Política

El pragmatismo de Bush y Sharon

El sentido realista de ambas administraciones contrasta con las posturas voluntaristas de otros mandatarios.

Editorial
Opuestos a las posturas declamativas o a la elaboración de ambiciosas teorías internacionales, los gobiernos de Israel y Estados Unidos están llevando adelante una política señalada como pragmática. El sentido práctico que tanto la administración Bush como el gobierno de Sharón le han impuesto a sus decisiones contrastan con la inclinación voluntarista de otros liderazgos como, por ejemplo, el del gobierno español. La denominada alianza de civilizaciones es una construcción propia de un actor periférico sin el más mínimo interés de contribuir efectivamente a la solución de los problemas internacionales.

Tanto Bush como Sharón tienen la virtud de asumir la trascendencia de las decisiones que adoptan y fundamentarlas con el peso de la realidad. Recurrir a ella cada vez que se cuestionan sus argumentos y se intentan introducir criterios bienintencionados pero absolutamente improcedentes. La política internacional actual se hace con hechos más que con declamaciones. Con pragmatismo más que con voluntarismo. El costo político que pagará Sharón será más incómodo que la nulidad externa que exhibe, por ejemplo, el gobierno español. Éste no soportará cuestionamientos pero tampoco será recordado por contribución alguna al establecimiento de sistemas más justos y democráticos de vida. La declamación no sirve para esos fines.

Tanto a Bush como a Sharón se les cuestiona los medios empleados. Se habla de un excesivo unilateralismo y de una toma de decisiones obstinada y defensiva. Lo primero que hay que aclarar es que el unilateralismo no tiene grados. No puede haber “excesivo” unilateralismo. Lo hay o no lo hay. Y en ambos casos se trata de una toma de decisiones vinculada a dramáticas realidades nacionales: Estados Unidos sufriendo el peor atentado terrorista de la historia e Israel sometido al chantaje sistemático de la inmolación fundamentalista. Éste es el contexto en el que ambos líderes toman las decisiones. La teoría del encuentro civilizatorio parece irrisoria frente al peso de esta realidad.

En declaraciones que Diario Exterior reproduce hoy, el presidente norteamericano señala que aún permanece la amenaza exterior –situada en los enclaves fundamentalistas- y que no ahorrará esfuerzos ni recursos para proteger a los habitantes de su nación. Los atentados en Madrid, Egipto y Londres, por ejemplo, revelan la latencia de esta amenaza y la complejidad de su erradicación. No parecen los discursos voluntariosos la forma de combatir estas atrocidades. Tampoco las actitudes renunciantes frente al apremio de la amenaza. La retirada de Gaza, por ejemplo, supone un retroceso para los asentamientos israelíes en la zona, pero nadie desconoce la tremenda presión que genera en la Autoridad Nacional Palestina para combatir el terrorismo y ofrecer al mundo una política de paz. A las autoridades palestinas se le acabaron las excusas para contener a los terroristas en su territorio.

También refleja Diario Exterior la finalización del proceso de retirada israelí que nadie hubiese esperado tiempo atrás. Las críticas hacia el estilo de Sharón fueron paralelas a las emitidas contra el propio Bush. Se habló incluso de un eje americano-israelí fundamentado en el ataque al núcleo islámico. Lo que estas críticas ignoraron es que no se trata de un ataque hacia la religión, sino hacia la agresión que regímenes basados en el fundamentalismo religioso producen al resto del mundo. Esta es la diferencia sutil, pero fundamental que las relaciones internacionales presentan en la actualidad. Confundir decisión con exageración es un error que habrán de recordar los incautos cuando el tiempo haya pasado.

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