Pensamiento y Cultura, Política

Efecto tragedia

Santi Lucas
En solo cuarenta y ocho horas, más de 400 inmigrantes subsaharianos han arribado a las costas canarias, repitiendo una secuencia tantas veces vivida de cáscaras de nuez al garete, en las que se hacinan los cuerpos agotados y deshidratados por la dura travesía. Se ha producido la avalancha coincidiendo con el primer año del proceso extraordinario de normalización que contabilizó a casi 600.000 inmigrantes empapelados, pero todo parece indicar que estamos casi como al principio. Siempre empezando, y siempre arrastrando a cuestas la polémica de las cifras y las opiniones encontradas.

Según la oposición política, España bate todas las marcas de inmigración ilegal de la Unión Europea y podría sumar hasta 1,3 millones de irregulares actualmente en su territorio. El Gobierno, por su parte, se ha apresurado a bajar el volumen de la alarma y a negar el magnetismo o la sugestión de una llamada. A las oleadas de inmigrantes “sin papeles”, que bombean sin descanso las mafias esclavistas desde las costas africanas, las llama la Vicepresidenta Primera del Gobierno, Mª Teresa Fernández de la Vega, “repuntes”, que no empañan de ninguna forma las políticas activas, integrales y brillantemente exitosas que el Ejecutivo dice que ha puesto en marcha en esta materia.

Lo peor que puede convenirle a un problema tan formidable como el de la inmigración ilegal, en cualquier situación y latitud del mundo, pero máxime en un punto geográfico, estratégico, accesible y atractivo como en el que nos encontramos los españoles, es practicar la autocomplacencia oficial y no admitir la gravedad ni la complejidad que rodea y envuelve a este fenómeno.

Los países de origen de la inmigración irregular, todos a los que sea posible alcanzar formalmente, deben recibir de nuestras autoridades un mensaje nítido y sin matices sobre la estricta observancia de la legalidad vigente y sobre la voluntad firme, solidaria y generosa de admisión, de acuerdo siempre a las posibilidades reales del trabajo, para que la acogida lleve aparejada también una plena integración de los inmigrantes.

Nada ayuda un enfrentamiento político frontal a detener la catapulta de la desesperación y la miseria que funciona a pleno rendimiento, que llama a nuestras puertas provocando tantas veces el peor de los efectos que es el de la tragedia humana. Parece, como en el fatídico y angustioso dicho popular, que lo único que logramos es remar, remar, remar, para morir en la orilla.

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