Irak, como todo país arrasado por la perversidad y enjundia de un dictador, carga con el pesado lastre de su falta de cultura política, y de un profundo arraigo de las más despiadadas mentalidades que se ocultan tras la religión.
Editorial
Mientras el Congreso de los Estados Unidos debate sobre la continuidad de los soldados en Irak y, en gran parte, hace política de cara a las elecciones que se avecinan, el propio gobierno iraquí, respaldado por la ONU, salió a pedir que se le suspenda y perdone parte de la deuda externa. Y es que aunque parezca mentira que un país desvastado por la tiranía y encorsetado en el fundamentalismo religioso tenga deuda externa, ello existe. El pedido del gobierno iraquí es a favor de una condonación que podría facilitar la reconstrucción de aspectos de su desvastada economía (esencialmente la infraestructura).
Irak, como todo país arrasado por la perversidad y enjundia de un dictador, carga con el pesado lastre de su falta de cultura política, y de un profundo arraigo de las más despiadadas mentalidades que se ocultan tras la religión. La intervención de los Estados Unidos, largamente criticada, tuvo y tiene dos facetas: la de haber derrocado a uno de los dictadores más sanguinarios de la historia, y la de haber impulsado un proceso de difícil apertura política en que algunas débiles iniciativas conviven con años de conflictos y enfrentamientos. Lo que se vive en Irak es la síntesis de esos dos mundos: el de la tiranía subyugante, y el del intento por crear -aunque sea incipientemente- algunas condiciones para la convivencia.
La poca colaboración de los países árabes, pero sobre todo de Irán, poco contribuyen a este intento. La radicalización que experimenta la vida política y social de esas comunidades, y en particular la de Irak, implica el involucramiento de los países limítrofes y de aquellos que tengan una afinidad cultural. El discurso encrispado del presidente iraní y su retórica armamentista (y represiva desde el punto de vista cultural) no hace más que incentivar los focos de radicalización existentes. La retórica de la confrontación oriente/occidente es un caldo de cultivo en que el se justifican las más peligrosas tendencias.
El debate sobre el destino de Irak pero, sobre todo, del rol de los Estados Unidos en la reconstrucción del país seguirá por meses y aún por años. La marginación de Irak del contexto internacional puede ser la peor estrategia a seguir por el mundo desarrollado. El desinterés y la falta de información sobre lo que ocurre en esas sociedades propiciaron, entre otras cosas, los ataques mortales a diversas sociedades de occidente.
Las negociaciones sobre la deuda, más allá de su legitimidad y origen, marcarán una pauta de qué disposición tienen los países centrales para colaborar en Irak, y qué apoyo real reciben los Estados Unidos en esta fase de su estrategia exterior. Los próximos días serán claves para dilucidar esta cuestión y observar un panorama más claro de hacia dónde pueden dirigirse las tendencias políticas con respecto a este país. La aprobación -hace horas- del Contrato Internacional de Objetivos para Irak (ICI) podría ser uno de los tantos caminos a tomar.
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