Qué Brasil alcance, por ejemplo, un tratado de Libre Comercio con Estados Unidos contribuirá mejor al desarrollo y a erradicar la pobreza que costosas políticas publicas de gasto.
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Martes, 21 de julio 2026

Qué Brasil alcance, por ejemplo, un tratado de Libre Comercio con Estados Unidos contribuirá mejor al desarrollo y a erradicar la pobreza que costosas políticas publicas de gasto.
Editorial
“Dejen al hombre trabajar” fue uno de los lemas utilizados por Lula da Silva durante la última campaña electoral. El presidente aludía a uno de los problemas fundamentales del país que es la falta de trabajo y la marginalidad en los segmentos más bajos y empobrecidos de la sociedad.
El presidente (reelecto) ganó las elecciones gracias a la moderación demostrada en el manejo de las cuentas públicas, cuyo más grande logro fue erradicar la inflación. Sus ministros fueron tenaces administradores y recurrieron a la ortodoxia para evitar que el país repitiera la experiencia del gobierno anterior a Cardoso.
Lula dice ahora, haber hecho un primer mandato de austeridad para dar impulso a su segundo período. El propio Ministro de Hacienda, Guido Manega, anunció que “el nuevo gobierno será más desarrollista porque durante el primer período hubo que eliminar problemas y desequilibrios heredados de la gestión anterior”. Es preocupante la proclama si lo que se expresa es el anuncio de mayor gasto público.
En realidad, es en el respeto por una política fiscal y presupuestaria ordenada y respetuosa de la seguridad jurídica, donde se sitúa el desafío de Lula, más que en la postura voluntariosa de más gasto público para generar pretendidamente más y mejor desarrollo. Lo dicho por el propio Lula y por su ministro de Hacienda hace recordar a las tradicionales administraciones de la región que ni bien obtienen un mínimo de desahogo, precipitan las formas más populistas de gestión.
Lula y seguidores pueden declarar que más y mejor desarrollo es la prioridad, pero también será prioridad el liderazgo de la región y la plena insercción de Brasil en el concierto internacional. Qué Brasil alcance, por ejemplo, un tratado de Libre Comercio con Estados Unidos contribuirá mejor al desarrollo y a erradicar la pobreza que costosas políticas publicas de gasto. Brasil tampoco alcanzará posiciones de liderazgo y desarrollo haciendo seguidismo a Chávez, sino encabezando una política pragmática y alineada con los centros de desarrollo. Lula sabe que la alianza con EEUU constituye un factor decisivo para la obtención de un despegue real, y que no lo alcanzará claudicando ante la prédica populista de Hugo Chávez. El liderazgo de Brasil en la región dependerá luego, de esta comprensión –y corrección- de la práctica exterior al tiempo que el desempeño interior genere confianza y estabilidad.
Lula cuenta para el futuro con un caudal político inédito. Es el presidente que mas votos sacó en la historia de la democracia de ese país, y controla la mayoría de los gobernadores territoriales. Tiene además un claro respaldo del Parlamento, donde su círculo de alianzas obtiene una clara mayoría. Es decir, Lula puede hacer, de aquí en adelante, lo que su voluntad política le dicte.
No menor va ser el devenir político parlamentario. Seguramente, encontrará una férrea oposición de la socialdemocracia fundada por Cardoso cuyas reflexiones indignan a Lula y advierten sobre un ciclo menos amable del que piensa. Cardoso disparó ayer que “la oposición seguirá dándole mucho trabajo a Lula” y que su partido seguirá cumpliendo tenazmente el rol de “controlador de las acciones del Gobierno”. El ex Presidente se mostró optimista además, con el resultado obtenido por Alckmin, de quien predice un exitoso futuro político.
En su respuesta a Cardoso, Lula dijo que lamenta “profundamente las palabras de un ex Presidente de la república, que debería tener un pensamiento más positivo. Hay que diferenciar lo que es una oposición programática de lo que es querer impedir que el país funcione. Si quieren, hablen mal de mí; no hay problema; pero no perjudiquen al país”. Lula que desconoció en estas declaraciones, los escándalos de corrupción que martirizaron a su Gobierno e involucraron a varios dirigentes del PT, no debería caer en la tentación de aplastar a la oposición y debe trabajar por consolidar las instituciones democráticas.
Así las cosas, habrá que esperar el desenlace de esta nueva etapa. Sus deseos desarrollistas aparecieron como bandera de campaña y no tardaron en crear ilusión. Pero una ilusión basada (parece) en aspiraciones populistas, más que en la política de austeridad que fraguó su éxito electoral. El deseo de cambio de Lula aparece como poco consistente con aquello que hizo de Brasil un país receptor de inversiones y básicamente moderado en su política exterior. Habrá que observar qué sucede en el futuro próximo y qué camino toma finalmente el Gobierno del PT.
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