La coyuntura en América Latina entró en el peligroso camino de la hostilidad. De la fractura entre quienes apuestan al crecimiento y los que sueñan con embarcar a sus países hacia un destino engañoso e irreal.
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Martes, 21 de julio 2026

La coyuntura en América Latina entró en el peligroso camino de la hostilidad. De la fractura entre quienes apuestan al crecimiento y los que sueñan con embarcar a sus países hacia un destino engañoso e irreal.
Editorial
Lo que sucedió en Bolivia la semana pasada, lo que sucede en Venezuela con la radicalización política, y lo que dejó de vergonzoso la Cumbre Iberoamericana nos hace pensar: las posturas extremas violan la moderación necesaria y envilecen a la sociedad. El populismo es una versión híbrida pero peligrosamente real de lo que el izquierdismo encarna en América Latina y su realidad.
El divisionismo prima sobre el diálogo. Sobre la necesidad de llegar a acuerdos para salir del atraso y alcanzar la prosperidad. La debilidad económica y la desigualdad exigen de todo menos confrontación. Implica llegar a acuerdos que lleven estabilidad y que secunden al estado de derecho como respaldo de todo programa político o social. Lo que ocurre con el populismo es todo lo contrario.
Los dislates de Chávez frente al Rey, el enfrentamiento con Uribe y no se sabe qué más, definen un contorno de rivalidad innecesaria para el futuro de la región. Todo matizado con un discurso de aparente confraternidad que esconde la hipocresía del odio y el enfrentamiento faccional. Diferencias que no
se basan en la realidad, sino en aludidos desacuerdos ideológicos que encaminan hacia el pasado todo debate trascendental. El imperialismo, la sublevación, y la retórica colonial forman parte de un discurso engañoso que desorienta y confunde a la sociedad.
Los fundamentos del desarrollo son muchos y de diversa profundidad. Pero todos tienen en común el respeto por la empresa privada, el estado de derecho y la iniciativa individual. La democracia moderna es entendida como la pugna ente los proyectos comunitaristas y los orientados hacia la prosperidad. Los que prefieren un emparejamiento hacia abajo (con la excusa de la igualdad) y aquellos que impulsan a los individuos al progreso y al bienestar. Seguramente este segundo camino es más arduo, pero no deja de constituir un horizonte frente a los desvaríos del personalismo y el poder central.
La coyuntura en América Latina entró en el peligroso camino de la hostilidad. De la fractura entre bloques que a estas alturas se pueden determinar. Entre aquellos que apuestan decididamente al crecimiento y los que aún sueñan con embarcar a sus habitantes hacia un destino tan engañoso como irreal
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