En los últimos días, Reino Unido está siendo noticia por los escandalosos y desmesurados gastos públicos de un sector de su clase política. Sin embargo, estas revelaciones corren el riesgo de tapar un problema de fondo mucho mayor: la ausencia de un timón y de un timonel en el país.
En los últimos meses, más bien en el último año y medio, todo son malas noticias para Gordon Brown: encuestas que muestran que su partido está muy lejos de los tories en intención de voto, falta de apoyo (y de confianza) entre los suyos, crisis económicas y “medidas gubernamentales” que no dan los resultados apetecidos…Por si todo ello no fuera bastante, aparecieron hace unas semanas informaciones en las que se mostraba que algunos miembros de su partido habían hecho “un uso poco ético” de los gastos públicos.
Si este fuera el único hándicap para el Premier podría ser incluso optimista, pero no es así; es más, en el fondo, tales revelaciones pueden tener el efecto ¿positivo? de desviar la atención del verdadero mal por el que atraviesa su país y que no es otro que el intervencionismo descarado como receta para afrontar la crisis económica actual.
En septiembre, Brown tomó aire en la Conferencia Anual del partido y lo hizo a costa de tirar de la chequera pública, del dinero de todos los británicos. No era algo nuevo, ni mucho menos, pues sus predecesores Harold Wilson y James Callaghan habían obrado de modo similar en los años setenta. Lo novedoso de la medida radicó en que Brown negó el marco económico y político que heredado del Tacherismo, había permitido al laborismo (¿o Blarismo?) ganar tres elecciones consecutivas. Sin embargo, su triunfo fue efímero y sus apoyos escasos (sólo las Trade Unions) puesto que siete meses después el panorama sigue igual (de desolador): encuestas adversas, voces críticas en el partido y ausencia (interesada) de un candidato alternativo que le reemplace.
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