Malos tiempos para Gordon Brown. La economía británica sigue en caída libre y el paro en aumento. Las previsiones del Banco de Inglaterra no invitan al optimismo. A este cúmulo de circunstancias se han unido las protestas de los trabajadores por la contratación de mano obra extranjera.
Editorial
Tras el otoño tranquilo de Brown, el inicio de 2009 le ha devuelto a la realidad. Si antes de septiembre los problemas los tenía en el seno de su partido, en forma de oposición creciente a su liderazgo (aunque sin perfilar un candidato alternativo), ahora es la complicada situación económica del país quien le reta.
Durante los meses de octubre y noviembre, el Premier parecía el salvador del país. Sus planes intervencionistas en economía eran copiados y admirados en otras partes Europa. No nos gustó esta receta porque históricamente ha sido nefasta para los británicos. Sin embargo, Brown borró de su mente el periodo Wilson-Callaghan (1974-1979) y “el invierno del descontento”.
Con el nuevo año volvió la “normalidad”, aunque acentuada, a las islas. ¿Qué queremos significar? Han retornado los problemas para Brown no con su partido ni con la oposición sino con la economía del país. Paro, empresas que quiebran, déficit público…y protestas de los trabajadores con matiz xenófobo.
Este último aspecto es nuevo y supone un riesgo añadido para el Labour Party de cara a afrontar la situación y nos ilustra cuanto de grave es la situación. Ni Reino Unido ni sus trabajadores son xenófobos, ni racistas, simplemente aquéllos han reaccionado contra la inmigración a la que acusan de usurparles el trabajo. En su protesta, además, se mezcla el habitual componente euroescéptico que caracteriza a la sociedad británica.
No debe sorprendernos, por tanto, que la Unión Europea y sus normas reguladoras del mercado interno estén en el punto de mira de los sindicatos británicos. Éstos abogan por una suerte de nacionalismo económico que simplemente encierra proteccionismo e intervencionismo, esto es, todo lo contrario a la libre circulación de trabajadores por la que tanto luchó Thatcher.
La crisis económica y las debilidades que Reino Unido está encontrando para vencerla pueden hacer que las relaciones con Bruselas se vuelvan, una vez más, tormentosas. Que el Labour Party sea un key player en la UE se hace cada vez más utópico. Los riesgos de ser considerado una ackward partner (“socio incómodo”), aumentan.
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