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Las verdades como puños de Mario Vargas Llosa

Hay pocos intelectuales que no prefieran el diálogo, el apaciguamiento e incluso la indiferencia ante los desmanes de los líderes autoritarios. Mario Vargas Llosa no es uno de ellos y ayer volvió a demostrarlo: se opone a Evo Morales y Chávez porque quieren ser dictadores y someter a sus pueblos, denuncia la planificación económica porque sabe que es el principio de la dominación total y desmitifica sus imágenes de rebeldes e inconformistas porque sabe lo atractivas que son para la mayoría.


Evo Morales y Hugo Chávez son líderes difíciles que condenar, porque todavía no han conseguido transformar sus países en dictaduras. Es costumbre en Occidente que al futuro dictador se le perdone todo menos dar un golpe de Estado y que, incluso entonces, se quiera ver en él un mal menor para no tener que comprometerse con el futuro de las personas a las que va a sojuzgar.

Sabemos que Vargas Llosa hubiera condenado a Hitler desde los años treinta, sin intuir siquiera las atrocidades que cometería. También sabemos que la mayoría de la comunidad intelectual volvería a cometer los errores de entonces y a sumirse en la melancolía antes de dar la batalla no ya de las balas sino de las ideas.

Las democracias de Venezuela y Bolivia son frágiles y la tensión a la que se ven sometidas por la fuerza del petróleo, el gas o las ambiciones socialistas es realmente tremenda. Sin embargo, para Ignacio Ramonet, Gabriel García Márquez y otros son verdaderos oasis de lo que pudo ser y no fue el comunismo.

Subrayar el camino emprendido, con chambra o uniforme militar, por Chávez y Morales es algo muy necesario, pero también es una actitud valiente. Vargas Llosa, cuando frecuente sus tertulias con otros escritores de su talla encontrará que está solo y que efectivamente parece una excepción casi incómoda. Pero la defensa de la libertad de personas que mañana pueden ser esclavas es algo más urgente que los abalorios del reconocimiento, sobre todo cuando éste encierra la indiferencia por lo que pueda ocurrir en países donde la pobreza y el analfabetismo afectan a seis de cada diez. 

La cortesía del escritor peruano suele identificar, como Hayek, la indolencia e incluso las pasiones casi adolescentes de los intelectuales, que vivieron sin ser ya jóvenes la caída del muro de Berlín, con un error de interpretación o una escasa experiencia sobre el terreno. Una muestra más de la generosidad de Mario Vargas Llosa que los que le atacan ni siquiera son capaces de corresponder.

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