Política

Violencia y frustración en el Ulster

Los hechos de radicalización y violencia registrados en Belfast provocan decepción en quienes cotidianamente luchan por mantener la paz.

Editorial
Una mezcla de pena y decepción es lo que el observador común puede sentir ante los hechos de violencia ocurridos en Belfast, desnaturalizando un proceso de paz arduo, tenso y muchas veces (la mayoría) doloroso. Los arrebatos desbordados de los militantes independentistas –y protestantes- sugieren una incomprensión total por parte de ese sector de la sociedad irlandesa sobre los tiempos que corren. Tiempos de sembrar para la paz, aprovechar las oportunidades de un mundo integrado, y de crear cultura para la convivencia.

Los hechos de violencia constituyen una afronta humana pero además, un agravio hacia los constantes esfuerzos de los hombres que construyen –día a día- la paz en el Ulster. El paso marcado por el Acuerdo de Buen Viernes es despreciado por este vandalismo irracional camuflado en una engañosa reivindicación religiosa. El detonante increíblemente pequeño del vandalismo fue una modificación del itinerario de la marcha de la protestante Orden de Orange para evitar encontronazos con el sector católico. Esta medida preventiva despertó una cólera inexplicable desde toda postura racional, llevando a los manifestantes a atacar brutalmente a la policía. Belfast estaba, en la madrugada del domingo, envuelta en llamas y desmoronada ante la incomprensión fanática.

Recorrer las calles de Belfast hoy es como itinerar por un sendero de fortalezas vigilantes cuidadosamente instaladas para preservar el orden. Fortalezas traducidas en altas columnas de hierro con escrupulosos vigilantes que observan hasta las más privadas licencias personales. Todo es vigilado en esa ciudad histórica. Todo es supervisado por las fuerzas del orden atentas a una situación que los propios habitantes no pueden controlar. Transitar por las hermosísimas calles de la ciudad de Derry (el corazón de la región) es emocionante por su aspecto medieval, y atemorizante por la presencia de tanquetas y otros artefactos de similar capacidad disuasoria. La emoción de la historia se eclipsa por la decepción de la intolerancia reinante.

El contrapunto de toda esta situación es que Belfast (a pesar de la radicalización) ha constituido uno de los polos de desarrollo más pujantes de Irlanda, con un puerto moderno y una condición de infraestructura óptima. La inversión realizada por la UE y el esfuerzo administrador del gobierno y el propio pueblo han situado a la ciudad al frente de la ola desarrolladora del país. Sus teatros y tabernas se llenan los fines de semana y la vida cultural adquiere una particular vivacidad durante la temporada. Las más representativas obras de la escena teatral y musical se representan allí. Por ello resulta una pena que todo esto conviva con la increíble intolerancia de la voluntad religiosa y nacionalista. Lo de Belfast, a no engañarse, es una mezcla de disputa religiosa pero también de desbordado sentimiento nacionalista. Ambas circunstancias desembocan en la degradante violencia comentada.

Por eso Diario Exterior habla de pena y descontento. Por eso recurre a estas expresiones poco habituales en el léxico político. Porque no puede más que generar vergüenza lo que sucede en el Ulster. No puede más que producir lamentos dedicados a los miles de ciudadanos que cotidianamente desean vivir pacíficamente en esa bella región. No hay más que esto detrás de la complejísima red de sentimientos que se enconan entre católicos y protestantes. Entre republicanos y unionistas. No hay más que una nueva desazón provocada en el observador a quien el resto de las teorías explicativas no alcanzan a satisfacer.

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