Editorial
Pasó un año de la muerte del líder palestino Yasser Arafat y el mundo ha sido casi indiferente al acontecimiento. Poco más de un año atrás los ojos del periodismo de todo el mundo hacían guardia frente a la clínica militar francesa de Percy especulando sobre los partes médicos que daban sobre la salud de Arafat, hasta conocer su muerte el 11 de noviembre de 2004. Al cumplirse el primer aniversario de su muerte, los nulos progresos que se han logrado en Palestina en pos de la paz y la democracia, comienzan a confirmar las sospechas sobre la herencia política nefasta que dejó el mítico líder palestino.
Al momento de su muerte se pensó que se abriría una posibilidad de negociación sólida hacia la paz. Pero también se preveía que su sucesor, Mahmud Abás (Abú Mazen), iba a tener serios problemas para contener a las facciones terroristas palestinas. Las dos previsiones fueron ciertas. Así fue que Israel impulsó y realizó extraordinarios concesiones en la Franja de Gaza al tiempo que la violencia y las amenazas se recrudecieron en los últimos meses.
Aquel logro fue posible gracias los esfuerzos diplomáticos en marzo en la Cumbre del balneario egipcio de Sharm El-Sheij, donde meses después brigadas terroristas vinculadas a Al Qaeda provocarían una masacre. En ese balneario israelíes y palestinos acordaron poner fin a la Intifada de Al-Aksa, que estalló en 2000, dar pasos para reconstruir la confianza perdida y buscar una solución negociada al histórico conflicto.
Pero nuevamente, entre agosto y octubre, la violencia se expandió por la región, e Israel condicionó cualquier avance en el proceso de pacificación al desarme terrorista, una demanda que Abbás parece incapacitado de satisfacer.
Este avance no hubiera sido posible con Arafat, quien tuvo sus oportunidades y las desaprovechó por partida doble, tanto en los Acuerdos de Oslo en 1993 como en los de Camp David en el 2000. Su ambigüedad, su rostro jánico a la hora de las definiciones hicieron imposible sellar un acuerdo y hubo que esperar hasta su muerte para avanzar hacia en las negociaciones. Y es que los problemas de Palestina son más internos que externos, con un presidente débil como Abbás jaqueado por el islamismo terrorista y las pretensiones de poder de Hamas, Yihad y el Hizbula
Arafat, el supuesto progresista, el que tendía la mano a su enemigo, el que predicaba la paz en la ONU armado hasta los dientes, puertas adentro no fue más que un autoritario que intimidó a su propio pueblo, ignoró su pobreza, perpetuó ultrajantes teorías conspiratorias y animó la corrupción con el beneplácito de la izquierda occidental.
Aquel joven tribuno que en la Asamblea General de la ONU se presentó en 1974 «con el fusil en una mano y la rama de olivo en la otra» y que tuvo a Occidente encandilado al punto de otorgarle el Premio Nobel de la Paz, comienza a mostrar todas sus cartas a un año de su muerte, en el cual su aura de leyenda política parece estar desvaneciéndose.
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