América, Política

Zero Dark Thirty: moral y política

El error que se comete a menudo en el debate sobre “Zero Dark Thirty”, la soberbia película de Kathryn Bigelow con guión de Mark Boal que en algunos países latinoamericanos se estrena sólo ahora, es plantearse si todo sucedió exactamente así.

 Es decir: si la heroína tuvo realmente una responsabilidad mayúscula en la identificación del lugar donde se escondía Osama bin Laden en Abbottabad; si la batalla burocrática para montar la operación Lanza de Neptuno fue así de dura; si la secuencia de hechos que desembocaron en la muerte del terrorista más emblemático de la historia fue exactamente esa; si Bin Laden opuso o no resistencia, y si el infante de marina de los SEAL Team 6 que le disparó primero fue quien lo mató o el logro es de otro compañero.

No, sobre esos detalles no habrá nunca acuerdo porque, como todo hecho histórico, ni siquiera entre los protagonistas hay un consenso definitivo, en parte porque la memoria es selectiva y en parte porque las emociones y la sicología, tanto de los autores de los sucesos como de sus relatores posteriores, son individuales en lugar de colectivas. La historia es un relato y la historia haciéndose, apenas la materia prima de ese relato. No relativizo con esto la verdad histórica; sólo alerto con respecto de sus límites, que esta película y el debate posterior ponen de relieve.

¿Qué es entonces lo importante? Diría que la clave está en la discusión política y moral que la película, sin proponérselo de forma directa, suscita. Ni siquiera digo: las respuestas que da la película a los grandes interrogantes. Porque las mejores preguntas que se desprenden del filme son justamente las que no tienen una respuesta definitiva.

Las agruparía todas en tres preguntas. Primero: ¿Fueron los interrogatorios violentos determinantes para dar con Bin Laden y su estado mayor? Segundo: ¿Fue la guerra contra el terror de George W. Bush la condición indispensable para acabar con Bin Laden y disminuir considerablemente el poderío de Al Qaeda? Tercero: ¿Fue el Estado, en tanto que maquinaria burocrática más importante que la iniciativa de ciertos individuos, lo que hizo posible el triunfo parcial que representa el ocaso de Bin Laden y compañía?

Todas estas cuestiones tienen implicaciones muy directas para Estados Unidos, más aún ahora que el país se enfrenta al recorte automático de 600 mil millones de dólares de presupuesto en materia de Defensa en un lapso de diez años y la cesantía temporal de cientos de miles de empleados civiles del Pentágono.

La primera gran controversia política se dio con la publicación del libro de Mark Owen, “No Easy Day”, contando la operación por dentro. Owen (un seudónimo) fue el segundo Navy SEAL que entró a la habitación donde estaba Bin Laden. Casi un año después de los sucesos dejó el servicio y reveló más datos de los que Leon Panetta, Secretario de Defensa, estaba dispuesto a tolerar que se hicieran públicos. Probablemente tanto como la ruptura del pacto de silencio que compromete a las Fuerzas Especiales, lo que indignó al gobierno fue que el autor desmintiese varias cosas dichas por distintos voceros, empezando por el Presidente, quien dependía para su información de las versiones de la CIA y el Pentágono. Según el autor del libro, no es cierto que Bin Laden opusiera resistencia o estuviera armado en el instante en que le dispararon, ni que muriera con los primeros disparos, pues los Navy SEAL que entraron a la habitación lo encontraron vivo, convulsionando en el piso, y lo remataron. Según él, estaba en el piso porque el SEAL que lideraba el grupo encargado de subir al tercer piso le había disparado desde la escalera cuando Bin Laden asomó la cabeza por la puerta.

La controversia en este caso es doble y apunta tanto al deber de guardar secretos militares en una sociedad libre como a la naturaleza de la verdad histórica. Recientemente un nuevo testimonio ha añadido complejidad a la discusión. La revista Esquire ha publicado un perfil de otro Navy SEAL que participó en la operación, escrito por Phil Bronstein, ex director ejecutivo del San Francisco Chronicle. También ha suscitado la preocupación del Pentágono, en su caso no sólo por violar posibles secretos militares, sino por acusar al gobierno de dejarlo en el desempleo y sin seguro médico desde que salió del servicio. Su versión, además, contradice la del autor de “No Easy Day”, pues sostiene que el disparo desde la escalera no impactó en el terrorista, que el SEAL que iba adelante se limitó a apartar a las mujeres que estaban en el camino y que fue él mismo quien, ya en el tercer piso, mató a Bin Laden de varios disparos. Los que iban detrás lo remataron estando el terrorista sin vida.

La controversia de los hechos históricos se enriquece mucho si añadimos la controversia que suscitó “Zero Dark Thirty”. Michael Morell, el director encargado de la CIA, envió un mensaje a los empleados de la agencia afirmando que “es falsa” la impresión que da la película acerca del papel determinante de las torturas en la localización de Bin Laden (“técnicas de interrogación reforzadas”, como se las llamaba en la jerga burocrática antes de cancelarse ese programa bajo la Administración Obama). Según él, “múltiples flujos de inteligencia llevaron a los analistas de la CIA a concluir que Osama bin Laden se escondía en Abbottabad” y no preponderantemente los interrogatorios. Antes que él, tres senadores opuestos al uso de la tortura en tiempos del Presidente Bush -los demócratas Carl Levin y Dianne Feinstein y el republicano John McCain- habían sostenido en una carta al Presidente de la Sony que la versión de la película era “sumamente incorrecta y engañosa” en lo que respecta a la importancia de interrogatorios violentos en la ubicación de Bin Laden.

