El I Congreso de Cultura Iberoamericana no será el último pero será de los que más vacías deje las expectativas del público. Las conclusiones, leídas por el director de cine mexicano Arturo Ripstein, y bajo el título de Declaración de México, hacen mención a aspectos muy generales y sin ninguna decisión concreta.
Palabras vacías
Las frases de la conclusión no podían ser más generales y menso prácticas. Los miembros del foro se comprometían a “la estimulación de la creación y la producción independiente para garantizar el valor cultural y artístico de las obras cinematográficas”. Los creadores jóvenes y no tan jóvenes que recurren a la subvenciones para producir sus obras podrían haber preguntado si el dinero iba a ponerlo la industria o, como siempre, los impuestos de muchos contribuyentes que ni siquiera van al cine.
También aseguraron que se concentrarían en “el apoyo decidido a la distribución” y en “promover la existencia de salas de exhibición”. En España, las salas están obligadas a emitir una película nacional de cada cuatro que se proyectan. Los cines, que llevan años de crisis frente al efecto combinado de la tecnología DVD e Internet, han tenido que hacer un esfuerzo más incluyendo en sus parrillas producciones que apenas atraen al público.
Otra promesa del foro es “estimular la participación de las televisiones”, pero no aclaran si serán las públicas quienes seguirán llevando la batuta y no las privadas. Los éxitos comerciales de las películas que patrocinan los canales privados, bien sea porque buscan más el negocio o porque se ocupa de retransmitirlas en la pequeña pantalla, suelen ser más rentables y frecuentes que los que financian los canales del Estado.
El Congreso culminará en El Salvador a finales del mes de octubre. Allí se pronunciarán los doce puntos a los que se han comprometido las autoridades y las empresas. La única medida concreta que se prevé es la del incremento que va a destinar México a la plataforma Ibermedia.
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