Política

El inminente derrocamiento del gabinete libanés

Estados Unidos y el nuevo Congreso tienen que ser implacables a la hora de resistir la emboscada del terror y el fascismo en Oriente Medio. Cuando los políticos clínicos, los grupos de intereses y los académicos practicantes de apología pidan apaciguamiento de Irán y Siria, hay que resistirles-

Walid Phares
El asesinato del político cristiano libanés Pierre Gemayel el pasado martes ha dejado en evidencia que el eje Teherán-Damasco sigue ocupado con sus actividades terroristas desde el desierto de Siria hasta Irak. Cuando la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU fue aprobada en el 2004 reafirmando la independencia política del Líbano y pidiendo la retirada del ejército sirio de ocupación y el desarme de Hezbolá, el régimen ba´azista de Siria prometía una venganza cruenta contra aquellos libaneses que se habían atrevido a unirse a la campaña internacional por la libertad provocada por la Guerra contra el Terror encabezada por Estados Unidos.

Damasco ha mantenido su promesa. En el otoño del 2004, un exministro de la comunidad drusa, Marwán Hamade, era objetivo de un coche bomba. Mientras que Hamade sobrevivió, Rafiq Hariri, el exprimer ministro sunní del Líbano, no tuvo tanta suerte. El 14 de febrero del 2005 era asesinado en una explosión orquestada por terroristas altamente entrenados.

Docenas de civiles libaneses también resultaron asesinados o heridos de gravedad en la deflagración. Esto provocó que miles de personas, estudiantes en su mayoría, tomasen las calles y exigieran la retirada de las fuerzas sirias y el final de la ocupación de su país. En respuesta, Siria ordenó al ejército libanés que enviara tropas a clausurar la “intifada libanesa” a través del gobierno pro-sirio encabezado por el primer ministro Omar Karami.

El pueblo libanés no se dejó intimidar. Como contemplaba el mundo en televisión, a los jóvenes del Líbano pronto se les unían las masas del país, pintando los colores de la libertad en sus caras y desfilando a través de las filas de soldados libaneses. Mujeres primero, niños detrás y los ancianos después, cruzaron por el centro de Beirut en una inspiradora ilustración de desafío nacional. Un millón y medio de personas se manifestaron por la capital y los suburbios en lo que pasó a conocerse como “la Revolución de los Cedros”.

En lugar del autoritarismo y el fundamentalismo religioso, el pueblo libanés deseaba libertad y paz. Con libertad política, los libaneses — sunníes, drusos y cristianos junto con un creciente número de chi´íes moderados — emergieron como mayoría en el gobierno del país, incluyendo las alcaldías, los sindicatos de estudiantes y el parlamento.

Fue un contundente bofetón en las caras de Bashar Assad y Mahmoud Ahmadinejad. A ambos les repugnan las fuerzas democráticas emergentes. De ahí que se solidificase la cooperación entre Teherán y Damasco. En sociedad con su cliente común, Hezbolá, los dos regímenes iniciaron una campaña para matar en su infancia la idea de libertad en Oriente Medio.

En el verano del 2005, los líderes libaneses progresistas George Hawi y Samir Qassir eran asesinados. La periodista May Chidiac quedaba inválida a causa de una bomba. En diciembre, el brillante, joven y prometedor Jubran Tueni, miembro del parlamento libanés y editor del diario an Nahar, era asesinado. Hezbolá intimidó a otros hasta colaborar, como el General Michel Aoun. Durante el invierno y la primavera del 2005, Nabih Berri, el portavoz pro-sirio del Parlamento, interpretaba el papel de Don Corleone invitando a los líderes políticos veteranos del país a lo que la mafia llama “una convocatoria”. Después de semanas de conversaciones estériles, el “diálogo nutrido” fracasó.

Pero los efectos de la campaña de intimidación eran palpables. El gobierno de Fouad Siniora dudaba al pedir la implementación de la resolución 1559 de la ONU. Las organizaciones no gubernamentales que solicitaban medidas en este frente eran informadas de que el miedo era demasiado grande. “Hezbolá está dispuesto a cosas terribles”, decían los americanos libaneses a los comités bipartidistas del Congreso norteamericano y la administración Bush. Los memorandos libaneses de Naciones Unidas rezan: “El país ha sido hecho rehén”.

Esta profecía se cumplió pronto, cuando el hampón de Hezbolá Hassán Nasralah, con éxito Maquiavélico, arrastraba al Líbano y a Israel a una guerra sorpresa el pasado julio. Para Nasralah, la guerra fue una oportunidad, una ocasión de asentarse como jugador “legítimo” en Beirut y destruir los frutos de la revolución del pueblo. Para Irán y Siria, es la oportunidad de minar el reciente gobierno libanés independiente. Para la mayoría de los libaneses es una pesadilla. No querían una guerra, por no mencionar una guerra regional.

