Nicaragua celebrará elecciones municipales este domingo 9 de noviembre. Es el primer proceso electoral que afronta Ortega desde su vuelta al poder en 2006. La no acreditación de observadores electorales y la prohibición de presentarse a ciertas formaciones, le restan legitimidad democrática.
Editorial
Uno de los principales exponentes de la corriente “socialismo del siglo XXI” como es el Presidente nicaragüense afronta hoy elecciones municipales. Dentro de quince días su socio y mecenas a partes iguales Hugo Chávez, pasará por la misma tesitura. Nicaragua puede ser un buen termómetro para ver cómo está funcionando la exportación del bolivarianismo en Centroamérica.
La celebración de comicios es un ejemplo de democracia, pero no el único. En caso de ciertos escenarios latinoamericanos ni siquiera es el más importante puesto que muchas veces es un instrumento de autocomplacencia empleado por sus gobernantes.
Tras unos primeros meses de gobierno dubitativos, en lo que al giro a la izquierda se refiere, a partir de 2007 Daniel Ortega se manifestó tal y como lo conocimos antaño: un dictador que se vale de los medios ofrecidos por la democracia para llegar al poder y luego perpetuarse.
En Centroamérica es el escudero del chavismo. Si en los ochenta fueron los rublos soviéticos los que permitieron subsistir al líder sandinista, ahora es el petróleo de Caracas. Eso sí, no pierde de vista a su antiguo patrocinador, Moscú, como se comprobó con la postura servil de secundar a Medveded-Putin en el reconocimiento de la independencia de Abjazia y Osetia del Sur. Hay cosas que no cambian…
El panorama es especialmente peligroso en Nicaragua. Ortega se ha valido de ocupar un lugar secundario en el ránking de protagonismo mediático de los líderes populistas para cometer todo tipo de tropelías democráticas. Desde prohibir a partidos como el Movimiento Renovador Sandinista o el Partido Conservador presentarse a estas elecciones, hasta reprimir a aquellos medios de comunicación que son críticos con su gestión.
Nicaragua es un país que no acaba de arrancar. Tiene superávit de demagogia gubernamental y de retórica anti-Estados Unidos. Una visión errónea (¿o cómoda?) de las relaciones internacionales que lo único que provoca es el empobrecimiento progresivo de su población, como sucede con la boliviana, cuyo ejecutivo también mira a Caracas pues allí ve a su Mesías.
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