La peligrosa crisis social venezolana acaba de entrar en una etapa nueva. Distinta. Casi inesperada. Audaz, pero imprescindible.
La que ahora -después de más de dos meses de protestas pacíficas por parte de la oposición, reprimidas con tremenda violencia por un cada vez más visiblemente inepto Nicolás Maduro- apuesta al camino del diálogo. El de la conversación. El que supone escuchar, con sinceridad, buena fe y atención, al interlocutor. Sin que esto naturalmente suponga que -en modo alguno- las decenas de cobardes asesinatos de estudiantes y las reiteradas torturas practicadas por el oficialismo deban quedar necesariamente impunes. Después de todo, ellos son crímenes aberrantes que pertenecen a la categoría de delitos de lesa humanidad. Imperdonables e imprescriptibles, entonces. Pese a que nada menos que la actual Defensora del Pueblo de Venezuela, Gabriela Ramírez, haya dicho -muy suelta de cuerpo- que la tortura es aceptable cuando un gobierno recurre a ella para “obtener información”. Lo que es absolutamente increíble, como afirmación categórica de una funcionaria pública de algún nivel, en pleno siglo XXI.
Cabe destacar que el notorio coraje de los jóvenes venezolanos ha sido absolutamente decisivo para que un gobierno aferrado al discurso único, con el “componente criminal” propio de los regímenes marxistas, acepte ahora sentarse en la mesa con quienes piensan distinto. Sin demonizarlos, intimidarlos e insultarlos, como hasta ahora. Con una presunta disposición a escuchar.
Ocurre que hablamos de que casi las dos terceras partes de los venezolanos están hoy hartos del gobierno autoritario “bolivariano”. Y de su ineficacia y profunda corrupción. De la ruina que el mismo ha traído para la sociedad venezolana toda. De la escasez de casi todo lo indispensable. Del control de cambios. De la intimidación constante, como “estilo” de gobierno. De la asfixia de las libertades, y muy especialmente de la de opinar y expresar las ideas. De enfrentar la violencia y la inseguridad; por todas partes y a toda hora. De las patotas armadas que, impunes, hacen el “trabajo sucio violento” que les encarga específicamente el gobierno. Del absurdo derroche de los recursos petroleros para comprar con ellos voluntades extranjeras, cuando los venezolanos viven en medio de crecientes privaciones. De la intromisión -y ordeñe- constante por parte de los cubanos. De no tener futuro, inmersos en una cuesta abajo que ha sido permanente. No es poco. Es una enormidad. Por esto el valiente “basta” colectivo.
Lo cierto es que las partes se han ya sentado, juntas, en torno a una misma mesa. Aunque para organizar el diálogo solamente, por ahora.
Pero la semana que viene ellas deberán empezar a conversar sobre una agenda específica. Compleja. Desafiante. Difícil. Pero básica.
Aquella que contiene los temas a resolver de inicio para que el diálogo sea igualitario y de buena fe. Entre ellos: (i) la amnistía y libertad de los presos políticos que están siendo presuntamente “juzgados”, aunque desde la más completa arbitrariedad y sin que exista atisbo alguno del “debido proceso legal” (concepto que para Nicolás Maduro es apenas una inaceptable rareza burguesa). Por la situación del Poder Judicial, entre otras razones, es inaceptable escuchar al Canciller chileno, Heraldo Muñoz, afirmar que en Venezuela existe y funciona una democracia. (ii) la disolución de los perversos grupos paramilitares con los que se ha brutalmente agredido -desde la peor bajeza- a la juventud venezolana. Me refiero a los llamados eufemísticamente “colectivos”, esto es a los grupos de sinvergüenzas que han sido responsables de la mayor parte de los asesinatos y torturas de los jóvenes venezolanos que protestaban pacíficamente, ejerciendo así su derecho, específicamente previsto en la Carta Magna de Venezuela. (iii) la conformación de una Comisión de la Verdad que sea realmente independiente, para esclarecer lo sucedido y poder luego determinar responsabilidades. (iv) el remplazar a algunos funcionarios cuya labor ha sido -y sigue siendo- tan sólo una burla al pueblo de Venezuela, como la antes nombrada Gabriela Ramírez.
UNASUR ha sido finalmente capaz de llevar a las partes a la mesa. Es así. Pese a las desconfianzas que existen respecto de ella. Por su clara tendencia a favorecer a los “bolivarianos”, descaradamente. Como sucediera en la crisis de Pando, en Bolivia. O en la de Paraguay, cuando la deposición constitucional del ex obispo -y ahora también ex presidente- el hoy senador Lugo.
