El año 2013 ha sido un año difícil para el Brasil. Con una economía anémica, en julio pasado su población salió masivamente a las calles en prácticamente todas las grandes ciudades del país para manifestar su descontento.
Ocurre que la clase media brasileña expresó así su disconformidad con las prestaciones sociales a cargo de su gobierno. Particularmente con aquellas que tienen que ver con la atención de la salud, el transporte y la educación.
Las protestas evidenciaron que muchos en Brasil creen que privilegiar la construcción de la gigantesca infraestructura deportiva necesaria para ser anfitriones del Campeonato Mundial de Fútbol y de las Olimpíadas es un error. Porque la infraestructura toda del Brasil comienza a mostrar su obsolescencia. Las rutas, los puertos, los aeropuertos y la infraestructura energética deben modernizarse, con urgencia. De lo contrario, continuarán las dificultades y cuellos de botella relativos a las exportaciones de materias primas, particularmente de las agrícolas. Brasil ha expandido enormemente su frontera agropecuaria, lo que no ha sido acompañado por el mejoramiento de la infraestructura, en general.
En mi forma de ver las cosas, Brasil requiere también de un mayor grado de libertad económica, podando el exceso de reglamentaciones propio del dirigismo económico de los últimos tiempos. Esto supone acercar a Brasil a los acuerdos de libre comercio que apuntan al Pacífico y moderar las actitudes proteccionistas que han comenzado a poner al país fuera de las cadenas productivas internacionales.
En ese escenario, la Presidente Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT) sigue encabezando claramente las preferencias del electorado. A la manera de Michelle Bachelet. El porcentaje de encuestados que aprueba su gestión era del 65% a mediados de año. A pesar de las conmociones sociales. Ahora ese porcentaje ha crecido.
Nada menos que el 75% de los entrevistados hoy apoya la gestión de Dilma Rousseff. El escándalo de corrupción del “mensalao” no ha mellado su popularidad. Tampoco la falta de progresos en materia de educación y de seguridad personal. En cambio, las medidas adoptadas en el plano de la salud, con la presencia de miles de médicos cubanos prestando servicios en Brasil y la relativa reducción de la inflación, parecen haber sido responsables de la mejora evidenciada en la popularidad de Dilma Rousseff.
Camino a las elecciones de octubre de 2014, Dilma Rousseff deberá presumiblemente enfrentarse a dos candidatos de alternativa. El primero es el gobernador de Pernambuco, Eduardo Campos, de 48 años de edad. Cuenta con el apoyo de Marina Silva, una ecologista activa que alguna vez formara parte del gabinete del ex presidente “Lula”. Ese tándem correrá con los colores del “Partido Socialista del Brasil”, agrupación que ha abandonado la coalición del gobierno. La gestión estatal del gobernador Campos merece también un alto porcentaje de aprobación, del 58%. Un candidato de cuidado, entonces.
Del otro lado del espectro político aparece la tradicional Social-Democracia brasileña. Esto es el PSDB. Su candidato es Aécio Neves, un político de raza, de 53 años de edad, que ha gobernado el Estado de Minas Gerais. Su porcentaje de aprobación es, sin embargo, de apenas el 21%. Por esto, el partido del ex presidente Fernando Henrique Cardoso (que gobernara al Brasil entre 1995 y 2003), no tiene todavía el necesario viento de cola para poder ser considerado como una alternativa de fuste a la posibilidad de reelección de Dilma Rousseff.
Con esos parámetros en mente, lo cierto es que las elecciones presidenciales brasileñas que se aproximan están sumidas en una suerte de pantano de marcado desinterés social. Quizás porque, a la ausencia de carisma de Dilma Rousseff, hay que sumarle la relativa opacidad de Eduardo Campos y la cuota de irrelevancia que afecta a Aécio Neves.
Seguramente habrá que esperar hasta después del verano para que la puja entre los tres candidatos nombrados salga de la inercia actual y comience a tener el creciente dinamismo propio de las elecciones presidenciales brasileñas. No obstante y pese a que un 56% de los brasileños señala que quisieran ver nuevamente al ex presidente Lula como candidato a la presidencia de su país, la candidatura de Dilma Rousseff parece gozar de claras posibilidades para que sea reelecta.
El panorama político brasileño hace recordar aquella frase de Paul Valéry cuando decía: “La política es el arte de evitar que la gente se preocupe de lo que le atañe”. Esto pareciera ser lo que sucede en el Brasil, cuando las protestas sociales parecen haber quedado atrás. Al menos por el momento.
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
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