La Unión Europea está de cumpleaños. Han pasado 59 años desde el discurso de Robert Schuman en el que se sentaban las bases para su desarrollo. Un primer análisis nos debería llevar a estar orgullosos de las realizaciones que la Europa comunitaria ha logrado durante estos años. Sin embargo, ello no debe ser obstáculo para que también puntualicemos algunos déficits, el principal, su distanciamiento de los ciudadanos.
La Segunda Guerra Mundial nos dejó como resultado una Europa destruida y dividida. Las guerras fraticidas que en su seno se habían producido durante la primera mitad del siglo generaron muertes, pobreza y odio. Urgía, en consecuencia, poner fin a esta situación y sobre todo, que no hubiera opciones de que en el futuro se repitiera. Este loable modo de pensar presidió las acciones de Monnet, Schuman, De Gasperi o Adenauer en los años cincuenta y sentó las bases del modo de proceder de los políticos de generaciones posteriores.
El resultado es que de la primigenia CECA hemos pasado a una Europa que ha aspirado, sin éxito, a tener su propia Constitución. Entre medias, incorporaciones, caída del comunismo, moneda única o elecciones europeas. Los avances han sido importantes aunque en muchas ocasiones se han hecho de espaldas al ciudadano, quien debe de ser el protagonista principal del proceso de integración europea.
De esta tesis hemos ejemplos recientes con el voto en contra de Francia y Holanda hacia la C.E o de Irlanda al Tratado de Lisboa. En estos momentos, la UE atraviesa una de sus etapas de euroesclerosis a las que tan acostumbrados nos tiene. ¿Saldrá adelante? Lo más probable es que sí. ¿Cómo lo conseguirá? Hay dos opciones, vía política y burocrática, como tan acostumbrados nos tiene, o bien acercándose a los ciudadanos. Debería optar por esta segunda, pues de lo contrario corre un riesgo muy importante y es que entre quienes son ya miembros cunda la apatía y entre los que aspiran a serlo tiendan a idealizarla.
La UE es sinónimo de paz, de libertad, de seguridad, de ausencia de conflictos en su seno. Los Estados no han dudado en ceder porciones de su soberanía, algo que en otros escenarios geográficos no están dispuestos a hacer. Por ello, Europa y sus instituciones deben publicitar sus logros sin dejarse cegar por el integracionismo desmesurado.
// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR