Pensamiento y Cultura

Los intelectuales sentencian el modelo de integración francés

Editorial
“¿Cómo combinar, pues, igualdad y diversidad? Mediante la asociación de democracia política y la diversidad cultural. No hay sociedad multicultural posible sin el recurso a un principio metasocial universalista, que no puede ser otro que los derechos humanos”. Así expresaba los retos futuros de la inmigración el sociólogo francés Alan Touraine en su libro “¿Podremos vivir juntos?”, donde este autor rechazaba todas las formas de búsqueda de homogeneidad que imponía el Estado laico francés al no reconocer la pluralidad de las formas de cultura minoritaria.

Ahora Touraine y otros intelectuales progresistas salen a la palestra a decir que lo habían advertido: que el modelo de integración francés ha fracasado, como está a la vista de todos. Sin embargo, ese modelo fracasó con una cultura minoritaria, en particular, y con una generación en singular: la segunda generación de los hijos de los inmigrantes islámicos provenientes de los países africanos y de Medio Oriente. Y no puede decirse livianamente que el modelo haya fracasado porque de hecho, la primera generación de inmigrantes, los padres de los alborotadores, no tuvo problemas de integración. Son sus hijos quienes los tienen y por problemas que van más allá de las políticas de Estado de Francia.

Como explicaba Theodore Dalrymple en su articulo del número de otoño del 2002 de City Journal, Los bárbaros a las puertas de París, los jóvenes musulmanes que queman coches y arrasan con todo a su paso no sienten sino odio islámico y nihilista a Francia y alienación de sus paisanos. En sus palabras, “son de Francia, pero no son franceses”. Dalrymple explicaba que el pregonado bienestar social francés provee de vivienda pública, viste, alimenta y paga a sus comunidades de inmigrantes sin asimilar de un modo que permite que los jóvenes enajenados “disfruten de un estándar de vida (o consumo) muy superior al que tendrían en los países de origen de sus padres y abuelos, incluso si trabajaran allí catorce horas al día al máximo de su capacidad”.

Otro mito que corre de boca en boca es que el Estado francés es duro e intransigente con los inmigrantes, tal como lo quiso demostrar el linchamiento mediático al que fue sometido el ministro Nicolás Sarkozy simplemente por decir las cosas como son. Por el contrario, el modelo de integración francés puso mucho énfasis en su asimilación a través de las políticas sociales, como decíamos antes, pero flaqueó en sus fuerzas a la hora de mantener la ley y el orden. Francia renunció a sus principios abriendo la Caja de Pandora de la multiculturalidad: el resultado fueron dos semanas de violencia incontrolable causadas por una minoría llena de odio y furia.

El único intelectual que tuvo el valor de advertir sobre los problemas de integración de los musulmanes fue Giovanni Sartori en su libro “La sociedad multiétnica”, y eso sin contar las críticas que le llovieron por su falta de corrección política: “´Lo mínimo que se le puede pedir a un inmigrante es su integración en los valores éticos y políticos de la sociedad que le hospeda´, aseguró Sartori agregando que son especialmente los que profesan el Islam quienes ´no desean ser integrados y se auto-marginan´.

Como argumentaba Francis Fukayama en The Wall Street Journal la semana pasada, el gobierno francés tiene que comprender que la noción americana de “crisol” inmigrante -que hoy se considera como un éxito en materia de integración- no se sustentaba en mimar a los recién llegados sino en invitarlos a dejar todos sus prejuicios y estilos antiguos y en estar dispuestos a recibir el modo de vida de la sociedad que los ha acogido, respetar al nuevo gobierno y a sus leyes y obedecer las reglas de juego que impone el país que los abraza.

En suma, una vez que la violencia se haya calmado y los líderes de la violencia hayan sido encarcelados o deportados, Francia aprenderá como dijo Chirac la lección que dejan estos hechos de violencia racial inaceptables: que el Estado no puede flaquear en asegurar constantemente la ley y el orden en los enclaves inmigrantes.

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