Hacia finales de octubre del 2006 Hezbolá y sus aliados se sentían lo bastante confiados para lanzar un nuevo órdago al poder. Nasralah hizo desfilar a sus tropas por los suburbios de Beirut, animándolas a prepararse para la inminente jihad urbana. Miles de milicianos, así como miembros del servicio sirio de Inteligencia, el Mujabarat, y probablemente terroristas suicida, eran encargados de invadir la capital.

Los operativos del Mujabarat estaban preparados para suspender el suministro de agua y electricidad y rodear las comisarías libanesas de policía. Hezbolá también exigió que el gobierno del primer ministro Siniora reconsidere su decisión de aceptar la investigación del tribunal de la ONU del asesinato de Rafik Hariri. Se espera que la condena segura alcance a altos funcionarios del régimen sirio, el patrón de Hezbolá. También es discernible la influencia de Irán. Si el régimen sirio resultara debilitado, también lo resultaría el eje Irán-Siria, dejando a los mulás solos en Oriente Medio. Los demócratas libaneses tenían que desaparecer.

Si a Irán o Siria les quedaba alguna duda acerca de su estrategia de desestabilización, las elecciones al Congreso en Estados Unidos las dispersó. El 7 de noviembre, el partido de la oposición en Estados Unidos capturó ambas cámaras del Congreso. Aunque rasgo común de la política americana y occidental, este cambio de poder es leído por la élite iraní y siria como el colapso de la determinación americana de defender a las democracias de la región. El ayatolá Jamenei anunciaba: “La derrota de Bush en el Congreso es una victoria para nosotros”. Era repetido en el Líbano por Hassán Nasralah: “América está siendo derrotada y abandona la región. Aquellos que trabajaron con Estados Unidos pagarán el precio”.

Reforzando además las sospechas de Teherán y Damasco, se anticipa que el Iraq Study Group, encabezado por el consejero presidencial James Baker, recomendará el mes que viene que Washington se retracte de su política de promover la democracia con el fin de cerrar acuerdos con… Irán y Siria.

Basándose en estos avances, Irán y Siria concluyen que es el momento adecuado para asestar un golpe de gracia a las fuerzas democráticas. Pero los líderes libaneses movieron primero. Enfatizaron que acudirán a la ONU y encabezarán a las masas en las calles contra la interferencia exterior en la política libanesa. Calculando las cifras de la oposición, los mandos del “eje” en el Líbano cambiaron de estrategia. En lugar de enviar tropas, se tomó la decisión de enviar el escuadrón de la muerte a “mermar la moral” de la resistencia.

Las primeras señales de advertencia llegaban la semana pasada. Los ministros de Hezbolá y del Partido Amal chi´í dimitían del consejo de ministros libanés con el fin de sacudir “la legitimidad” del gabinete. Fracasaron. La Constitución libanesa es clara: se necesita más de un tercio de los miembros para tumbar al gabinete. De ahí que el “eje” necesite eliminar a tres miembros, uno detrás de otro. De ahí que se tomara la decisión de matar al más joven, brillante y abierto ministro libanés, un verdadero símbolo de la revolución civil del Líbano: Pierre Gemayel.

Al contrario que los políticos veteranos y los señores de la guerra, el diputado de 34 años se presentaba como cabeza de una familia feliz, con esposa e hijos. Conducía su propio coche en mitad de las zonas urbanas más peligrosas, y confraternizaba con vecinos, activistas políticos y amigos. Vivía la vida que luchaba por defender: paz, libertad y democracia. Era súbitamente detenida el martes. Dos vehículos bloquearon el coche de Pierre Gemayel mientras varios asesinos disparaban al joven líder “al estilo pelotón de ejecución”.

Gemayel está muerto, pero, como decía a sus amigos su hermano menor Sami, “El avance continúa”. En estas costas, la cuestión que se plantea es: ¿qué se debe hacer?

La respuesta está clara. Estados Unidos y el nuevo Congreso tienen que ser implacables a la hora de resistir la emboscada del terror y el fascismo en Oriente Medio. Cuando los políticos clínicos, los grupos de intereses y los académicos practicantes de apología pidan apaciguamiento de Irán y Siria, hay que resistirles. Cuando una población esté en peligro y su directiva esté siendo aniquilada, hay que asistirles. ¿Estará el nuevo Washington a la altura de las circunstancias?

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú