América, Política

El fin de la era Oslo

Como suele ocurrir con las actas de defunción política, ésta es una mera formalidad pues hacía rato que el proceso de Oslo había sucumbido. Y, como toda muerte política, puede que no sea definitiva pero su resurrección no sucederá antes de que esa “nueva era” de la que habla Bennett, y que es la de la ley de la fuerza, haya probado su cruel inutilidad para lograr la paz y la estabilidad en el Medio Oriente.


 Un fanático que sabe muy bien lo que dice, Naftalí Bennett, lo dijo esta semana mejor que nadie: “La era Oslo ha terminado y empieza una nueva era”. El líder del partido religioso La Casa Judía que forma parte de la incómoda coalición del primer ministro Benjamín Netanyahu en Israel anunciaba así, tras la violencia desatada por el secuestro y asesinato de tres muchachos judíos y la retaliación que infligió igual destino a uno palestino, el deceso de toda una etapa ilusa pero ilusionante que arrancó con los acuerdos de Oslo de mediados de los años 90. Como suele ocurrir con las actas de defunción política, ésta es una mera formalidad pues hacía rato que el proceso de Oslo había sucumbido. Y, como toda muerte política, puede que no sea definitiva pero su resurrección no sucederá antes de que esa “nueva era” de la que habla Bennett, y que es la de la ley de la fuerza, haya probado su cruel inutilidad para lograr la paz y la estabilidad en el Medio Oriente.

Repasemos rápidamente la secuencia para entender mejor lo que esto quiere decir. En 1993 (y otra vez en 1995) se firmaron los acuerdos por los cuales se abrió la posibilidad de una negociación en serio entre Israel y los palestinos (Oslo). La inspiración de estos acuerdos fueron, por supuesto, los de 1978 en Camp David entre Sadat y Begin. En ambos casos no se trató de tratados finiquitados sino de marcos para negociar asuntos posteriores. Los de 1978 produjeron la paz entre Egipto e Israel pero descuidaron en la práctica la cuestión palestina. De allí que en Oslo, años más tarde, se abordara por fin este asunto de forma directa. Se acordó allí el reconocimiento mutuo entre el
Estado de Israel y los palestinos
, la creación de una Autoridad Palestina para representar (y gobernar dentro de estrictos límites) a las zonas palestinas y, sobre todo, iniciar una negociación definitiva que debía tomar cinco años.

Todo culminó en una nueva cumbre de Camp David, esta vez en 2000, bajo el auspicio de Bill Clinton, entre el primer ministro israelí Ehud Barak y el fallecido Yasser Arafat. El desastre de esa reunión tuvo como consecuencia el inicio de la segunda insurrección palestina en los territorios ocupados por Israel, conocida como “Intifada II”.

Pero allí no murió la era Oslo aunque quedara muy herida. Hubo sucesivos esfuerzos para reabrir una negociación y esa palabra mágica, Oslo, cada vez que se suscitaban conflictos graves, parecía prometer algo asible, no demasiado lejano en el tiempo. En realidad, qué claro queda hoy, Oslo estaba muriendo, sólo que su muerte fue lenta, contradictoria, confusa. Desde entonces sucedieron muchas cosas, incluyendo una guerra civil entre palestinos que produjo la victoria del violento grupo Hamas en Gaza pero, en cambio, consolidó en Cisjordania a un hombre que representa con mucha claridad lo mejor del liderazgo palestino: Mahmud Abbas, conocido como Abu Mazen. Líder de Fatah, había asumido el mando de la Autoridad Palestina en 2005 y, aunque perdió a manos de Hamas el control de Gaza, pasó a gobernar con relativo éxito su zona desde Ramala, abriendo un período de cierta prosperidad económica en toda Cisjordania. Incluso promovió un fuerte comercio con Israel.

Lamentable, trágicamente, le tocó a Abbas coincidir, a partir de 2009, con un liderazgo israelí muy alejado de la sensatez de Begin, Rabin, Peres, Barak y otras figuras que en su momento produjeron, o intentaron de verdad producir, avances significativos y arriesgados en la relación con los árabes. Le tocó un Benjamín Netanyahu cuadriculado e inflexible, por temperamento y por buen olfato político: sabedor de la radicalización de la sociedad israelí en el tema palestino, Netanyahu entendió que su destino dependía de representar en esta etapa la desconfianza generalizada de sus compatriotas en los palestinos moderados, incluyendo Abbas, y avanzar en la política de “hechos consumados” expandiendo las colonias judías en los territorios ocupados de modo que todo se volviera irreversible. Mientras tanto, coincidiendo con una gran prosperidad israelí gracias a la innovación tecnológica y la multiplicación de empresas, las nuevas generaciones vivirían por completo ajenas al conflicto, como si los palestinos fuesen lo que un negociador palestino, Saeb Erekat, ha llamado “fantasmas”. Recuerdo en mi visita a Israel hace poco tiempo haber tenido la impresión de que los jóvenes de Tel Aviv simplemente no tenían noción de que existe un asunto pendiente muy vigente.


Allí es cuando empezó a morir Oslo
. No murió del todo porque, al llegar al poder con su aureola de salvador de la humanidad y armado con un Premio Nobel de la Paz a poco de ocupar la Casa Blanca, Barack Obama decidió impulsar una negociación a fondo. Al hablar su gobierno de volver a las fronteras de 1967, tema tabú para muchos en Israel, y pedir el congelamiento de la colonización de los territorios ocupados, la nueva Administración norteamericana despertó en Tel Aviv las iras de Netanyahu y de amplios sectores del “establishment”. Sus gestos hacia el mundo árabe, aun siendo la entonces secretaria de Estado,
Hillary Clinton, una fiel aliada de Israel, aumentaron la desconfianza, de manera que Netanyahu y compañía activaron en Estados Unidos el influyente lobby judío para contrarrestar a Obama, por quien Netanyahu sentía ya abierto desprecio (sentimiento mutuo, como lo puso en evidencia una visita del israelí a Washington, en la que fue ninguneado por el presidente). Si lo que se quería era evitar cualquier progreso, lo lograron.

El último suspiro de Oslo, sin embargo, no fue ese. Vino ya en la segunda Administración Obama
. El sucesor de Hillary Clinton, un experimentado John Kerry, entró con bríos al Departamento de Estado y anunció un plazo de nueve meses para llegar a un acuerdo entre israelíes y palestinos. Nombró al diplomático Martin Indyk como enviado especial. Indyk era un “duro” pro israelí, ex embajador en Tel Aviv, que debía tranquilizar a los israelíes.

Pero los nueve meses se cumplieron en abril de este año y el fracaso fue rotundo.
 En respuesta a la decisión de Netanyahu de no liberar a 26 presos que le tocaba liberar y proseguir con la colonización, Abbas decidió firmar acuerdos con distintas entidades en ejercicio del nuevo status palestino de “país observador” en la ONU. Allí murió la era Oslo aunque, como queda dicho, el acta de defunción tardaría unas semanas más en levantarse. Lo acaba de levantar la violencia surgida por el asesinato de tres chicos israelíes que asistían a una escuela talmúdica en Cisjordania y el asesinato, en represalia, de un muchacho palestino en Jerusalén.
Se ha conseguido, en este proceso tortuoso, que todos se lleven mal con todos. No sólo Washington y Tel Aviv (Obama y Netanyahu) se quieren poco: ya ni siquiera hay plena confianza entre Washington y la Autoridad Palestina. La razón tiene que ver con la nueva estrategia de Abbas, que, convencido de que Estados Unidos no quiere o no puede forzar a Israel a negociar en serio, ha decidido ir por otras vías pacíficas pero controversiales. En especial, la búsqueda de reconocimiento internacional como forma de presionar no sólo a Tel Aviv sino también al propio Washington. A Estados Unidos no le interesa que los palestinos prosigan con su campaña en la ONU para alcanzar un status de Estado miembro pleno y ya tuvieron serios problemas para aceptar el hecho consumado del status de país observador en su momento. Para los estadounidenses, esto sólo debe suceder como fruto de una negociación entre todas las partes, pues de lo contrario provocará en Israel y en el sector republicano pro israelí una actitud defensiva.
Un elemento adicional en la estrategia de Abbas complica las cosas: el acercamiento con Hamas, el antiguo enemigo. Fatah y Hamas se han reconciliado y el grupo radical que controla Gaza ha suscrito un acuerdo con el gobierno de Cisjordania para sostener al Poder Ejecutivo de Ramala de forma conjunta con el partido de Abbas. La reacción de Washington ha sido prudente pero no ha descartado “trabajar” con ese gobierno a la vez que no ha interrumpido la ayuda anual, unos 500 millones de dólares, que otorga a Ramala. La decisión, más realista que entusiasta y un reflejo de la plena conciencia que tiene Obama tanto de su debilidad actual como de la muerte de la era Oslo, ha provocado ira en Tel Aviv. A tal punto que el embajador israelí en Washington ha expresado públicamente -algo muy poco frecuente- su enorme “decepción” con la decisión de Obama. Para Israel, es inaceptable que Estados Unidos reconozca a un gobierno de coalición apoyado por “los terroristas” de Hamas aun si no hay miembros de esta organización en el gabinete (el Poder Ejecutivo está básicamente compuesto por tecnócratas).
La apuesta de Israel a estas alturas es muy evidente: esperar a que Obama reciba una paliza electoral en noviembre y pierda el control del Senado, con lo cual quedará imposibilitado de tomar iniciativas importantes de política exterior y será contrarrestado, si toma riesgos en la cuestión palestina, por unos republicanos de armas tomar. Y seguir tirando hasta que Obama concluya su mandato. Mientras tanto, acelerará el programa de construcción de asentamientos y de consolidación de las colonias judías. Desde su derecha, La Casa Judía lo presiona para imponer la ley israelí en toda la zona (es decir la anexión definitiva) y, si es posible, la talmúdica. Considerando que Israel controla un 60 por ciento de Cisjordania, la idea es equivalente, sencilla y llanamente, a hacer inviable toda negociación futura, aprovechando la muerte de la era Oslo.
Es precisamente esto lo que lleva a Abbas, presionado por Hamas y sectores “duros” de Fatah, a renunciar en la práctica a la esperanza de que Washington fuerce a Tel Aviv a negociar y seguir con su estrategia unilateral no violenta. Después de todo, tiene algunos elementos que lo benefician, incluyendo la antipatía que despierta Netanyahu en medio mundo, incluida Europa, y el respaldo de muchos países de la ONU.
El riesgo de esta estrategia es obvio: que sirva de pretexto a los inflexibles en Israel para endurecer su política y reprimir de forma lo bastante implacable como para que Intifada III surja en cualquier momento. Ello provocaría, a su vez, una intervención militar en forma para acabar con todo foco de Resistencia palestina (o al menos postergar su resurgimiento por muchos años). El gran aliado en esta estrategia del ala más radical de Israel es, ironía perfecta, el fanatismo palestino de sectores de Hamas y, quizá con mucha mayor importancia ahora, de Yihad Islámica, que es quien está llevando a cabo la mayoría de lanzamientos de misiles contra el sur israelí desde Gaza.
Sí, la era Oslo ha terminado. De eso no cabe duda alguna.

Publicado en La Tercera

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