Economía y Sociedad, Política

Costa de Marfil: reflexiones sobre una larga crisis

Desarrollo


Hace dos semanas, el presidente Laurent Gbagbo anunció que las elecciones presidenciales previstas para el pasado 30 de octubre no se celebrarían puesto que los rebeldes de las llamadas Fuerzas Nuevas que controlan la mitad norte de Costa de Marfil desde hace años, no se habían desarmados de acuerdo con los términos del tratado de paz de 2003. Dichos términos también requerían la introducción de ciertas reformas políticas y legales por parte del gobierno, las cuales -a juicio de los rebeldes y de los grupos políticos de la oposición integrados en la coalición denominada G7- tampoco se han cumplido, por lo que para ellos tampoco era viable celebrar unos comicios justos en dicha fecha.


 


Por una vez, los antagonistas de un conflicto político-militar que dura ya un lustro y el cual degeneró en una guerra civil que provocó miles de muertos y un millón de desplazados, parecen haber coincidido en algo, pero ese “algo” es totalmente contraproducente ya que significa que el proceso de paz en este país -que antaño había sido el primer productor de cacao del mundo y ejemplo de desarrollo regional- se estanca todavía más.


 


La postergación de las elecciones no ha producido grandes sorpresas porque ya semanas atrás la ONU había anticipado que no podrían cumplirse en la fecha señalada debido a la intransigencia de las partes confrontadas. Y posteriormente dicha entidad respaldó mediante una resolución las propuestas de la Unión Africana (UA) según las cuales el presidente Gbagbo –cuyo mandato oficial expiró el 30 de octubre- podría permanecer hasta un año más en su puesto, sujeto al nombramiento de un primer ministro con poderes ejecutivos por acuerdo común entre las partes. Su nombramiento tendría lugar en sendas reuniones a ser organizadas en los próximos días y en las que el actual presidente de la UA y máximo mandatario de Nigeria, Olusegan Obasanjo, actuaría como mediador. La principal función del nuevo primer ministro sería la de allanar el terreno para que tengan lugar los comicios dentro de un entorno estable, a la mayor brevedad posible.


 


Pero mientras Gbagbo anunciaba las nuevas por televisión, los rebeldes –que también están supuestamente integrados en la coalición G-7 y controlan el norte de mayoría musulmana del país- movían ficha en este complejo tablero de ajedrez y proclamaban unilateralmente el nombramiento de su líder: Guillaume Soro como nuevo primer ministro del gobierno de transición, añadiendo en un comunicado que el mandato del presidente Gbagbo había llegado a su fin de facto.


 


Así las cosas, Obasanjo viajó a Costa de Marfil el pasado 4 de noviembre donde fue recibido por Gbagbo y posteriormente mantuvo reuniones con mediadores de la ONU, ECOWAS (La Comunidad Económica de Estados de África Occidental), Sud Africa y el primer ministro saliente, Seydou Diarra. También se reunió con representantes del G7 pero no pudo hacerlo con Soro, quien se hallaba ausente del país, y se espera que tenga lugar una reunión entre ambos en el transcurso de una conferencia internacional sobre África que se celebrará en Bonn este fin de semana. Dicha reunión podría ser crítica de cara al futuro encuentro entre todas las partes para solucionar un conflicto que casi nadie parece entender y que obliga a uno a sumergirse en la historia reciente de Costa de Marfil.


 


Bajo el longevo e ininterrumpido mandato de Félix Houphouet-Biogny, presidente vitalicio desde la independencia en 1960 hasta su muerte en 1993, Costa de Marfil fue considerada modelo de estabilidad política y armonía religiosa en el continente africano. Poseía además una de las economías más desarrolladas.


 


El país mantuvo unas relaciones excelentes con Occidente y especialmente con Francia, mientras muchos otros estados africanos se veían afectados por golpes de estado, experimentaban con el marxismo y establecían víncolos  con la Unión Soviética y la China.


Y aunque algunos detractores del régimen lo calificaban de corrupto y de ser un apéndice del neocolonialismo francés que le ofrecía protección militar y ayuda al desarrollo –mucha de la cual acababa en los bolsillos de los políticos de un sistema unipartidista- a cambio de mantener su hegemonía en África occidental, Costa de Marfil atravesó un período de fuerte desarrollo económico que atrajo multimillonarias inversiones extranjeras y a millones de inmigrantes de otros países más desfavorecidos tales y como Burkina Fasó, Ghana, y Malí.


 


Sin embargo, en la última etapa del gobierno de Houphouet Biogny, la caída en precios del cacao, café y otros productos agrícolas que constituían las principales exportaciones del país, y el peso de la deuda externa acumulada durante largos años pasaron factura a la economía que se tradujo en congelación de salarios, desempleo, subida de impuestos y –en definitiva- descontento popular, que unido a acusaciones de corrupción por parte de opositores al régimen y una creciente presión internacional debilitaron la posición del octogenario presidente, obligándole a instituir el multipartidismo.