Pero UNASUR, me temo, no sirve de mucho, de aquí en más. Por esto ambas partes han convocado a la mesa a una institución que es realmente confiable. Al Vaticano.
No a UNASUR. Porque UNASUR ha sido la gran responsable del fraude que afecta directamente la pretendida legitimidad de Nicolás Maduro, quién se comprometió ante ella a hacer auditar íntegramente la sospechosa última elección presidencial y, como cabía esperar, no lo hizo. Sin que una UNASUR -de andar obviamente cómplice- insistiera, para nada, en hacer respetar a Nicolás Maduro el grave compromiso oportunamente asumido. Por esto la legitimidad de Maduro está seriamente cuestionada.
¿La pregunta ahora es: aceptará el Vaticano la responsabilidad de mediar o facilitar una salida para la crisis venezolana? ¿Con que condiciones previas? ¿Con que alcances? Desde que mediar y facilitar son ciertamente dos alternativas bien distintas.
Por ahora el Vaticano se ha abrazado a la prudencia. Pero sin descuidar su presencia. A punto tal que, en la primera reunión entre las partes, el actual Nuncio en Venezuela, el inteligente Aldo Giordano, leyó una carta del Papa Francisco, especial para la ocasión. En ella se agradece (pero no se acepta aún) la invitación extendida al Vaticano a participar en las delicadas negociaciones que se están poniendo en marcha. También se elevan, como es natural, oraciones por la paz. Y se expresa la obvia preocupación del Papa por las víctimas de la represión oficialista, señalando -de paso- que la violencia no es el camino de la paz y pidiendo respeto y reconocimiento de la visión de cada contraparte. Que hasta ahora ha estado ausente. Además de actuar con ánimo para poder abrirse al “heroísmo del perdón”, lo que resulta indispensable para buscar la necesaria unidad de criterio para superar, juntos, la espiral de violencia.
El Papa, sin embargo, advierte, con toda razón, que habrá que armarse de paciencia y de valentía. Porque el camino a recorrer será, previsiblemente, largo y difícil. Pero señala que no debería desperdiciarse la ocasión, para lo cual la buena fe en el andar será en más indispensable. Tiene razón, naturalmente.
La Iglesia Católica ha dado ya su parecer sobre lo que sucede. A través de una valiente y reciente carta pastoral de la Conferencia Episcopal Venezolana, donde se acusa diplomáticamente a Maduro de estar transitando un camino que lleva a consolidar su autoritarismo y de ser el gran responsable de haber desatado la represión violencia contra la juventud venezolana.
Pese a eso, Maduro, que sabe cuan débil es su situación, aceptó la mediación de la Iglesia, convocando a actuar, específicamente, al actual Secretario de Estado del Vaticano, Monseñor Pietro Parolín (ex Nuncio en Venezuela), uno de los hombres de la nueva curia romana que está más cercano al corazón y la visión del Papa.
El primitivo Nicolás Maduro necesita imperiosamente poder ganar tiempo (o, más bien, perder tiempo, dejarlo correr). Para acallar ahora las protestas y sacarlas de las calles de Venezuela. Después verá.
Tácticamente no tiene otro camino. Pero estratégicamente su meta será obviamente la de aferrarse al poder. Porque si lo pierde o comparte, su lírica y destructiva “revolución” terminará desapareciendo y, más aún, su patrón, esto es la dictadura de Cuba, se quedará sin el generoso “benefactor” venezolano que -sobre la miseria de sus clases más bajas- la está manteniendo artificialmente con vida.
Se inicia una nueva etapa, reitero. Importante. Decisiva, quizás. Compleja y ciertamente no exenta de peligros.
¿Soy optimista? En el corto plazo, esto es respecto de poder dominar la creciente espiral de violencia que se ha apoderado de toda Venezuela, sí lo soy. Pero respecto de la posibilidad de encontrar una solución consensuada por el oficialismo con la oposición, para el mediano plazo, debo decirlo, soy pesimista. Por una razón: no creo en la posibilidad de pedir buena fe a quienes, por su ideología, anidan en sus corazones el perverso “componente criminal” al que hiciera alusión al comienzo de estas reflexiones. Ojalá me equivoque, de plano.
Lo cierto es que esta Venezuela, la de hoy, no tiene ya nada que ver con el ideal absurdo de Hugo Chávez. Ni con la utopía perimida que algunos todavía predican, mientras se abrazan al poder, beneficiándose inmensamente, en lo personal.
Emilio J. Cárdenas
Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.