La semana pasada fue crucial para el Labour Party. Su líder buscó una fórmula para unir al partido y fortalecer su liderazgo, una suerte de pre-conferencia. El resultado no fue el apetecido y cada vez es más contestado interna y externamente.
editorial
Una explicación exotérica a la trayectoria que en los últimos meses lleva el Primer Ministro británico no dudaría en concluir que está gafado. Sin embargo, los resultados en política nada tienen que ver con la brujería. Esta tesis es bien aplicable al caso de Reino Unido.
La explicación más genérica es que el mensaje de la Tercera Vía está tan agotado como carente de nuevos y creíbles formuladores. Prosigamos y busquemos más causas. La primera apunta directamente a su figura superior: Gordon Brown quien no está sabiendo conducir a su formación política ni al éxito ni a la unidad. Consecuencia: difícilmente su país lo verá capacitado para sacarlo de la crisis en la que se encuentra.
El político escocés fue realista a la hora de explicar que el contexto político, económico y social de 2008 nada tiene que ver con mayo de 1997, cuando liderados por Blair se convirtieron en el partido natural de gobierno. En el diagnóstico fue objetivo pero en las soluciones, una vez más, inseguro y ambiguo. Medias tintas, indefiniciones y dudas caracterizaron su discurso y propuestas.
Casi lo menos importante hoy en día es que los tories le ataquen sistemáticamente o que aumenten su ventaja en las encuestas. Lo peor es que el Primer Ministro está adquiriendo la costumbre de conquistar enemigos gratuitamente. La semana pasada la candidatura de McCain le acusó de apostar por Obama. Fue más un desliz de Brown que buscaba “un clavo ardiendo” al que asirse, de ahí que comparase la supuesta similitud de las medidas del Labour para atajar la crisis con las del candidato demócrata. Erró una vez más. En estos momentos las encuestas norteamericanas muestran el ascenso ¿imparable? del binomio McCain-Palin, por lo tanto, el Senador de Illinois no es buen socio de viaje.
Tampoco en los sindicatos encontró a los aliados de antaño. Las Trade Unions, a las que Blair supo controlar, han encontrado en Brown un rival mucho más asequible al que criticar y exigir. En este aspecto deberá tener cuidado el aún Primer Ministro pues no debe olvidar lo que le sucedió a su partido en los setenta, cuando Harold Wilson primero y James Callaghan después, claudicaron ante las organizaciones sindicales, generándose una situación de desgobierno en el país. Sólo la llegada de Thatcher puso punto final al caos.
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR