Editorial
El virtual presidente electo boliviano Evo Morales proyecta aplicar un impuesto a los sectores con más altos ingresos después de que asuma el gobierno en enero próximo. “Se trabajará en la legislatura para estudiar si [el impuesto] se aplica a la gente que tenga un patrimonio de 300 mil ó 400 mil dólares en términos de propiedad”, declaró a la prensa ayer el virtual vicepresidente Álvaro García Linera.
Agregó que un equipo de expertos ha comenzado a trabajar en la propuesta para definir si el nuevo impuesto gravará “la riqueza o al patrimonio”, pero aseguró que ese proyecto de ley será uno de los primeros que impulsará el nuevo gobierno. “Seríamos unos locos si aplicamos un impuestazo al que combatimos años atrás”, explicó García, en referencia a un ajuste impositivo a los salarios que provocó un gran rechazo y fue uno de los detonantes de las protestas que después desembocarían en la caída del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada en octubre de 2003.
Respecto al espinoso tema de los hidrocarburos, Morales señaló que no confiscará a las petroleras extranjeras, pero causó cierto estupor al afirmar que derogará el derecho de propiedad de éstas sobre el combustible en boca de pozo. Trató también de agradar a EE.UU. al arremeter contra el narcotráfico, pero volvió a apoyar a su base primordial, el campesinado cocalero.
Según pudo saberse, el líder indígena contempla el respeto de la propiedad privada y mantiene entre sus allegados que el diálogo con los sectores financieros está abierto. Intentó tranquilizar diciendo que van a ejercer el derecho de propiedad sobre los hidrocarburos, como lo puede hacer cualquier Estado, aunque pocos dudan de que no vaya a confiscar y a expropiar bienes de las trasnacionales.
El Mercosur ya lo invitó a sumar a su país como miembro pleno, en un claro intento de contenerlo. Para ello resultarán cruciales los contactos que mantendrá con Néstor Kirchner y Lula da Silva cuando los visite en 15 días, antes de su asunción, el 22 de enero. El problema de Morales es su falta de convicción en lo que ahora dice y en lo que realmente quiere hacer. Morales es un líder pletórico de resentimiento con el “capital” y de revancha contra los “poderosos”. Por esa razón, sus intentos de calmar los ánimos de sus vecinos regionales resultan poco creíbles aunque no deben menospreciarse.
Es evidente que Morales está como un acróbata haciendo equilibrio entre sus próximas responsabilidades de hombre de Estado y la amenaza de hacer ingobernable a Bolivia de sus aliados de ultraizquierda. Pero la opinión pública no puede dejarse engañar por las piruetas mediáticas del líder cocacolero. El plan de gobierno de Morales no es otro que el expolio del sector privado con recetas estatistas y nacionalistas. Hasta dónde llegará es todavía una incógnita.
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