“…Con el aplazamiento de las negociaciones hasta el martes, Zelaya corre el riesgo de que su propio bando se divida en dos…”
Manuel Zelaya pasó una mala noche del sábado al domingo, pero no por su situación como presidente depuesto el pasado 28 de junio y asilado después en la embajada de Brasil en Tegucigalpa, sino porque Honduras había perdido en casa un partido de fútbol contra EE.UU. del que dependía en gran medida su acceso al Mundial de Suráfrica.
El presidente en ejercicio, que tomó el poder tras la destitución de Zelaya, Roberto Micheletti, no pasó una noche más feliz, porque él también sufrió por la derrota en ese partido que paralizó las negociaciones entre ambas partes –una suerte de paz temporal del fútbol- a petición de los consejeros del presidente depuesto.
A la complejidad de la situación se añade algo a lo que hacen muy poca referencia los medios informativos cuando analizan el caso hondureño: tanto Zelaya como Micheletti son miembros del Partido Liberal, que tiene como candidato presidencial para las elecciones del 29 de noviembre al ex vicepresidente, Elvin Santos. El candidato por el otro gran partido, el Nacional, es Porfirio Lobo, que había perdido las elecciones generales de 2005 ante Manuel Zelaya.
El fútbol es muy importante en Honduras y puede anteponerse durante tres días a los intereses realmente nacionales sobre quién y cómo preside este país de 7,4 millones de habitantes y casi una cuarta parte de la superficie de España. Este juego ya fue coprotagonista en 1970 de la guerra de cien horas entre Honduras y El Salvador, también por un Mundial de Fútbol, aunque la causa profunda de los combates que produjeron cerca de 6.000 muertos fue un enfrentamiento por la propiedad de las tierras y la expulsión hacia su país de los campesinos salvadoreños residentes en Honduras.
Con el aplazamiento de las negociaciones hasta el martes, Zelaya se enfrenta a la división que existe entre sus propios negociadores, los ex ministros Mayra Mejía y Víctor Meza, moderados, y el líder sindical y representante del Frente Nacional de Resistencia, el radical Juan Barahona. Mientras Mejía y Meza buscan una solución en la que cabe la interinidad de Zelaya como presidente hasta las elecciones de noviembre, Barahona exige la creación de un parlamento constituyente para cambiar el modelo de estado e imponer el bolivariano que buscaba ilegalmente Zelaya antes de su destitución.
El presidente derrocado se encuentra, pues, ante distintas posibilidades: aceptar una negociación equilibrada en la que admita tácitamente sus errores para pasar a la historia dignamente facilitando unas elecciones creíbles, o tratar de imponer la exigencia de Barahona, lo que llevará posiblemente a la confrontación civil.
También podía optar a cambiar de negociadores, porque la división en sus propias filas lo debilita más que sus delirantes declaraciones sobre los ataques que le lanzan con gases venenosos o con ondas electromagnéticas los servicios secretos israelíes, que han despertado el antisemitismo, indispensable ya para todo lo bolivariano, chavista y socialista del siglo XXI.
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