Muchos medios de comunicación y analistas afirman tres ideas falsas para convencernos de que esta crisis financiera es el final del capitalismo.
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Jueves, 19 de febrero 2026

Muchos medios de comunicación y analistas afirman tres ideas falsas para convencernos de que esta crisis financiera es el final del capitalismo.
Uno de los errores habituales de los enterradores del capitalismo es confundir “planes de rescate” con nacionalizaciones. Los identifican para demostrar que nos encaminamos a un sistema financiero casi público, sin tener en cuenta la enorme diferencia que existe entre los dos conceptos.
Los planes de rescate más ambiciosos, el alemán y el americano, no tienen como objetivo prioritario nacionalizar bancos mediante la adquisición de sus acciones sino reflotar un sistema financiero muy débil. En el paquete de medidas que anunció ayer Angela Merkel sólo el 17,5% del total del dinero se destinará a comprar participaciones de bancos con problemas.
¿Y cuál es la finalidad del resto de los recursos? Reactivar el mercado interbancario, es decir que las entidades financieras vuelvan a prestarse como antes y firmen otra vez créditos y préstamos con empresas y particulares.
Si los Gobiernos están apostando más por reactivar un mercado privado que por las nacionalizaciones, no parece que la conclusión correcta sea pensar que el capitalismo ha muerto y que el Estado viene a sustituir al intercambio libre.
Otro de los argumentos más celebrados por los enterradores es que el sistema capitalista sólo puede practicarse como hasta ahora y que su transformación, por ejemplo mediante el aumento de la intervención publica, equivaldría a su muerte.
Deberían explicarnos entonces por qué la globalización del SXIX, según los estudios de Jeffrey G. Williamson, llegó a unos niveles de intercambio comercial muy semejantes a los de finales del siglo pasado y, sin embargo, el imperialismo colonial nada tiene que ver con lo que hemos vivido en los últimos treinta años. Nadie se atrevería a cuestionar que las dos etapas fueron capitalistas ni tampoco que fueron completamente diferentes.
Hay analistas que, incapaces de matar al capitalismo, afirman que lo que ha muerto es su versión anglosajona, que consistiría en permitirlo todo, no regular casi nada y sentarse a esperar a la siguiente crisis para reflotar las empresas de los sectores estratégicos.
También en esto son imprecisos. Una cosa es que la regulación del sistema financiero estuviese mal hecha y que la Reserva Federal haya inyectado más dinero del necesario en los últimos 21 años, y otra muy diferente que estas dos ideas sean las características fundamentales del capitalismo americano.
Es verdad que Ley Gramm-Leach-Bliley de 1999 era muy defectuosa y que permitió unos endeudamientos completamente desproporcionados en comparación con los recursos que los bancos tenían. También es cierto que toleró que una parte de los activos no figurasen en los balances. Pero decir que una sola norma, por muy importante que sea, es la característica más importante de una economía es una simplificación demasiado grosera.
La Reserva Federal, por mucho que pueda sorprender, no cometió un error más grave ni más anglosajón que el Banco Central Europeo cuando llegó a mantener durante años el precio de la divisa comunitaria por los suelos, algo que por cierto impulsó la burbuja inmobiliaria en países como España.
En definitiva, ni los Gobiernos quieren sustituir al mercado, ni el capitalismo es un ser incapaz de evolucionar sino que se ha transformado a lo largo de la historia de la humanidad y está a punto de volver a hacerlo, ni tampoco existe un modelo anglosajón con sólo dos características (que coinciden, casualmente, con los dos orígenes de la crisis financiera). No son buenas noticias para los enterradores del capitalismo pero alguien tenía que dárselas.
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