo 760 Km2 (65 Km. de largo por 15 de ancho) y 130.000 habitantes es la mayor de todas – reúne en tan escaso territorio todas estas maravillas además de la posibilidad de avistar cachalotes, delfines, orcas y otros cetáceos en expediciones náuticas que se organizan regularmente desde los muelles de la capital de la isla y del archipiélago, Punta Delgada.

El paisaje azoreño es por tanto uno de grandes contrastes especialmente en San Miguel ya que en cuestión de unos escasos kilómetros, tanto la temperatura como la topografía cambian radicalmente y los escenarios que se presentan a la vista son tan impactantes que merecen el calificativo de “alucinantes.”

Pero las demás islas también tienen mucho que ofrecer.

En cuanto a San Miguel, hay tanto para ver en ella que una visita concienzuda requiere al menos dos semanas.

Punta Delgada cuenta con unos 40.000 habitantes y la arteria principal de esta típica ciudad marinera atlántica la constituye la avenida marítima, conocida como Avda. Dom Henrique, y provista de un pintoresco malecón con vistas al puerto comercial y a la lonja de pescadores. Desde sus diversas terrazas y cafés, se pueden observar las maniobras de descarga de los mercantes y también de las pequeñas embarcaciones que transportan el pescado al muelle.

En la zona oeste de la isla destaca el enorme cráter que aloja al pintoresco pueblo de Siete Ciudades junto a dos enormes lagos, uno verde y uno azul, cuya espectacular vista se contempla mejor desde el mirador Vista do Rei, nombrado así tras la visita del rey Carlos de Portugal a la isla en 1901.

En la zona central, en la Sierra de Agua de Pau, se halla el increíble Lago de Fuego, también alojado en el interior de un cráter y rodeado de impresionante vegetación. A algunos kilómetros se encuentra el géiser Caldeira Velha, una catarata de agua caliente que cae sobre una pequeña piscina natural donde se baña la gente.

Más hacia el este, en el centro, se puede contemplar el bello Lago de Furnas con una iglesia a sus orillas, tan hermosa como siniestra, y la ciudad que lleva su nombre. En Furnas se hallan las famosas “caldeiras”, chimeneas naturales de agua hirviendo donde se cocinan los típicos platos de cocido isleño, y a escasa distancia están los manantiales de agua caliente y las termas de hierro y azufre. Y cerca de la ciudad de Nordeste, el mirador de Punta Madrugada ofrece una de las más impactantes vistas que pueda concebir el ojo humano, la cual encuentra réplica más hacia el interior –tras atravesar los salvajes y frondosos parajes de Tronqueira- en la cima Pico de Bartolomé y Pico de Vara, este último el más elevado de la isla con sus 1100m.

Tan solo unas cuantas horas de volante por la isla desplazan al viajero geográficamente por lugares que recuerdan a Escandinavia, Nueva Zelanda, los grandes lagos del Africa Central, Amazonia, Galicia, e incluso Canarias. También le trasladan en el tiempo, con sendos encuentros en las diminutas y retorcidas carreteras con niños conduciendo manadas de vacas, mozos y ancianos a lomos de caballo distribuyendo la leche, y pescadores aquí y allá tomando la cerveza Especial de la región, sentados a la fresca y escudriñando el mar.

No es de extrañar por tanto que las Azores atraigan cada año a miles de viajeros (principalmente de Europa del Norte, EE-UU y Canadá) cuyo número va en aumento, y que el sector turístico, hostelero e inmobiliario esté experimentando un notable crecimiento.

Consciente de los peligros inherentes en el desarrollo urbanístico indiscriminado, el gobierno autónomo de las Azores –que goza de un régimen parecido al de Canarias- ha apostado por el turismo de calidad y pretende mantener un delicado equilibrio entre el sector turístico y el agrícola de forma que ambos puedan coexistir sin que crezca el primero a expensas del segundo, afecte al medio ambiente o a las costumbres y actividades tradicionales de la isla. En este sentido, los azoreños tienen un concepto envidiable del desarrollo sostenible y han conseguido evitar hasta la fecha las terribles consecuencias que el fenómeno del “ladrillazo” ha tenido en La Costa Blanca y Costa del Sol españolas, así como en Baleares y parte de Canarias. La historia demuestra que es necesario controlar el desarrollo de las infraestructuras turísticas pero asimismo pone de manifiesto lo difícil que resulta llevar a cabo dicha tarea.

