Obama debe haber dicho cosas bastante más coloridas sobre Netanyahu en privado esta semana, tras el desplante que este último le hizo en Washington, donde dio una alocución ante el Congreso tras una invitación hecha en secreto por los republicanos, de la que la Casa Blanca se enteró tarde y no por comunicación de Tel Aviv. Un desafío en toda regla al presidente, a las normas diplomáticas y a la relación entre Estados Unidos e Israel: Netanyahu viajó a Washington a iniciativa de la oposición a pedirle al Congreso que bloquee un eventual acuerdo entre Estados Unidos e Irán sobre el programa nuclear iraní.
La situación inverosímil que planteó este acto inamistoso se enriqueció aun más al verse obligado Obama, ni bien acabó de hablar Netanyahu ante el Congreso norteamericano, a responderle desde la Casa Blanca a través de los medios de comunicación. Ni más ni menos que si se tratara de un debate doméstico entre líderes de ambos partidos y, para mayor absurdo, como si Netanyahu fuera el presidente del país y Obama, el líder de la oposición (es tradicional que cuando el presidente estadounidense pronuncia el discurso anual ante el Congreso el líder del partido opositor ofrezca un mensaje televisado de respuesta).
La manzana de la discordia es la negociación que desde hace dos años llevan a cabo, de un lado, Estados Unidos, Alemania, el Reino Unido, Francia, China y Rusia, y, del otro, Irán. Las partes están muy cerca de un acuerdo -la fecha límite para finiquitarlo es en dos semanas- y el primer ministro israelí, que pretende renovar su mandato en las elecciones generales de su país dentro de pocos días, se opone frontalmente a él. Aún no se conocen los términos, pero todo indica que estarán muy alejados de lo que pide el gobernante israelí, que es el desmantelamiento total del programa nuclear y la imposibilidad de reanudarlo durante más de 10 años (si es posible, muchos más).
“Es un mal acuerdo, un muy mal acuerdo, y lo mejor es no hacerlo”, dijo, entre repetidas ovaciones republicanas, el visitante el martes pasado en el Congreso norteamericano. Parafraseando el título de Hemingway, habló de “un adiós al control de armas” si se llega a firmar el trato e instó a los congresistas a bloquearlo. La respuesta de Obama fue no menos contundente, acusando al visitante de no presentar “alternativas verificables” y afirmando que, de no estar constreñido por un acuerdo, “Irán empezará de inmediato otra vez la persecución de sus propósitos nucleares sin que tengamos información sobre lo que están haciendo”. Los republicanos han puesto ya en marcha un par de iniciativas para producir una ley que dé al Congreso la palabra final sobre cualquier trato. Obama intenta, por su parte, recuperar el apoyo de un grupo de demócratas, entre ellos Bob Menéndez, líder de su partido en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, que habían en principio decidido aliarse con la oposición en esta materia pero que, después del desplante de Netanyahu, se lo están pensando.
No es la primera vez que Netanyahu, buen conocedor del rompecabezas político local de los Estados Unidos, mueve fichas en Washington para descolocar a Obama. Ambos gobernantes llegaron al poder el mismo año, 2009; desde el inicio, fue evidente la tensión. El estadounidense pidió el regreso a las fronteras israelíes de 1967 y el fin de la colonización de los territorios ocupados. Netanyahu, a su vez, respondió movilizando el lobby pro israelí en Estados Unidos, incluyendo el importantísimo American Israel Public Affairs Committee. Junto con otras organizaciones y varios aliados en el Congreso, el Aipac logró frenar la presión de Washington sobre Tel Aviv. Ello frustró toda la política exterior de Obama de cara al problema palestino durante la primera administración.
Iniciada la segunda administración, John Kerry, que había reemplazado a Hillary Clinton como jefe de la diplomacia, fijó un calendario de nueve meses para negociar un acuerdo entre Israel y los palestinos.
Netanyahu, sin embargo, aceleró la construcción de asentamientos israelíes en los territorios que debían ser controlados por el futuro Estado palestino. Una vez más, el israelí se apoyó en influyentes organizaciones estadounidenses y en congresistas y medios de comunicación amigos de su gobierno en Washington.
Esto provocó muchos desencuentros al máximo nivel, incluyendo la decisión de Obama de no recibir a Netanyahu en Nueva York con motivo de la presencia de ambos en esa ciudad. También hubo una discusión en la Casa Blanca que llevó a Obama a dar por finalizada la reunión antes de tiempo y evitar un contacto posterior ya programado.
Lo ocurrido esta semana, pues, no es sino la culminación dramática y espectacular de un deterioro que empezó en 2009 y que originalmente se manejó con cierta discreción pero que luego fue estirando los límites de la diplomacia hasta romperlos. Para todo efecto práctico, Netanyahu es hoy un líder de oposición dentro de los Estados Unidos.
Fascinante y desconcertante giro a la relación entre dos países que, independientemente de sus líderes, son y seguirán siendo aliados estratégicos.
Mientras tanto, Obama aprieta el acelerador, a través de John Kerry, en Montreux, Suiza, para alcanzar un acuerdo con Irán que pueda cargar de sustento un legado de política exterior que la historia no mirará con demasiada amabilidad, si tenemos en cuenta el desmadejamiento de la Primavera Arabe, el imperialismo imparable de Putin en Ucrania y el despliegue potente del Estado Islámico. Todo indica -aunque se trata por ahora de una conjetura a partir de algunas filtraciones- que el acuerdo implicará una reducción significativa del programa nuclear iraní. El objetivo sería que Teherán quede por lo menos a un año de distancia de la posibilidad de producir el combustible suficiente para fabricar un arma nuclear y que las restricciones al empleo de la capacidad instalada para fines pacíficos se mantengan durante una década, verificaciones in situ incluidas.
Irán tiene plantas de enriquecimiento y de conversión de uranio, así como reactores de agua, en Natanz, Qom, Isfahan, Arak y Bushehr, y probablemente una instalación militar relacionada con el programa nuclear en Parchin, además de otros lugares que quizá todavía eluden la inteligencia occidental. Israel pretende que todas estas instalaciones sean desmanteladas, pero el acuerdo las dejaría en pie y por tanto en capacidad de operar bajo las limitaciones antes referidas.
Acompañan a Estados Unidos en estas negociaciones desde su inicio los cinco países mencionados, algo que Obama trata de emplear como cobertura política pero hasta ahora con insuficiente eficacia. La visita de Netanyahu a Washington tenía, precisamente, entre otros objetivos, el de concentrar en el único escenario donde tiene capacidad de influir todo el protagonismo de la negociación. En eso ha sido bastante exitoso: cualquier acuerdo que se anuncie dentro de pocos días será la criatura de Obama; el teatro de batalla de los partidarios y enemigos de lo negociado será la política doméstica de los Estados Unidos.
Dicho de otro modo: el acuerdo aun nonato es ya un factor central de la precampaña electoral. De allí el silencio incómodo que mantiene Hillary Clinton ante lo sucedido en estos días. La ex secretaria de Estado de Obama no tiene una buena relación con Netanyahu, al que ve como la persona que le impidió promover un proceso de negociación respecto del asunto palestino, pero nunca ha tenido un enfrentamiento abierto con él y se ha cuidado siempre de expresar sus diferencias de un modo que no la haga vulnerable ante el lobby pro israelí. Ella tiene con estas entidades una relación antigua y buena: una de las características de las principales organizaciones pro israelíes (que en cierta forma reprodujo con éxito durante mucho tiempo el lobby cubano liderado por el fallecido Jorge Mas Canosa) ha sido su agnosticismo político en lo que hace a la pugna entre republicanos y demócratas. El objetivo no era aliarse con un partido sino con un sistema sustentado en dos grandes partidos. Los Clinton tuvieron esto siempre muy presente aun cuando sus diferencias con el sector del Likud, el partido dominante de la derecha israelí, eran y siguen siendo significativas.
Esto no pasaría de un asunto menor si no fuera que Obama necesita a los congresistas demócratas para impedir que la maquinaria que ha puesto en marcha Netanyahu con sus aliados estadounidenses bloquee el acuerdo con Irán. Más de 50 congresistas de su partido boicotearon el discurso del primer ministro israelí, pero otros sí asistieron y algunas senadoras cercanas a la Casa Blanca tan emblemáticas como Dianne Feinstein expresaron su acuerdo con aspectos importantes del discurso. Que Bob Menéndez y Tim Kaine, senadores de mucho peso del partido de Obama, hayan respaldado el pedido de que un eventual acuerdo sea sometido a la aprobación del Congreso implica el riesgo de que lo pactado en Suiza inflija un castigo político considerable al “ticket” demócrata en las elecciones presidenciales.
A menos, claro, que ese “ticket” se distancie abiertamente del acuerdo… Hillary Clinton, favorita en todas las encuestas para encabezarlo, lo sabe bien y por tanto debe estar sopesando lo mismo el peligro de respaldar a su ex jefe que el costo potencial, en términos de división interna, de adversario en un tema harto sensible para la Casa Blanca.
Para Netanyahu, lo hecho en Washington tiene también costos internos. Aunque él calcula que el electorado aplaudirá su valentía y determinación, no es menos cierto que muchos israelíes temen cualquier distanciamiento con Estados Unidos, país que los ha respaldado política, militar y financieramente durante tanto tiempo. El orgullo de ver a su líder desafiar al hombre más poderoso del mundo en su propia casa puede pesar menos en la balanza de sus sentimientos que el miedo de ratificar a un primer ministro temerario y dispuesto a enfrentarse a su mejor aliado. De hecho, hasta el día de su alocución las encuestas seguían otorgando al opositor Partido Laborista liderado por Isaac Herzog las preferencias, aunque con un porcentaje que no superaba la cuarta parte del total, triunfo parcial que no dejaría al líder opositor en condiciones de gobernar porque carecería de apoyo suficientes para formar una coalición. Pero un mal resultado de Netanyahu y unas dificultades excesivas para conseguir sus propias alianzas dejarían a Netanyahu muy disminuido en sus frentes interno y externo.