Editorial
Lamentablemente, una vez más, la situación en Oriente Medio se complica gravemente. Estamos ante una de las crisis más serias en las últimas décadas por la ya manifiesta y expresa internacionalización del conflicto. Todos sabemos de las complicidades en el tablero de aquella zona pero cuando la Liga Árabe ha alzado su voz, Irán y Siria amenazan, etcétera quiere decir que la situación es crítica y amenaza con un conflicto regional de alto voltaje.
No vamos a insistir en el oportunismo de Zapatero para confundirlo todo y aprovecharse hasta de estas situaciones para demagógicamente intentar sacar “tajada”. Simplemente, hace falta exigir a los gobiernos europeos y occidentales y a las grandes potencias implicadas, así como a la ONU, que redoblen sus esfuerzos de mediación para parar esta espiral de violencia y terror.
Puede parecer obvio, pero no lo es tanto cuando -por intereses estratégicos o políticos- algunos mediadores pueden convertirse en parte del problema. El G-8 ha pronunciado su diagnóstico y, aunque no sea un organismo estrictamente vinculante, debería con su postura orientar la acción diplomática de los esfuerzos multilaterales que se están llevando a cabo. Se podrá discrepar más o menos de su análisis, pero no cabe la menor duda de que en estos momentos es la voz más unánime y autorizada para marcar el rumbo de la posible solución de la crisis.
Las bufonadas, alegatos demagógicos y tentaciones equidistantes deben quedar al margen para unificar esfuerzos en aras de un conflicto que, en un área tan sensible del planeta, es extremadamente peligroso para todos. Ojalá sepan estar los dirigentes mundiales a la altura de lo que demanda la humanidad ante una situación tan encarnizada. Para ello, la sociedad civil lo que pide es sensatez y serenidad para sentar las bases de una paz justa y duradera en Oriente Medio. Y, cómo no, previamente, diagnósticos lúcidos, no disparates como los que oímos en España.


















