América, Política

EE.UU: Drama en Ferguson

El caso de Brown nos recuerda que las heridas no están cerradas. No tengo, como no tienen la mayoría de opinólogos, cómo saber si hubo o no legítima defensa por parte del policía o si Brown fue víctima de un abuso dictado por el miedo y la desconfianza de un policía blanco contra un joven negro agresivo.


 La pequeña localidad de Ferguson, en Misuri, acaba de ser epicentro de una nueva conmoción racial en Estados Unidos. Como Los Ángeles a comienzos de los años 90, Oakland en 2009 y Sanford en 2012, Ferguson ha despertado la ira de la comunidad afroamericana contra lo que percibe como un acto de violencia policial dictado por el prejuicio y la discriminación. La muerte de Michael Brown, un joven negro de 18 años abatido por el policía Darren Wilson el sábado 9 de agosto a mediodía en circunstancias discutidas, ha vuelto a abrir un cráter en la conciencia de un país que, medio siglo después del triunfo de la causa de los derechos civiles, no supera el trauma de su pasado.

Lo que prevalece no son los hechos mismos sino su interpretación. Ella divide, una vez más, a la comunidad negra de la blanca, si puedo permitirme el simplismo de llamar “comunidades” a universos bastante grandes y diversos. La percepción de una inmensa mayoría de negros en Estados Unidos, según Pew Research Center, entidad respetada por sus trabajos demoscópicos, es que no se puede confiar en las investigaciones judiciales. En cambio, no más de 33 por ciento de blancos piensan lo mismo. El país parece estar percibiendo los hechos a partir de elementos como la pertenencia a una determinada comunidad.
Si uno es negro tiende a creer que Michael Brown, un chico con el mérito de haber sobrevivido a Normandy High School y estar a punto de empezar sus clases en el Vatterott College, se dirigía a casa de su familia cuando un policía blanco lo provocó, abusó de él y luego de un forcejeo terminó disparándole seis tiros. Así, un joven que no llevaba arma fue abatido por un policía que disponía de toda clase de recursos sin necesidad de dispararle.
 
Luego, la policía de Ferguson, en la que 50 de los 53 agentes son blancos a pesar de que los negros constituyen dos terceras partes de esa localidad,protegió a Darren Wilson, ocultó información y, con la complicidad de la policía del condado de St. Louis, montó una operación para “asesinar la personalidad” de la víctima. Esto consistió en la divulgación de informaciones falsas o no comprobadas, incluyendo un video en el que supuestamente Brown aparece empujando al dependiente de una tienda en la que acaba de robar. Surgidas las protestas y con el respaldo del propio Gobernador del Estado, Jay Nixon, los distintos cuerpos policiales, altamente militarizados, se ensañaron con los manifestantes, a lo cual se sumó por último la presencia aplastante de la Guardia Nacional, convirtiendo a Ferguson en un cuartel. Para aplacar la ira, el gobernador puso a cargo del operativo de seguridad al Capitán Ronald Johnson, jefe del departamento de carreteras de Misuri, pero se trató de un gesto puramente político.
 
Si uno es blanco, tiende a ver algo muy distinto. Michael Brown, un joven sin valores que había estudiado en uno de los colegios más problemáticos del país,robó una tienda mediante el uso de la violencia y luego violó las normas que impiden caminar por el medio de la pista, negándose en repetidas ocasiones a volver a la acera cuando el policía Wilson se lo pidió. Sin que mediara provocación alguna, el joven negro empezó a insultar y agredir al policía, que, dentro de su auto, no podía maniobrar con facilidad y estuvo a punto de perder la posesión de su arma. Una vez que logró recuperar el control se vio obligado a disparar al agresor. Existía una alta probabilidad de que Brown fuera autor de un robo y de que, sabiéndose en peligro de arresto, intentara a la desesperada usar la violencia contra él. Una vez surgidas las protestas, la policía de Ferguson y la policía de St. Louis brindaron toda la información que era posible brindar mientras reunían la que estaba incompleta y respondieron como manda el libreto: dando instrucciones sobre cómo y dónde protestar y arrestando a quienes hicieron uso de la violencia.
 
Como había infiltrados entre los manifestantes muchos miembros de bandas homicidas, entre ellas los Bloods, o activistas desobedientes de La Nación del Islam o el New Black Panther Party, fue necesario emplear carros blindados y gases lacrimógenos, y proceder a arrestar a decenas de personas que habían herido a manifestantes pacíficos. Entre los arrestados había personajes del lumpen de Chicago, Texas y otras partes cuya intención era sembrar el caos y agitar el odio. Estos agitadores habían marginado en las protestas a las organizaciones pacíficas, como la NAACP o el National Action Network del Reverendo Al Sharpton. El que el Gobernador Nixon pusiera al Capitán Johnson a cargo de la seguridad indica que hubo un esfuerzo por ganarse la confianza de los afroamericanos.
 
