Europa, Política

Los dos nuevos roles de Cristina Fernández

El mensaje central de la presidente fue la denuncia de la existencia de un presunto ataque a la República Argentina para desestabilizarla, desde lo que Cristina Fernández bautizó como terrorismo económico.


 Emilio J. Cárdenas (*)

 
Hace pocos días, la presidente argentina, Cristina Fernández, visitó a las Naciones Unidas. Como es habitual, rodeada de una nutrida comitiva de jóvenes funcionarios que la aplauden y vitorean a cada paso. Para su ego, indispensable. Allí pronunció dos discursos. Uno desde el conocido podio de la Asamblea General de la ONU, ante una sala que estaba prácticamente vacía. Y el otro en la sala de las reuniones formales del Consejo de Seguridad, la de la mesa en forma de herradura, en oportunidad de sancionarse -por unanimidad- la resolución que dispone que los Estados Miembros deben ahora contar con normas que impidan que sus ciudadanos se unan en el exterior al terrorismo de las llamadas sublevaciones “jihadistas”.
Vale la pena analizar brevemente ambos mensajes, aunque en conjunto. Porque presagian dos nuevos roles que Cristina Fernández parece haber asumido. El de fiscal de Occidente, al decir de Carlos Pagni. Ambos realmente fueron patológicos. Y el de mandataria del Papa Francisco, su supuesto confidente. Todo ello está destinado a llamar la atención. De paso, la presidente de la República Argentina se victimizó ante el mundo entero. Como si procurara crear ex ante una explicación para el fracaso inevitable de una década en la que la Argentina se equivocó de estrategia. Y como si se tratara de una persona -y de un país- que son, ambos, objeto de una maléfica conjura persecutoria.
 
Pero antes de ir al fondo de la cuestión, apenas dos palabras sobre el “estilo” de la disertante. Cristina Fernández utilizó aquel con el que está más a gusto. Frontal. Improvisado. Con apostura dura y, a la vez, actitud suficiente. Con mensajes enfáticos y ardorosos. Y con tonos belicosos. Con palabras amenazadoras. Y una enorme, gigantesca y vehemente desmesura. Claramente, un estilo totalmente ajeno a los códigos y liturgias siempre serenos, que son los propios de las Naciones Unidas.      
 
            El mensaje central de la presidente fue la denuncia de la existencia de un presunto ataque a la República Argentina para desestabilizarla, desde lo que Cristina Fernández bautizó como terrorismo económico. Porque los terroristas, sentenció, “no son sólo los que ponen bombas”. También son, para ella, terroristas algunos “hedge funds” tenedores de bonos y títulos de deuda argentinos que procuran cobrarlos.
 
            En paralelo, la presidente argentina atacó reiteradamente a los Estados Unidos, país al que explicó duramente que -según ella- al terrorismo no se lo combate desde el uso de la fuerza, sino desde el ataque a sus causas, que fundamentalmente son dos: la pobreza y la desesperanza en que están sumidos algunos países musulmanes. En esto, que no es necesariamente falso, coincidió (no demasiado sorprendentemente) con las posiciones del astuto canciller ruso, Sergei Lavrov, y del presidente de Irán, Hassan Rouhani.
 
Lo que supone que las operaciones militares de la coalición internacional -que está ya operando contra el Estado Islámico- no cuentan con el apoyo de Cristina Fernández. Ni, menos aún, con su bendición. Aunque obviamente no por esa mera circunstancia esas operaciones de pronto cesarán. A lo que debe sumarse que poco y nada hace la propia República Argentina con relación a este conflicto, ni en el plano militar, ni (muchísimo menos) el de atacar las causas de lo que sucede. Y ocurre que con hablar no alcanza.
 
Posición que luce bastante poco realista y que, además, desconoce que fue el propio Papa Francisco quién pidió que, con una amplia coalición militar, se enfrentara militarmente al Estado Islámico para así tratar de poner fin, sin demoras, a sus brutales desmanes; evitar sus persecuciones religiosas; e impedir el funcionamiento de sus degradantes mecanismos de opresión, incluyendo aquellos que tienen que ver con la mujer, por su condición de tal.
 
Todo lo cual es grave, porque lo cierto es que Cristina Fernández está asumiendo un segundo rol. Aquel donde se presenta al mundo como una suerte de mandataria oculta del Papa Francisco, razón por la cual, entre otras cosas, anunció que hoy ella se ha transformado (personalmente) uno de los principales blancos del “jihadismo”. Lo que, por cierto, es sorprendente.
 
Pocas horas después, en Tirana, la capital de Albania, el Papa sostuvo que no hay nunca excusas de índole religiosa para justificar la muerte y/o la opresión. Como apoyando discretamente las acciones de la coalición que opera contra el Estado Islámico.
 
Lo cierto es que el mundo cree que ya no hay tiempo que perder para tratar de evitar la expansión del ámbito geográfico (que ocupa ya nada menos que la mitad de Siria y la mitad de Irak) que hoy controla férreamente el Estado Islámico. Porque se trata de una amenaza real contra la paz y seguridad de todos. Aún más allá de Medio Oriente. Y no entenderlo supone no advertir lo que sucede. Más allá de la discusión sobre la idoneidad de las respuestas.
 
Para asomarse aún más al perfil de lo absolutamente extraño, la presidente argentina agregó enseguida que no cree -esto es, que desconfía- que las decapitaciones de los milicianos del Estado Islámico, ampliamente difundidas por la televisión, hayan sido reales. Y no una mera “puesta en escena”. Porque -dijo- tienen un raro perfil cinematográfico. Lo que supone creer que ellas pudieran haber sido apenas un hábil fraude propagandístico. Lo que es difícil de sostener y supone una grave falta de respeto hacia quienes, periodistas o trabajadores asistenciales, perdieron atrozmente la vida en manos de sus verdugos y a sus familiares, que son también víctimas de los crímenes perpetrados por los aludidos milicianos.
 
  A lo antedicho la presidente agregó una opaca defensa de su reciente acuerdo con Irán, alegando que es un proceder similar a la disposición de los EEUU para, de alguna manera, coordinar ahora con Irán las acciones contra el Estado Islámico. Le faltó sumar a sus apresuradas conclusiones, que algo similar podría concluirse -en esa extraña línea de razonamiento- respecto de las negociaciones en curso entre la comunidad internacional e Irán sobre el peligroso programa nuclear iraní.
 
A los ataques contra los Estados Unidos sumó, una y otra vez, ataques duros contra el Estado de Israel y las entidades judías de nuestro país. Por no acompañarla en su acuerdo con Irán y por lo que considera un exceso en el uso de la violencia en Gaza, sostuvo. En su nuevo rol de fiscal de Occidente.
 
Las consecuencias de los dos discursos fueron, naturalmente, inmediatas. La relación bilateral con los Estados Unidos ha pasado al estado de “abstinencia”, según la definición del propio Juan Bautista Alberdi. Esto es a la frialdad. A la lejanía. A la distancia. Como ocurriera también, en paralelo, con el caso de Alemania, a la que también fustigó catilinariamente. Para esos dos países, cabe apuntar, a estar por sus recientes comunicados, el tema de la deuda argentina (la preocupación de la presidente argentina) no es político, sino judicial, razón por la cual, nada tienen que decir sobre el mismo, crea lo que crea Cristina Fernández.
 
Lo cierto es que las intervenciones ante las Naciones Unidas de la presidente -frente mismo al presidente Barack Obama- han vuelto a lastimar la relación de nuestro país con los EEUU. Como fuera igualmente lastimada por Néstor Kirchner en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata del 2005, ante el entonces presidente norteamericano, George W. Bush, con la recordada actuación entonces, a la manera de acólitos, de Hugo Chávez y Diego Maradona. Con el tiempo esas heridas, es cierto, cicatrizan. Pero cansan, dejan marcas y se inscriben en una relación innecesariamente caracterizada por la conflictividad y la descortesía. Como casi todas las relaciones externas de este gobierno, excepto las que tienen como interlocutor a algún país “bolivariano”.
 
Con la tenacidad de siempre, la presidente argentina no olvidó, pese a todo lo patológico de sus conductas, referirse puntualmente al paralizado diferendo de soberanía que mantenemos con Gran Bretaña respecto de las Islas Malvinas; ni a la necesidad de reformular la arquitectura y mecanismos de formación de la voluntad de los organismos multilaterales, en lo que poco y nada se ha avanzado. Casi nada, más bien.
 
Para cerrar quisiera hacer una reflexión más, abusando quizás de la paciencia del lector, sobre el rol de fiscal de Occidente asumido por Cristina Fernández y el impacto de sus catilinarias. Cicerón, en la primera de sus catilinarias, dijo, con cierto énfasis: “¿Hasta cuando, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? (“Quousque tandem Catilina abutere patientia nostra”)”
 
Por el momento al menos, los azotes verbales de Cristina Fernández dirigidos contra Occidente han generado sólo silencio. Por aquello, quizás, del dicho mejicano que aconseja: “según el sapo la pedrada”. Pero el ¿Hasta cuando? está ciertamente sobre la mesa, enseña la historia.
 
 
 
 
(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas. 

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú