Quien siembra nunca tiene certeza, al tiempo de hacerlo, sobre si le irá bien o le irá mal. Pequeño dilema.
Los países que adoptan modelos económicos de corte colectivista son incapaces de alimentar a su pueblo. Una y otra vez eso es lo que la experiencia sugiere. Venezuela no es, por cierto excepción a ese fenómeno. Es absolutamente incapaz de alimentar a su pueblo. Para poder hacerlo, debe indefectiblemente recurrir a la importación, generando así oportunidades para países como Argentina, Brasil o Uruguay, que tienen capacidad exportadora en sus modernos sectores alimenticios.
Lo de Venezuela, en esa como en tantas materias, es de no creer. Dentro de un mes y medio debe iniciar la cosecha de cereales. Todavía el Ministerio de Agricultura y Tierras no ha anunciado los precios que se pagarán por la producción granaria de ciclo invernal.
Ocurre que el sistema es grotesco. Primero, los productores siembran y luego entregan a las autoridades sus estructuras de costos. Lo gestado. Esto ocurre, por ejemplo, con el arroz y con el maíz. Al tiempo de sembrar, entonces, no tienen la menor idea sobre si ganarán o perderán con su trabajo. Luego de presentar los costos incurridos deben “debatirlos” con las autoridades, que pueden criticarlos y hasta objetarlos. Esto es, aceptarlos o no. Todo un riesgo, no menor.
En paralelo, la entidad que agrupa a los productores, Fedeagro, presenta sus “precios sugeridos” al gobierno, como un nuevo aporte para la determinación final de los precios por parte del gobierno venezolano.
En los últimos dos años, tratando de estimular la producción doméstica y con el objetivo de reducir las importaciones, el gobierno venezolano terminó definiendo precios que pueden calificarse como “moderadamente atractivos”. Esto obró a la manera de estímulo, tardío, a la producción.
Parece increíble que no se puedan calcular los costos y determinar los precios en moneda constante.Pero Venezuela es un país impredecible, con una inflación del 60% anual. Por esto, quien siembra nunca tiene certeza, al tiempo de hacerlo, sobre si le irá bien o le irá mal. Pequeño dilema.
Tiene sin embargo una suerte de “recurso suicida” final, porque generalmente los precios se publican antes de la cosecha. Si ellos son desastrosos, puede teóricamente elegir no cosechar. Como alternativa, un desastre. No cosechar supone abandonar los sembradíos o dedicarlos a alimentar al ganado. Pero supone también no incrementar pérdidas predecibles. Por eso es una opción, pésima, pero opción.
A esa absurda situación se suma, como es habitual en los regímenes autoritarios, un régimen colateral prebendario. El mismo supone distribuir subsidios económicos para mejorar los sistemas de regadío y utilizar la biotecnología.
Todo depende de la voluntad del gobierno. Los productores están a su merced.
El sistema venezolano es proclive a generar corrupción y, desde el punto de vista del aumento de la oferta doméstica no es precisamente atractivo. Obligar a los productores a gastar, de inicio, sumas importantes en lo que termina siendo una suerte de casino, es absolutamente irracional.
No obstante, también es fácilmente solucionable, si es que hay voluntad. Modificando el calendario y publicando costos y precios por adelantado, la cuota de previsibilidad que necesitan los empresarios del campo puede aumentar significativamente. Pero, para ello es necesario levantar, aunque sea temporariamente, las anteojeras colectivistas. Aquellas que privilegian la arbitrariedad por sobre la previsibilidad. Las que son propias de los autoritarios. Las que los caracterizan indeleblemente.
(*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
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