Sin embargo, José Rodríguez, el hombre que supervisó las operaciones de contrainteligencia en el gobierno anterior, aseguró en un artículo en el Washington Post que “los interrogatorios duros” fueron decisivos para obtener parte de la información. Del mismo modo, Michael Hayden, el último director de la CIA en tiempos de Bush, escribió en el Wall Street Journal que la información extraída a tres detenidos de la CIA mediante interrogatorios con “técnicas reforzadas” constituyó “un componente crucial” del éxito.

La propia Bigelow, que basó su filme en los testimonios de muchos de los protagonistas, ha respondido que ella no quería “blanquear” o “encubrir” la verdad y que los interrogatorios duros forman parte de la verdadera historia. Añadió, sin embargo, que su película deja en claro que la tortura no fue el elemento más importante.

Los espectadores juzgarán si su película sugiere o no que lo fue. Por mi parte, sostengo que “Zero Dark Thirty” sí sugiere que hay una relación directa entre las torturas y la información más importante que permitió a la CIA, en particular a una mujer que había hecho de la ubicación de Bin Laden la causa de su vida y en cierta forma es la protagonista de la película, obtener la pista más importante. Esa pista es el correo humano que empleaba Bin Laden: Abu Ahmed al-Kuwaiti. Desde los intentos del gobierno estadounidense por matarlo en Afganistán y Sudán muchos años antes, Bin Laden no usaba teléfono celular ni ningún otro instrumento moderno para comunicarse: sólo correos humanos. Aunque ninguno de los interrogados llegó a decir con precisión que ese era o seguía siendo el correo del líder de Al Qaeda (en parte porque no lo sabían ellos mismos a ciencia cierta), sí suministraron a sus interrogadores, a veces durante las torturas y a veces en los momentos en que estos jugaban al policía bueno, bastante hilos informativos que permitieron tejer una hipótesis. Esa hipótesis, perseguida con ahínco por la analista de la CIA con ayuda de muchas otras personas, permitió en 2010 dar con el paradero del correo humano, que vivía en el escondite de Abbottabad junto a Bin Laden.

Que algunos momentos de diálogo pacífico entre los interrogadores y los interrogados produjeran información útil no quita el que esos detenidos estuvieran para entonces ablandados por las torturas. Del mismo modo que el hecho de que una conversación por celular permitiera ubicar con más precisión a al-Kuwaiti no quita que los interrogatorios puedan haber sido determinantes para el hecho de que se le pusiera la puntería a él desde mucho antes. Nada de lo cual permite, sin embargo, determinar si hubiera sido posible obtener toda esa información sin las torturas -de allí el fascinante, pero perturbador debate moral y político que se desprende del filme- y sin todo un aparato de “guerra contra el terror” que llevó al gobierno de Bush a desbordar los límites de la legalidad tal y como se la entiende bajo un estado de derecho (por ejemplo con el uso de Guantánamo y de los “black sites” o centros de detención secretos fuera del territorio estadounidense y con el empleo de métodos violentos de interrogación de prisioneros).

No hay respuestas definitivas a la primera de las tres grandes preguntas que la película plantea subliminalmente. Ya mencioné que ni Bigelow ni el estamento político del país se ponen de acuerdo en si la tortura era indispensable. ¿Y qué hay de los otros dos interrogantes?

No hay duda de que el aparato de la guerra contra el terror facilitó ciertas cosas, pero ¿era necesario el costo moral y económico? Gran parte del problema fiscal de hoy tiene que ver con el gasto de esa guerra, de la que formaron parte las ocupaciones de Irak y Afganistán. Paradójicamente, a ese aparato costoso se debe que ahora tirios y troyanos se lamenten de la posibilidad de que se activen recortes automáticos en el Pentágono por 600 mil millones de dólares si no se logra un pacto en el Congreso para recortar otras partidas. Para no hablar del costo moral. Barack Obama anatematizó durante su campaña de 2008 los excesos de la guerra contra el terror y, sin embargo, no ha podido todavía acabar con el uso de Guantánamo para recluir a sospechosos de terrorismo. Además, ha hecho un uso mayor que Bush de aviones no tripulados (“drones”) para atacar objetivos terroristas, método que tiene un costo en vidas civiles.

Lo cual nos lleva al elemento burocrático. ¿Es el Estado burocrático el gran responsable de los éxitos contra el terror? La película sugiere lo contrario: esa burocracia, que ciertos individuos tuvieron que combatir para lograr objetivos, fue un obstáculo. En cambio, la iniciativa personal de ciertas funcionarias, especialmente la mujer de la CIA en quien Bigelow centra buena parte del relato, parece haber jugado un papel descollante. Pero si esa es la conclusión, el corolario inevitable es la certeza de que una considerable reducción de la burocracia ayudaría a la lucha contra el terror. De hecho, en 2006 fue desactivada la unidad Alec Station que llevaba desde 2001 tratando de dar con el paradero del jefe de Al Qaeda. Los buenos resultados se dieron después de esa desactivación. Dicho lo cual, ni los republicanos ni los demócratas aceptarían hoy, en la práctica, la premisa de que menos burocracia y más individualidad es mejor garantía contra el terror.

Artículo publicado originalmente en LaTercera

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