Pensamiento y Cultura, Política

La lección de los hispanos en Estados Unidos

Santi Lucas

Hacen muy bien los hispanos norteamericanos en reivindicar en las calles de Nueva York, de Chicago o de Boston, sus derechos. Forman una populosa comunidad de 40 millones de personas que le reporta a los Estados Unidos una importante e imprescindible mano de obra traducida en mucha riqueza y, en la mayoría de los casos, han hecho un auténtico master en penurias antes de alcanzar las calles de la libertad y del progreso económico en las que luchan por sobrevivir e integrarse con toda la dignidad y el necesario reconocimiento sociales. No es un caso muy diferente el suyo del de la inmigración creciente que se vive en la parte más próspera de Europa, con orígenes nacionales de vecindad subdesarrollada, episodios constantes de situaciones de ilegalidad y motivaciones personales muy comunes en la diáspora a las de estos aspirantes a ser ciudadanos norteamericanos de pleno derecho.


 


            Me ha llamado la atención, no obstante, en las crónicas de las marchas que, mientras en Europa se aprecia un riesgo evidente de aislamiento y de marginación por parte de los inmigrantes, desentendidos en muchas ocasiones de la “personalidad” del país de acogida y con una tendencia inicial a estar de paso, en las reivindicaciones de los hispanos norteamericanos, el pasado 1º de mayo, se reproducían las banderas de Estados Unidos, y los lemas más integradores en las pancartas como el de “nosotros también somos americanos”.


 


            La inmigración trae causa siempre de las lamentables condiciones de vida de los países de origen, de las reducidas posibilidades de desarrollo que se abren a los más jóvenes, de la escasa esperanza depositada en el futuro de estos pueblos. Las democracias occidentales tienen una obligación doble con las personas más necesitadas que llaman a sus puertas. De un lado, brindarles una oportunidad de acogida y de trabajo, en función de las posibilidades reales de cada economía, integrarlos sin recelos y convertirlos en auténticos ciudadanos libres. De otra parte, las naciones prósperas deben contribuir firmemente a la expansión de aquellas formas de vida que no empujan necesariamente a la gentes a huir de sus casas. No está bien que los países que “expulsan” a sus habitantes den ninguna lección ética ni estética a los países de acogida. El boicot mejicano a los productos USA ha sido, por ejemplo, una iniciativa muy poco alentadora para ayudar a la causa de sus hermanos inmigrantes.

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