Un nuevo atentado terrorista ha tenido lugar en China este fin de semana. El olimpismo y los valores derivados de éste, no ejercen ningún tipo de influencia sobre los grupos terroristas. Más bien al contrario, su publicidad les estimula.
Editorial
Debemos pararnos a reflexionar sobre lo que está ocurriendo estos últimos días. Dos explosiones dirigidas contra las fuerzas de seguridad del Estado se han producido. La conclusión primera, que no única, es la aparición del temor como elemento definidor de la vida cotidiana de todos aquellos que participan in situ de la fiesta olímpica.
Un sentimiento de vulnerabilidad, que se superpone a la alegría por organizar unos Juegos Olímpicos, ha pasado a caracterizar a la sociedad china. A la hora buscar responsables, los terroristas son los primeros que aparecen. Decir lo contrario supone generar un debate tan falso como improductivo. Su política ventajista de hacer llegar sus reivindicaciones mediante el asesinato, los deslegitima por completo.
¿Y las autoridades chinas? Declaraciones de fuentes gubernamentales ya nos alertaron meses atrás de que la hipótesis de atentados terroristas no estaba descartada. Los hechos así lo refrendan. Entonces, ¿deberíamos haber exigido mayores esfuerzos? Indudablemente, la respuesta es sí. Sin embargo, como todo lo que rodea a Pekín 2008, el misterio, como sinónimo de opacidad, también caracteriza a las estrategias antiterroristas del gabinete de Hu Jintao.
La lacra del terrorismo es un fenómeno conspicuo, global. En occidente lo hemos vivido de cerca y una de las maneras de combatirlo ha sido aunando esfuerzos entre las diferentes fuerzas políticas democráticas. Sin embargo, China no conoce el pluralismo de ningún tipo. Partido, gobierno y Estado vienen a ser el mismo “macroente” lo que impide el debate y el intercambio de puntos de vista.
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