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La Cumbre de las Américas

Curiosamente, los países más adelantados del continente (Canadá y EEUU) verán desacreditadas sus propuestas en virtud de otras menos comprobadas, o familiarizadas con la deriva populista. Tal y como ocurrió en la Cumbre Iberoamericana.

Editorial

Comenzaron ayer las actividades preliminares de la IV Cumbre de las Américas que se desarrolla en Mar del Plata, Argentina, en las costas del mar Atlántico. A estas reuniones preliminares asisten diplomáticos de todos los países intervinientes con la finalidad de construir un documento que sea el alma de la Cumbre. Un documento que refleje algunos principios sobre los que el continente está dispuesto a pronunciarse. Un acuerdo –en definitiva- que implique a todos los Estados en su defensa. Pues bien, hasta un acuerdo de este tipo (básico y sobre principios generales) será difícil de alcanzar ¿Por qué?


 


En primer lugar, la Cumbre estará polarizada por dos propuestas encontradas. Casi exactamente como ocurrió en la reunión Iberoamericana en Salamanca que terminó siendo una convención desfigurada sin compromisos concretos. Peor aún. Fue escenario del mayor dislate que puede esperarse en una Cumbre de este tipo: la promoción de reivindicaciones contemplativas con el régimen de Castro. Ninguna alusión, o si la hubo débil, a la importancia fundamental de la libertad política y económica en función del desarrollo social. Sólo expresiones declamativas carentes de convicción y contenido. Lo más sensato que pudo escucharse allí –lamentablemente- fueron las palabras del presidente de Colombia, Álvaro Uribe, quien propuso cancelar estos compromisos si sólo constituyen eventos amenizadores.


 


La Cumbre de Mar del Plata se encamina en el mismo sentido. Es poco probable que alguien plantee soluciones de fondo, o que ponga sobre la mesa los verdaderos problemas del continente. Tal vez Uribe u, ocasionalmente, Lagos, exhiban algunos lineamientos. Pero es improbable que haya un compromiso de mayor alcance. En cambio, se ejercitarán largos debates sobre la conveniencia de las alianzas y las virtudes de los acuerdos de cooperación. Algo que no se discute pero que tampoco conforma la agenda.


 


Se supo antes de empezar que hubo hasta 12 posiciones diferentes con respecto al Tratado de Libre Comercio propuesto por EEUU. 12 posturas que van desde su rechazo absoluto, como la de Chávez, hasta posiciones híbridas, cuidadosas de no herir la susceptibilidad norteamericana (como la argentina). Quizá Colombia, nuevamente, y algunas repúblicas centroamericanas respondan afirmativamente al exhorto. Porque habrá que aclararse: el ALCA no es más que un llamado a la libertad de comercio y al respeto de algunos principios fundamentales, irreprochables a estas alturas. Pero como siempre ocurre en América Latina, las iniciativas norteamericanas son observadas como preludios de la táctica imperialista. ¿Pueden los países latinoamericanos cuestionar la importancia de edificar economías insertas en el mundo? ¿Pueden dudar de la esencial relación que entre democracia y mercado se establece en virtud del desarrollo? ¿Pueden negar los beneficios que un intercambio continental produciría para la mayoría de las sociedades? Pues no. Lo que existe es un temor a que los beneficios planteados se transformen en perjuicios. Que el mencionado intercambio se torne en una desigual relación comercial. Pues ello señores, dependerá de la capacidad de cada gobierno, de cada Estado, por gestar condiciones a su favor.


 


La alternativa a esta concepción es la planteada por el continentalismo de Chávez, inclinado a la conducción nacionalizada de la economía, la represión de la propiedad privada, y al control de las fronteras comerciales. Chávez considera –en virtud de lo visto hasta ahora- que la mejor forma de sacar de la pobreza a millones de venezolanos es recurrir a la intervención. A la nacionalización de todos los sectores que de alguna manera ofrezcan ganancias. Es creer en el Estado como el más óptimo asignador de recursos y productor de beneficios. Y en la sociedad como un actor residual. Justo al revés de lo que plantea la Iniciativa de las Américas (el ALCA) propuesta por Bush.


 


Pues bien, estas son las visiones que predominarán en la Cumbre. Por desgracia, carece el continente del equilibrio esperado en estas cuestiones de fondo. Los países más desarrollados (EEUU, Canadá) encontrarán enormes dificultades para imponer sus criterios. Y es posible que estas concepciones rivalicen con reivindicaciones marginales, poco comprobadas y advenedizas. Lo contrario sería una sorpresa.


 


Por todo ello es que puede plantearse una similitud con la Cumbre Iberoamericana. Porque a la imperiosa necesidad de abordar problemas de fondo se opondrá una retórica improductiva y probablemente disparatada. Porque el sentido original de estas reuniones (la libertad, la paz, la convivencia) será reemplazado por pronunciaciones reivindicativas. Tal y como ocurrió con la Cumbre española, con el mayúsculo desconcierto del gobierno norteamericano. Por ello no suenan mal las palabras de Uribe quien recomendó ahorrar algunas de estas actividades. O simplemente, dedicarse a gobernar.

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