Estas son a grandes rasgos las percepciones de unos y otros, con muchos matices en el medio. A ello se añade la confianza y la desconfianza en la investigación oficial. En estos momentos, se lleva a cabo un proceso típicamente estadounidense a manos de un “Gran Jurado” (institución del Derecho Consuetudinario que ha sido abolida en muchos países). Se trata de un jurado amplio que investiga y decide si acusa o no al sospechoso. Juega un papel clave en esta investigación, y puede tener una influencia determinante en el Gran Jurado, el fiscal acusador del condado de St. Louis, Robert McCulloch, a quien el gobernador ha mantenido a pesar de los pedidos de la comunidad negra y muchos medios importantes (el New York Times lo hizo el jueves) de que lo reemplace por un fiscal especial.
Aquí también las percepciones abren un abismo, según las encuestas serias. McCulloch, piensan los primeros, está altamente prejuiciado: es un blanco cuyos progenitores trabajaron en el Departamento de Policía de St. Louis, donde su padre perdió la vida a manos de un negro. McCulloch es el representante de un orden dictado por el control del aparato político, judicial y represivo por parte de los blancos en perjuicio de una comunidad negra. Esta percepción se funda en que, por ejemplo, Ferguson, a pesar de que la mayoría de sus 21.000 habitantes son negros, tiene un alcalde blanco, un concejo municipal en el que cinco sextas partes son blancos y una policía blanca.
 
Desde el otro lado, en cambio, se cree que la investigación debe seguirse de acuerdo con los patrones y actores a quienes corresponde, y que alterar el esquema por razones de presión social y política podría producir resultados injustos.

En el subconsciente de los que piensan de la primera forma -o tal vez en la conciencia- está la absolución de los que golpearon salvajemente a Rodney King en Los Angeles en 1991. El gobierno federal, ante ese hecho, tomó una decisión política: que el Departamento de Justicia (fiscalía general) acusara a los policías por violar los derechos civiles de King. Dos de los cuatro policías fueron a la cárcel y dos quedaron en libertad. Otro antecedente que puede estar en el ánimo de los que más desconfían es el del juicio relacionado con Trayvon Martin, el joven que murió abatido por un guardián de origen hispano. El acusado, George Zimmerman, fue absuelto por un jurado en el juicio que se le abrió tras ser denunciado por un fiscal especial.
 

En este caso, la Administración Obama no ha esperado a tener resultados de la investigación del condado para actuar. Eric Holden, el Secretario de Justicia afroamericano, ha enviado al FBI a hacer su propia investigación, lo que abre la posibilidad de una imputación contra Wilson por violar derechos civiles. El propio Holden ha visitado St. Louis y prometido a la población negra un proceso justo. Detrás de esta decisión está una Administración Obama que navega muy incómodamente entre dos aguas: si se parcializa con la población negra, dará armas a quienes, en la derecha, lo han acusado siempre de ser, en el fondo, un activista negro resentido contra los blancos y emboscado admirador de los Black Panthers. Esto podría hacerle daño de cara a las elecciones legislativas, de por sí peligrosas por la probabilidad de que la Casa Blanca pase a tener un Senado adverso, en noviembre. Pero si Obama parece aliarse con el establishment blanco de Misuri, puede acabar perjudicando la posición electoral de su partido aun más: la comunidad negra ha sido determinante en todas las elecciones directa o indirectamente relacionadas con el actual Presidente y podría ahora expresar su protesta abandonándolo en las urnas.
 
El caso de Brown nos recuerda que las heridas no están cerradas. No tengo, como no tienen la mayoría de opinólogos, cómo saber si hubo o no legítima defensa por parte del policía o si Brown fue víctima de un abuso dictado por el miedo y la desconfianza de un policía blanco contra un joven negro agresivo muy agresivo. Pero sí queda meridianamente claro que hay un tema de fondo: las heridas raciales no han cerrado. Se ha citado en estos días, de distintas formas, las reflexiones de Thomas Jefferson, uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, sobre el futuro de las relaciones entre blancos y negros después de la esclavitud. Están en sus “Notas sobre el Estado de Virginia”. En ellas dice que muchas cosas “nos dividirán en partidos y producirán convulsiones que quizá no terminen nunca salvo con la exterminación de una raza por la otra”. Su pesimismo llegaba al punto de hacerle pensar -uno de los aspectos más duramente criticados de este hombre al que se admira tanto por muchas razones- que la única solución era que los esclavos e hijos de esclavos nacidos en Estados Unidos regresaran a Africa.Hubo todo un movimiento en el siglo 19 -la American Colonization Society- que predicó esto mismo. Mucho tiempo después diversas organizaciones negras recogieron la bandera y promovieron el regreso de negros a Africa. Se habló del “Back-to-Africa movement”.
Fueron pocos, en términos proporcionales, quienes emprendieron ese viaje porque la sociedad y las instituciones optaron por buscar fórmulas de convivencia. Pero la discriminación continuó hasta que el movimiento de los derechos civiles logró en los años 60 una legislación que ponía a unos y otros -o eso se pensaba- en pie de igualdad. Tardó mucho tiempo que la legislación fuera aceptada y practicada. La victoria de Obama, sin embargo, demostró lo mucho que se había progresado. Pero era prematuro cantar victoria. La comunidad negra tiene unos indicadores que la apartan del grupo predominante del país. Aunque se puede medir un significativo progreso en aspectos como la expectativa de vida o la incorporación a niveles gerenciales en las empresas, la comunidad afroamericana tiene todavía niveles de desempleo muy altos en comparación con los blancos (12% contra 6%) y un bajo nivel de estudios (solo 20 por ciento de los negros de 30 años o más posen un título universitario, casi la mitad que los blancos). Y, sobre todo, es la principal protagonista de la marginalidad urbana y las cárceles, lo cual ha ido abriendo un nuevo foso de desconfianza entre unos y otros.
Esta asignatura pendiente tiene para muchísimo rato.

Publicado en La Tercera
 

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