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Fidel Castro: la dictadura está de cumpleaños

El dictador cubano acaba de cumplir 82 años. Apartado de la vida pública desde hace más de dos, su influencia interna y externa, y su figura elevada a la categoría de mito, siguen intactas, en especial dentro de la izquierda más reaccionaria.

Editorial
El Comandante ha sido testigo, juez y parte de la mayoría de los acontecimientos del siglo pasado. Sin embargo, no podemos decir que haya aprendido ni aplicado las lecciones que de los mismos se derivaron.

Este mes de agosto se cumplen 17 años de la implosión definitiva de la URSS, el final de la tiranía más atroz conocida. Los pueblos y nacionalidades que estaban bajo la órbita de Moscú, lanzaron entonces al mundo un mensaje de libertad, esa gran desconocida por ellos.

Fidel Castro, desde su atalaya de La Habana, pudo haber tomado nota de todos estos sucesos e invertir el destino al que ha abocado a su pueblo. Sin embargo, optó por una política de “más de lo mismo” acentuada y multiplicada.

Los habitantes de Cuba están hoy en una situación similar a la de rusos, kazajos, ucranios… hace dos décadas pero con una diferencia: cuentan con una oposición en el exilio que cada vez tiene mayor protagonismo y que dispone de altares desde los que puede describir la situación en la que se encuentran sus compatriotas en la isla. El cuadro que nos ofrece nada tiene que ver con el que nos pintan la nomenclatura de La Habana o los propagandistas occidentales del régimen.

Raúl Castro ha sido consciente de que el régimen tiene que ser retocado pero siempre bajo la tesis innegociable de que el socialismo es la solución. Sigue utilizando socialismo y democracia como sinónimos.

En cuanto a Fidel está anclado en sus patrones, postulados y discurso de siempre, mezcla de victimismo con paranoia, que en última instancia da como resultado ese carácter mesiánico que se ha autoasignado. El legado ideológico en forma de dirigentes liberticidas es quizás de lo que más “orgulloso” se pueda sentir. Los Chávez, Morales, u Ortega son buenos ejemplos.

A diferencia del octogenario comunista, ellos tratan de revestir sus políticas de un manto democrático a través de procesos electorales o consultas populares. Son simples fuegos artificiales, pues elementos como la censura, la inhabilitación de la oposición o la centralización del poder hasta la simbiosis entre Estado-Partido-Presidente, son elementos configuradores de su corpus teórico.

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