 


Henrie Konan Bedié, el delfín y sucesor de Houphouet, ganó las elecciones de 1995 pero carecía de la astucia política, diplomacia y carisma de éste. Además, su predecesor había tenido sumo cuidado en evitar conflictos religiosos y étnicos -en una nación donde el 30% de la población sureña es cristiana, más del 35% de los norteños son musulmanes, existen más de 60 etnias y millones de inmigrantes- permitiendo que miembros de las diversas comunidades estuvieran presentes en su gobierno para mantener un delicado equilibrio.


 


Bedié rompió el status quo en este terreno desarrollando el concepto de “L´Ivorité” o “Marfilenidad”, anteponiendo los derechos de voto y propiedad de los ciudadanos marfileños de pura casta a los de los extranjeros para acabar con las pretensiones de poder de su principal rival político, el líder del partido RDC: Alassone Quattara, uno de cuyos padres era de Burkina Fasó. Quattara era musulmán, de la etnia dioula, de enorme peso económico en el país, y había sido primer ministro en la época de Houphouet. Cómo además, los ciudadanos de Burkina Fasó constituían ya por aquel entonces un importante porcentaje de la población, tal política –la cual llegó a plasmarse en leyes- creó bastante tensión entre las comunidades de inmigrantes, quienes veían obstaculizado su proceso de nacionalización y derechos a tenencia de tierras.


 


Ello, unido a presuntas artimañas del presidente para excluir a sus opositores potenciales de puestos en el ejército, y la adversa situación económica que atravesaba el país culminó en un golpe de estado en diciembre de 1999 encabezado por el general Robert Guei, que envió a Bedié al exilio.


 


Guei formó un gobierno de unidad nacional y prometió elecciones democráticas que se celebraron a finales del año 2000. Pero no fueron ni libres ni pacíficas porque a instancias del general golpista, el tribunal supremo excluyó a los dos principales partidos políticos de las mismas –el PDCI del depuesto Bedié y el RDR de Quattara. Y este último fue descalificado bajo pretexto de ser de nacionalidad burkinabé, descalificación que condujo a acusaciones de xenofobia y a violentas protestas de sus partidarios, muchos de los cuales eran musulmanes del norte.


 


El RDR respondió a tal provocación  intentando boicotear los comicios, lo cual resultó en una reducida participación en los mismos y una carrera entre el dictador Guei y Laurent Gbagbo, el candidato por el FPI (Frente Popular Marfileño) –único partido rival con posibilidades de ganar que se presentó. Pero como durante el proceso de votación pronto se desprendió que este último llevaba las de ganar, Guei alegó que se había producido fraude electoral, disolvió la comisión electoral y se proclamó vencedor.


 


Ello provocó un estallido de violencia con numerosos muertos, y el general Guei huyó con destino desconocido mientras Gbagbo –que había obtenido la mayoría de votos- asumía el cargo de presidente. Mas no con esto finalizaron los disturbios ya que ahora los partidarios del musulmán Quattara exigían nuevas elecciones en las que su partido pudiera participar,  produciéndose esporádicos estallidos de violencia entre los partidarios del RDA –muchos de ellos musulmanes del norte- en Abidján y en la capital política, Yamousoukro, incidentes que no cesaron hasta que Gbagbo llegó a un acuerdo con Quattara y estableció un gobierno de unidad nacional que incluía a miembros de su partido.


 


Pero el cisma entre el norte y el sur ya se había abierto, y el 19 de septiembre de 2002 contingentes rebeldes –fuertemente armados- atacaron algunas de las principales ciudades del país, haciéndose con el control del norte. En un principio, el presidente Gbagbo dijo que se trataba de desertores del ejército: presuntos partidarios del depuesto Guei respaldado por el gobierno de Burkina Fasó. En cualquier caso, la situación fue muy confusa ya que aquella noche, unidades militares o paramilitares no identificadas tomaron la gendarmería de la capital administrativa, Abidján, y el propio general Guei fue asesinado en su casa mientras que Quattara se refugiaba en la embajada francesa.


 


Si bien algunas fuentes señalaban que se trataba de un intento de golpe perpetrado por militares descontentos, otras alegaban que escuadrones de la muerte alentados por el presidente habían iniciado una matanza de opositores al régimen, y que –al menos en Abidján- la rebelión no fue una reacción planificada sino defensiva. Y como los rebeldes al parecer disponían de buen armamento, no faltaron tampoco aquellos que veían la negra mano de Francia y sus multinacionales tras la revuelta, con el fin de seguir controlando los recursos de su ex colonia.


 


Pero todo parece indicar que Francia tan solo deseaba la reconciliación entre los bandos, y así lo demostró posteriormente cuando escaló el conflicto hasta una guerra civil, desplegando tropas entre los rebeldes norteños que avanzaban hacia Abidján y las tropas gubernamentales que pretendían reprimir militarmente a los insurgentes.


 


En cualquier caso, las exigencias iniciales de los insurrectos de que se les reintegrara en el ejército y/o se mejoraran sus condiciones de vida se derrumbaron cual castillo de naipes cuando poco tiempo después éstas se transformaron en reivindicaciones políticas entre las que destacaban la dimisión del presidente, una nueva constitución y elecciones generales. Y cuando detrás de sus filas surgió semanas después la voz de Guillaume Soro -un conocido sindicalista y ex político- anunciando la constitución del Frente Patriótico de Costa de Marfil, más de un analista revisó su postura, basada en presunta xenofobia e injusticias hacia los inmigrantes, roces etnico-religiosos y deterioro del entorno socioeconómico como causa del conflicto, substituyéndola por pretensiones de poder por parte de una serie de políticos dispuestos a hacerse con el mismo utilizando cualquier arma a su alcance. A fin de cuentas, Gbagbo ya había incluido al RDA dentro de su gobierno popular.


 


Pero la coyuntura política y militar en Costa de Marfil estaba ya en plena ebullición y se complicaría aún más con la aparición de dos nuevos movimientos guerrilleros: el MPIGO –apoyado según algunos por Charles Taylor desde Liberia- y el MJP que tomaron las ciudades de Man y Danané, y la presencia de señores de la guerra en las ricas zonas del cacao. La supuesta entrada en escena de tanques angoleños y mercenarios extranjeros añadieron confusión a la situación.


 


Bajo presión de la ONU, Francia, Togo, Senegal y Sud África, en enero de 2003 el presidente y los rebeldes firmaron el acuerdo de Linas-Marcoussis en París. Mediante éste, Gbagbo retendría el poder, otros partidos opositores –incluyendo los rebeldes- serían invitados a formar parte de un gobierno de reconciliación y se les concederían varias carteras ministeriales. Además, soldados franceses (Operación Unicornio) y de la ONU (ONUCI) serían desplegados entre la línea de paz trazada entre los beligerantes, los rebeldes se desarmarían y las partes se comprometían a modificar conjuntamente las leyes de identidad nacional, ciudadanía y tenencia de tierras rurales introducidas por Bedié, las cuales al parecer perjudicaban a los inmigrantes y para muchos observadores constituían las auténticas raíces del problema.


 


Pero el esquema no funcionó. En marzo del mismo año, el PDCI de Bedié se desligó del gobierno tras sendos choques con el FPI de Gbagbo acerca del nombramiento de ciertos cargos administrativos gubernamentales y en las empresas públicas. Y posteriormente, como resultado de una manifestación clandestina duramente reprimida por la policía, se retiraron otros partidos, la formación de Soro -el líder de los rebeldes, entre éstas.


 


Se intentó llegar a otro acuerdo posteriormente en Accra (Ghana), para la desmovilización, desarme y reintegración de los insurgentes, pero también fracasó, entre otras cosas porque el presidente pretendía reservarse el derecho de nombrar al primer ministro y no se ponían de acuerdo en cuanto al desarme.


 


Según los rebeldes –que ahora hacían llamarse Las Fuerzas Nuevas (FN)- el ejército había adquirido grandes cantidades de armamento de otros países para aniquilares, y en octubre de 2004 habrían interceptado parte de éste cuando era trasladado en convoyes hacia la línea de paz divisoria entre los beligerantes. Declararon pues el estado de emergencia en su zona de control y el gobierno envió a la aviación, bombardeando la ciudad de Bouké donde los franceses mantenían una base, causando bajas entre los galos. Fuera intencionada o accidental dicha acción, éstos respondieron destruyendo la aviación de Gbagbo siguiendo -al parecer- órdenes del mismísimo Chirac.


 


Los partidarios del gobierno replicaron destrozando las propiedades de la población francesa en Abidjan, actos acompañados de presuntas violaciones y linchamientos de ciudadanos occidentales que resultaron en su evacuación por parte de las tropas francesas –las cuales recibieron refuerzos de Gabón-, y no se divisaba ningún final al conflicto hasta que la ONU pasó la resolución 1572, declarando un embargo de armas aplicable a los dos bandos.


 


Sometidos una vez más a presión internacional, los líderes políticos marfileños se reunieron en Pretoria en abril de 2005, bajo auspicios del presidente Mbeki, y poco después el gobierno anunció que se celebrarían las elecciones en octubre de este año. Pero el caos reinante en el país, la falta de mutua confianza e incluso choques intestinos dentro del frente rebelde, han complicado más el escenario, no habiéndose implementado el desarme. De hecho, ni siquiera se había procedido con el registro de los votantes dadas las circunstancias antes de que venciera el plazo.


 


Hasta la fecha, las mediaciones de Mbeki –a quien se le considera pro-Gbagbo entre las filas rebeldes- y de otros mandatarios africanos involucrados en el proceso de paz han fracasado. Y ahora queda por ver si el presidente Obasanjo será capaz de solucionar un rompecabezas que para algunos es de naturaleza inter-étnica mientras que para otros tan solo refleja las pretensiones de poder político y económico de los diversos partidos políticos y señores de la guerra de Costa de Marfil, con o sin el respaldo de diversas potencias extranjeras.



El autor es graduado en Económicas y Estudios Internacionales por la Universidad de Warwick, Reino Unido. Su email es: nicoaikin@hotmail.com   

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