Puede que sea una cuestión cultural o una cuestión natural, pero la realidad es que las noticias, todas, hasta las más impactantes, nos sacuden sólo en un primer momento; después volvemos a la vida normal, a lo ordinario. Difícilmente volvemos la vista atrás.
Editorial
Estamos a punto de que se cumpla el primer aniversario de los atentados del jueves 7 de julio en Londres (y de su réplica dos semanas después).
Puede que sea una cuestión cultural o una cuestión natural, pero la realidad es que las noticias, todas, hasta las más impactantes, nos sacuden sólo en un primer momento; después volvemos a la vida normal, a lo ordinario. Difícilmente volvemos la vista atrás.
Esto tiene su lógica, pues el espectáculo debe continuar, la vida sigue y no podemos dejarnos paralizar por ningún suceso. Incluso en medio de las situaciones más espeluznantes y surrealistas buscamos vivir la normalidad, por eso tendemos a obviar los detalles o los datos que nos remiten a una realidad excesivamente desagradable (un conflicto armado, la lacra del terrorismo, el hambre, la pobreza extrema,…). Esto también sucede con los aspectos festivos de nuestra vida: no podemos estar todos los días de jarana.
Sin embargo, de vez en cuando, echamos un vistazo atrás y reflexionamos acerca de lo más grande, lo más sublime, las grandes efemérides, pero también las más infames. Por ejemplo: el 4 de julio el mundo se hace eco de las celebraciones de la independencia estadounidense. Y el 7 y el 21 de julio recordaremos los execrables atentados de Londres.
Mejor nos iría si en lugar de sólo recordar nos pusiéramos manos a la obra y aprendiéramos de las lecciones del pasado, resaltando los aciertos y evitando los fallos.
Y a pesar de haber sido golpeados por el terrorismo islamista en Madrid y Londres… no hay una política común europea eficaz que afronte esta amenaza ni los Gobiernos nacionales se la han tomado en serio.
Volveremos a lamentarnos… y a pasar página y no aprender.
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