De arranque es difícil acercar realidades de tan variado origen. Aproximar posturas de países fuertemente desarrollados con las de aquellos llamados “emergentes”. Pues es extremadamente difícil que pueda surgir algo concreto de esta inmensa prueba de tolerancia y comprensión.
Comentario
Todos saben que la Cumbre del G-20 será un evento relevante para la economía internacional. Que confluirán allí los líderes de todo el mundo y que debatirán sobre las alternativas existentes a la crisis económica mundial. Pero lo que todos se preguntan –además- es si efectivamente servirá para algo, o si llegarán las deliberaciones a buen puerto.
De arranque es difícil acercar realidades de tan variado origen. Aproximar posturas de países fuertemente desarrollados con las de aquellos llamados “emergentes”. Pues es extremadamente difícil que pueda surgir algo concreto de esta inmensa prueba de tolerancia y comprensión.
El G-20, vamos a decirlo, nunca fue tan importante; pero debe serlo ahora. Y esto no es un dato menor. Si nunca fue relevante: ¿por qué esperar que sea ahora el punto de partida para una nueva realidad económica internacional? No queremos desde estas líneas desalentar emociones, pero este foro no ha sido más que un ámbito de declaración de intenciones que a poco puerto han llegado.
Es esto lo que dicen, por ejemplo, Merkel y Sarkozy. Una señalando que no firmará otro aumento de gasto público adicional al que se está “inyectando”. Y otro advirtiendo que no aceptará compromisos que no signifiquen medidas concretas. En otras palabras, exponen sus dudas de que sea éste el mejor ámbito para resolver los problemas.
En la otra punta se encuentra Obama que lidera un discurso esperanzador. Que cree en el gran diálogo y que expone con notable convicción la necesidad de reflotar la economía mundial. Pero Obama ha encontrado un baño de realidad en la respuesta del presidente de la Comisión Europea, Mirek Topolanek, quien aseguró que las tácticas expansionistas, lejos de ayudar, pueden terminar en una nueva debacle.
Gordon Brown –por su parte- ha sido muy educado y ha recibido con entusiasmo la llegada de Obama que visita por primera vez Europa (como jefe de estado). Pero no es tan cierto que Londres vaya a convertirse en el nuevo Bretton Woods de la economía mundial. Porque confluirán allí todas las reivindicaciones. Desde los planteos del presidente mexicano, que pide un mayor protagonismo de las economías emergentes, hasta los reclamos de Sarkozy y Merkel , que solicitan mayor austeridad.
En lo que respecta al presidente español, Rodríguez Zapatero ha respetado lo dicho, agregando (“solamente”) que el G-20 debería recibir un asesoramiento permanente de los sindicatos en una representación especial. Que deberían escucharse los intereses obreros. Pues esto es lo que intentamos explicar: el cónclave del G-20 puede transformarse en un polo de reivindicaciones que difícilmente modifiquen la realidad. Tal y como sucedió a lo largo de su irregular trayectoria.
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