Sin embargo existe otro peligro que se cierne sobre el archipiélago a más corto plazo y sobre el cual los lugareños apenas tienen control. Éste concierne a la pesca en particular, pero tiene otras implicaciones dañinas como se expone a continuación:

Las Azores jamás han permitido la pesca de arrastre en las 200 millas alrededor de sus islas, que representan una inmensa zona económica exclusiva de un millón de Km2 y por tanto un gigantesco santuario marino para innumerables especies, muchas de ellas únicas o al borde de la extinción en otras partes del mundo. Cuando Portugal, y con él las Azores, ingresó en la UE, se inició un período transitorio de protección que terminó en 2004 y que, con motivo del tratado de la Unión, debía dar paso a una apertura de sus aguas a los grandes pesqueros de cualquier país miembro. Esto no era plato de buen gusto ni para los azoreños ni para nadie que se jacte de ser amante de la naturaleza, dada la amenaza que la pesca industrial con redes de arrastre, enmollos de fondo y sedales de hasta 80 km de longitud representan para los pescadores artesanales locales y para los ecosistemas marítimos.

Como Xavier Pastor, Director de OCEANA (la organización internacional para la investigación, protección y recuperación de los océanos) ha comentado recientemente, ” El archipiélago cuenta con uno de los patrimonios marinos más espectaculares y representativos de Europa: sus montañas submarinas, algunas de las cuales se alzan desde los 4.000 metros de profundidad… Sus formaciones geológicas son de vital importancia pues albergan una gran diversidad de especies, algunas de ellas endémicas. Especies de profundidad como el alfonsín, el pez reloj anaranjado o el sable negro se pueden encontrar en abundancia en sus aguas, motivo por el que las pesquerías comerciales –especialmente las que operan con artes de arrastre- han puesto sus ojos sobre las montañas submarinas de todo el mundo. Esta forma de pesca ha provocado el agotamiento de muchos stocks así como la destrucción de ecosistemas únicos, incluyendo los arrecifes de coral, algunos con más de 8.000 años de antigüedad. Portugal cuenta con unas 150 embarcaciones dedicadas al arrastre de fondo y la mayoría de la flota está compuesta por barcos costeros de pequeño tamaño que tradicionalmente han llevado a cabo su actividad sin destruir los fondos marinos…Al encontrarse sobre la cordillera dorsal atlántica, el archipiélago de las Azores concentra numerosas montañas marinas, fuentes hidrotérmicas, zonas de fractura, arrecifes de corales de profundidad y otros hábitats vulnerables de indudable valor ambiental.”

A esta observación cabe añadir que las corrientes que se forman en torno a las montañas submarinas así como la actividad volcánica fomentan la producción de plancton y biomasa que atrae a muchos peces, entre ellos a algunas especies que al parecer pueden vivir hasta 200 años y solo se pueden reproducir a partir de los 30, factor que contribuiría a la catástrofe de permitirse la pesca industrial en la zona.

Con el fin de evitar semejante disparate ecológico y la injusticia social hacia los pescadores artesanales isleños que durante muchos años habían utilizado técnicas sostenibles de capturas, el gobierno regional puso en marcha un recurso contra la Comisión en el tribunal Europeo de Justicia. Pero fue desestimado por este último en julio de 2004 al considerar que los posibles daños ecológicos a la zona serían inferiores a los perjuicios para el sector pesquero europeo de mantenerse la prohibición de faenar en aguas azoreñas.

Sin embargo el tema no está zanjado aun y la Comisión ha dado un pequeño balón de oxígeno al archipiélago al no otorgar capturas para buques de arrastre en 2004 y 2005. Es de esperar, aunque acaso sea mucho pedir, que tal medida provisional se convierta en definitiva. De levantarse la restricción la propia Política de Pescas Comunitaria, la cual presume de pretender minimizar el impacto de las actividades pesqueras sobre los ecosistemas marinos, reflejaría sus propias contradicciones inherentes, y paradójicamente acaso llegara a cavar la propia tumba de los pescadores europeos. Y es que se calcula que en breve -incluso en cuestión de meses- esta maravillosa región que sirve de refugio a peces que prácticamente han desaparecido de otras regiones quedaría prácticamente exhausta.

En cuanto a los pescadores isleños, éstos se verían obligados a buscar trabajo en otros sectores, y si a ello añadimos la no descartable futura implementación de una Política Agraria Comunitaria en detrimento del sector lácteo y ganadero regional, que sigue constituyendo uno de los pilares de la economía azoreña, el mal del “ladrillazo” se cerniría irremediablemente en torno al archipiélago. Todos nosotros perderíamos si este envidiable paraíso terrenal pasara a formar parte del dantesco infierno de junglas de asfalto que infelizmente tanto predominan en el planeta.

El autor es graduado en Económicas y Estudios Internacionales por la Universidad de Warwick, Reino Unido. Su email es: nicoaikin@hotmail.com

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú