El jueves 26 de junio España ratificaba en el Congreso de los Diputados el Tratado de Lisboa. El siguiente paso es su refrendo por el Senado. Sin duda, ha sido una buena noticia para las instituciones comunitarias, todavía conmocionadas por el NO irlandés de hace 15 días. Sin embargo, los interrogantes no han desaparecido del proyecto europeo, sino que tienden a aumentar.
Editorial
En efecto, no es nuestro objetivo cuestionar el europeísmo de los diferentes gobiernos españoles pues estos siempre vieron a la CEE-UE como un ideal de democracia, prosperidad y seguridad. En este sentido, los esfuerzos hechos desde la Transición tuvieron la recompensa con la incorporación de España al selecto club de los Doce. Desde entonces, hemos apostado por el avance de Europa y defendido la incorporación de nuevos socios. Hasta ahí, todo tan correcto y como loable.
Sin embargo, hay aspectos de la trayectoria española en la CEE-UE que exigen ser revisados y analizados con todo rigor y que enlazan con la propia naturaleza de las críticas más furibundas formuladas por el euroescepticismo. Una de ellas hace referencia a que por una dirección tienden a ir las elites políticas españolas y por otra, el pueblo, ¿qué queremos decir con esta afirmación tan genérica y categórica?
La respuesta es muy sencilla: el deseo de optar por Europa y por todo su entramado de Tratados e instituciones es un fenómeno que escapa al español de a pie, al cual no se le ha explicado en qué consiste aquél y a qué se dedican aquéllas. Se trata de un error del que no sólo es tributario nuestro país, sino que es más bien una característica de la UE post-Maastricht. Decimos que España es buen ejemplo porque ha aprobado sin excesivos problemas tanto la fallida Constitución Europea como el Tratado de Lisboa y lo ha hecho por dos vías diferentes: la primera por referéndum, la segunda en el Parlamento. Sin embargo, nadie ha explicado a los ciudadanos cuáles son las diferencias entre ambos documentos.
Por tanto, nos encontramos ante un modus operandi que en el fondo da la razón a los euroescépticos o euro-realistas, los cuales apelan, y lo hacen con razón, a una mezcla de secretismo y opacidad como elemento configurador del proyecto europeo del cual el ciudadano siente que no forma parte.
En definitiva, parece que a la UE lo que más le interesa es avanzar aún a costa de la separación que se está gestando con la ciudadanía. Una política más bien resultadista pero no eficaz y sobre todo, muy susceptible de sufrir envestidas como la irlandesa de hace dos semanas. El NO del pequeño país dejó en estado de shock a los más europeístas cuya reacción fue el ya conocido “tirar para adelante” sin hacer autocrítica e incluso obviando a todos aquellos que solicitan un debate profundo. Éstos recibieron el calificativo de reaccionarios, sin tener en cuenta que también apuestan por Europa pero alejada de toda megalomanía.
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