Tras haber ganado las elecciones presidenciales norteamericanas, Obama tiene ante sí un nuevo reto: nombrar a su equipo ministerial. Dentro del mismo, el cargo con mayor proyección, el de Secretario de Estado. Una de las candidatas para el mismo es Hillary Clinton.
Editorial
Elegir a su equipo ministerial. Ese es el dilema en el que se encuentra Barack Obama. Tarea complicada pues como se vio durante (y después) de las primarias demócratas, la desunión caracterizó al partido, hasta tal punto, que durante un tiempo fue el arma principal de McCain de cara a una posible victoria.
El nuevo Presidente debe elegir bien. Deberá complacer a todas las familias que hay en el partido. Con la elección en agosto de Biden apostaba por la experiencia y el conocimiento de las relaciones internacionales. Ahora el reto es aún mayor, pues deberá nombrar al Secretario de Estado, el cargo con mayor relevancia de toda la Administración.
Si opta por Hillary Clinton revelará mucho de la estrategia que piensa seguir. No olvidemos que ella es considera un “halcón” esto es, una “dura”. El sector más escorado a la izquierda del partido demócrata (vg. Nancy Pelosi) podría sentirse agraviado.
Tampoco es descartable que oferte algún ministerio a miembros del partido republicano. No sería mala idea, pues con ello llevaría a la práctica su tan repetida noción de consenso que ha practicado durante la campaña presidencial.
La ex Primera Dama es una política alejada de relativismos. Su experiencia internacional, un aval que será muy necesario a la hora de afrontar determinados escenarios como Irak o Afgnistán, donde hasta ahora Obama ha practicado una retórica aburrida y monótona, centrada esencialmente en arremeter contra Bush por declarar la guerra a Sadam Husseim y descuidar el frente talibán en Kabul.
No obstante, hay aspectos que debe cuidar mucho Obama si quiere que Clinton ocupe tal cargo. Las finanzas de la Fundación de su marido, el principal. El ex Presidente se ha convertido en una máquina de facturar millones de dólares a través de dicha organización.
No tenemos nada contra el afán de lucro, siempre y cuando éste respete la legalidad y la ética. Decimos esto último porque en ocasiones, el dinero con el que Bill Clinton cobra sus conferencias procede de Estados y compañías con intereses, si no oscuros, sí excesivamente ambiguos. Por tanto, ya se sabe, la mujer del César no tiene que ser sólo decente…sino parecerlo.
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