Economía y Sociedad, Política

Ver para leer

Amenazados a diario por un hábito de lectura escaso, apresurado y superficial, la Villa del Libro nos brinda una luminosa quietud, un paisaje excepcional, una invitación dinámica y generosa convertida en “un imán para los viajeros que van a la búsqueda de goces menos trillados”, un paraje versado y propicio para gozar de la creación ilustrada sin agobios, una exposición estable donde acudir a saciar la más honda o la más ligera curiosidad del espíritu.

Santi Lucas
Se acaba de inaugurar la primera Villa del Libro de España (que se suma a una treintena más en todo el mundo) en una pequeña y amurallada localidad castellana llamada Urueña. La iniciativa de la Diputación Provincial de Valladolid, promotora del lúcido título, se concibe como un monumento vivo, hospitalario y singular, destinado a los libros y a sus amantes. Se trata de un espacio histórico y natural en torno al que se rinde homenaje activo a la obra escrita, a la trascendencia también histórica de los libros en la vida del hombre, a su fuerza y validez intactas y naturales, a su futuro esperanzador e imperecedero, como el de la misma tierra que lo alberga y estimula.

Amenazados a diario por un hábito de lectura escaso, apresurado y superficial, la Villa del Libro nos brinda una luminosa quietud, un paisaje excepcional, una invitación dinámica y generosa convertida en “un imán para los viajeros que van a la búsqueda de goces menos trillados”, un paraje versado y propicio para gozar de la creación ilustrada sin agobios, una exposición estable donde acudir a saciar la más honda o la más ligera curiosidad del espíritu.

En medio del vértigo informativo que depara la actualidad doméstica e internacional, de la convulsión, agitación, crispación y agitación de algunos debates y noticias y el alarde de las miserias humanas que soportamos por todas partes, reseñar el alumbramiento de la Villa del Libro es una oportunidad feliz para recomendar a todos los lectores un lapsus saludable, una oferta única donde compaginar la fibra serena del ámbito rural con la más cosmopolita y sugerente imaginación.

El pueblo de Urueña ya era la sede de la Fundación Joaquín Díaz, uno de nuestros más prestigiosos folkloristas, pero ahora se contagia con un nuevo y ambicioso reto cultural que merece una respuesta positiva y entusiasta. Hay que visitar Urueña y ver para leer.

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