Todos los años los primeros mandatarios de nuestra región, como todos, concurren a la apertura de la Asamblea de las Naciones Unidas para, en Nueva York y desde el podio de la Organización, dirigirse a la comunidad internacional. Cual liturgia de aplicación periódica, bien establecida.
Los mensajes que este año llevaran los líderes de América Latina a la ONU son decepcionantes. Por la escasa relevancia de sus contenidos y por las prioridades que ellos revelan, a propios y extraños. Particularmente en momentos en los que dos de las crisis más complejas en materia de paz y seguridad internacionales, las que afectan a Siria y a Irán, están concitando inequívocamente la atención prioritaria de los Estados Miembros de la Organización internacional.
La decepción incluye a Dilma Rousseff -presuntamente la líder indiscutida de la región- al menos en la óptica de los brasileños. Ella pronunció un discurso de inusitada dureza, para el obvio consumo en su escenario doméstico. Después de suspender una visita oficial a Washington por el mismo motivo, su preocupación central fue el espionaje norteamericano a su administración y a Petrobrás. Transformando así a ese episodio en la actual preocupación central del Brasil respecto de cómo funciona el mundo. De no creer.
Como es tradicional el discurso de la mandataria brasileña tuvo lugar antes del pronunciado por el dueño de casa, Barack Obama. Dilma, llena de santa furia, arremetió contra Obama argumentando que la vigilancia electrónica es insostenible cuando el blanco es un país amigo. Lo que es, por lo menos, debatible. Por cierto. Porque, como dijo luego, a coro, el cada vez más intrascendente presidente del Uruguay, José Mujica, lo sucedido “genera desconfianza”. Las conductas son las generadoras. No las grabaciones.
Por su parte, Cristina Kirchner, cuyo ciclo político ha comenzado felizmente a agotarse, no se quedó atrás en la enumeración de preocupaciones patológicas. Además de mencionar, como es tradicional, la cuestión de la soberanía sobre las Islas Malvinas, intimando a Gran Bretaña, por enésima vez, a negociar el tema con buena fe, la Sra. Kirchner apuntó esta vez duro contra lo que llama los “fondos buitre”. Esto es contra los tenedores de los bonos argentinos que están vencidos y en incumplimiento, en manos de titulares que no aceptaron los descuentos y las condiciones impuestos por el deudor en la última renegociación, quizás por encontrarlos excesivos.
Ocurre que este tema que afecta a la Argentina está ahora en manos de la justicia norteamericana, que podría obligar a la Argentina a pagar lo que efectivamente le debe a esos bonistas, a los que se conoce como las “holdouts” por no haber ingresado en la renegociación antes aludida. Si esto ocurriera, la debilitada economía argentina, desquiciada hasta lo indescriptible por la Sra. Kirchner -que desperdició con el peor de los populismos una década de viento externo a favor- podría tener alguna convulsión. Pero ¿es el podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas el adecuado?
Hasta el presidente de Chile, Sebastián Piñera -cuyo decepcionante ciclo también está ya en su etapa final desde que Chile elegirá en pocas semanas a su sucesor- apuntó contra la estructura de las Naciones Unidas, a la que calificó de poco democrática, lo que de original tiene bastante poco. Por lo menos en este caso el enfoque del mensaje fue el ortodoxo. Pero, de paso, Piñera aprovechó para endosar -una vez más- la candidatura del Brasil a un asiento permanente del Consejo de Seguridad, que por el momento tiene bastante pocas posibilidades de materializarse. Pero quedar bien, no cuesta nada. Y mal con la Argentina, menos que nada.
Piñera desaprovechó una última oportunidad para defender a la democracia y a sus valores, hoy asediados en nuestra región. El chileno termina su mandato sin haber, lamentablemente, protegido adecuadamente -en su propia región- los principios y valores propios de la democracia.
En rigor, mantuvo, respecto de los países “bolivarianos”, un lamentable silencio cómplice y no quiso, ni supo, llamar la atención respecto de las violaciones constantes de las libertades individuales y de los derechos humanos que se acumularon en ellos a lo largo de los últimos años. Ni siquiera en materia de la castigada libertad de expresión. Una verdadera pena. Pero ha sido así. Era su derecho. Pero tiene consecuencias.
Porque, por ejemplo, la salida de Venezuela del “Pacto de San José de Costa Rica”, que deja a sus ciudadanos sin protección jurisdiccional independiente en materia derechos humanos y libertades individuales, debió haberse mencionado, al menos como preocupación. Después de todo, las Naciones Unidas fueron fundadas, entre otras cosas, según reza el exordio de la propia Carta de las Naciones Unidas, para “reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre” y “la dignidad y valor de la persona humana”.
Silenciar constantemente lo que ocurre en el mundo “bolivariano” es una actitud política que muestra ausencia de compromiso y -además- da tristeza. Más aún, cuando quien puede hablar es un hombre de la particular extracción y representatividad de Piñera. Hablamos de un político-empresario sumamente exitoso, que todavía lidera al país mejor dotado y organizado institucionalmente de la región toda como consecuencia del éxito de sus propios esfuerzos. El más moderno de todos en la región.
Olvidaba decir que los gobiernos bolivarianos de la región faltaron a la cita. No fueron a Nueva York. Nada sorprendente, como actitud. Para ellos, las Naciones Unidas son un ejercicio intrascendente. Ocurre que, en su tremenda pequeñez, el mundo son apenas ellos mismos. Nada más. Nadie los extrañó. Solo aportan “picante”. Sustancia, no. Ausencias registradas este año con anuncio previo, en el caso de Rafael Correa (Ecuador), de Daniel Ortega (Nicaragua) y de Raúl Castro (Cuba).
A ellas se sumó la deserción -a último momento- del cada vez más inepto Nicolás Maduro, quien terminó siendo reemplazado por un funcionario de relativo segundo nivel que -como cabía esperar- rindió pleitesía al fallecido Hugo Chávez recordando, como gran cosa, sus insólitas reflexiones sobre el “olor a azufre” en torno al castigado podio de la Asamblea General. Seguramente no tenía mucho más que decir, proviniendo de un país dilapidador, que tiene su economía en estado de caos total, con posibilidades de que, de pronto, se genere algún estallido social motivado por el creciente hartazgo de la gente, que se sabe mal tratada. Sería lamentable.
Los bolivarianos -reitero- no fueron demasiado extrañados en Nueva York. Porque su peculiar y poco serio mensaje, que ve detrás de todo una fantasiosa conspiración, es harto conocido y no genera atracción alguna. En todo caso, apenas algunas sonrisas burlonas que transmiten lo que algunos, en su interior, están pensando.
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.