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El conflicto de las FARC: las cosas por su nombre

Todo parte de una idea romántica de liberación que ignora la importancia de la legalidad y el respeto hacia un verdadero orden constitucional.

Editorial
Todo el entramado del conflicto de las FARC deja mensajes que son preocupantes para América Latina. En especial, para las posibilidades de progreso y desarrollo en esa región. Todo se ha tergiversado. Todo ha respondido a una lógica curiosamente perversa que, a estas alturas y desafortunadamente, no nos sorprende.

Diario Exterior ha dado cuenta en numerosas ocasiones de la actitud adoptada por Ecuador, Nicaragua y Venezuela con respecto a las FARC. Lo más irritante –a estas alturas- es la condescendencia del chavismo con la guerrilla. Esa tácita aceptación del método guerrilleril que tanto daño ha hecho a Colombia y al resto de la región.

Pero a ello deben sumarse actitudes como las de Correa y Ortega siguiendo esa “línea blanda”. Todo parte de una idea romántica de liberación que ignora la importancia de la legalidad y del respeto hacia un verdadero orden constitucional.

El accionar de Colombia puede ser discutido (y hasta censurado) en el plano del derecho internacional. Se pudo haber exigido un pedido de explicaciones y hasta una protesta diplomática y formal. Pero Ecuador prefirió el camino de la beligerancia. De no reconocer que lo que en el fondo estaba haciendo Colombia era erradicar una organización que, sistemáticamente, mata y tortura en su territorio.

No. Lo primero fue movilizar las tropas. Generar un estado denominado “de movilización”. Y ello fue acompañado por la pantomima de Chávez que, en su programa de televisión, ordenó a un general obediente enviar un batallón a la zona de conflicto.

A lo largo de esa semana de beligerancia, Diario Exterior informaba que el ministro del Interior ecuatoriano señaló que “nosotros no limitamos con Colombia, limitamos con las FARC, y esa es responsabilidad del Estado colombiano que no resuelve hace décadas ese conflicto”. Agregaba después que sus fuerzas habían estado detrás de Reyes, pero que se “había escapado por poco”.

Las dudas de la OEA

El cierre de este disparate (el no reconocer que Colombia intenta combatir un movimiento guerrillero para lo cual sería lógico contar con colaboración), fue la posición de la OEA. En ningún momento se escuchó a Insulza decir que lo primero que se condenaba era el terrorismo selvático de las FARC. Que se necesitaba mayor predisposición de los países vecinos para erradicar esto. No. Por el contrario, se le escuchó reprender al gobierno colombiano por su “actitud de prepotencia”.

Lo poco que puede hacerse es llamar las cosas por su nombre. América Latina debe apostar por el desarrollo y el respeto a la ley. Por eliminar esas formas arraigadas de agresión al estado de derecho que ahora, en su más penosa versión, se traduce en dialécticas revolucionarias que no hacen más que profundizar la confusión. El intento de Uribe es preservar, en medio de ese contexto, un erosionado resto de dignidad constitucional.

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