Política

La sucesión de Blair

El Reino Unido no debiera tener un problema de liderazgo. Tanto Brown como Cameron se muestran sólidos y capaces de cargar con el peso del las decisiones. No en la sombra, sino a plena luz de la cuestión pública.

Editorial
Tony Blair ha dejado en Inglaterra la impresión de que el laborismo puede ser más sensato y racional de lo que fue en el pasado. De que las tentaciones populistas pueden ser dejadas de lado por una gestión realista, ajustada a las exigencias de estos tiempos. Blair ha convencido a quienes tenía que convencer para mantener su liderazgo. Es decir, a los de su propio partido, y a los centristas que, en el contexto europeo son los que suelen definir las elecciones. Y eso tiene un mérito político.

Es en definitiva la sensatez de Blair lo que premia la UE cuando dice que se va un “brillante dirigente”. Dejando la obsecuencia de lado –y la fácil retórica izquierdista- Blair respetó la alianza con los Estados Unidos aún en los momentos más delicados, cuando el gobierno de Bush necesitaba un aliado de peso para justificar la estrategia militar que se venía. Y Blair lo comprendió.

A nivel interno se mantuvo cauto con la economía y activo en el plano social. Aunque los últimos meses lo encontraron soportando variadas denuncias contra sus colaboradores, estas no fueron más que artificios para mellar el liderazgo ejercido desde Dowining 10. Tal vez pueda reclamársele una más audaz decisión para profundizar algunas de las iniciativas tomadas, que la sociedad hubiese recibido con gusto (la reforma tributaria por ejemplo).

Gordon Brown y David Cameron

Los electores deberán decidir ahora entre el laborista Brown y el conservador Cameron, de creciente popularidad. Ambos se muestran ambiciosos y concientes de la posibilidad de llegar al poder. En el caso de Brown, carente del carisma de su antecesor, lo supera en conocimiento técnico y en el manejo de la economía. Cameron por su parte, ha logrado edificar una propuesta renovada, reinstalando al partido Conservador en el centro de la escena electoral.

Estratégicamente, el laborismo se encargó de presentar a Brown como el cerebro de las reformas y quien en las sombras estimulaba el nervio del gobierno. Ello quedaba patente además, en los debates parlamentarios, donde Brown no dudaba en exhibir su retórica.

En síntesis, el Reino Unido no debiera tener un problema de liderazgo. Tanto Brown como Cameron se muestran sólidos y capaces de cargar con el peso del las decisiones. No en la sombra, sino a plena luz de la cuestión pública.

La sucesión inglesa del gobierno será clave para el país y el mundo. El Reino Unido ejerce la influencia de aquel que se sabe autosuficiente y que no duda en aplicar la rigurosidad interna al resto de los actores.
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Diario Exterior ofrece en archivo adjunto un detalle de la biografía de David Cameron.

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