Enciendes la radio, pones la televisión o abres las páginas del periódico y ahí están, sin faltar ni una vez a la cita.
No puedo evitarlo. Los que somos del montón y hacemos, como mucho, un par de cosas a la vez, y las dos regular, no podemos dejar de asombrarnos de la capacidad de otros congéneres para multiplicar sin límite las ocupaciones, prodigar las presencias públicas, diversificar la atención y hasta demostrar un don de la ubicuidad absolutamente admirable.
Me refiero, por ejemplo, a los miembros del Gobierno de Zapatero. Bien es verdad que no a todos. Algunos, ni están ni se les espera en parte alguna. Su existencia es puramente nominal y su quehacer sencillamente inédito o enigmático. Hay otros, como Rubalcaba, Blanco o Jiménez, que te los encuentras hasta en la sopa, son omnipresentes. Enciendes la radio, pones la televisión o abres las páginas del periódico y ahí están, sin faltar ni una vez a la cita.
Les da tiempo a participar en prolongados desayunos informativos, ser entrevistados en los medios audiovisuales más variopintos, celebrar ruedas de prensa político-partidista-institucionales, opinar sobre cualquier asunto sin titubeo o recorrer ferias y romerías, y todo en el mismo día. Entonces, pienso, ¿a qué hora gobiernan? ¿Cuándo tienen tiempo para administrar nuestros intereses? ¿En qué momento se ocupan de estudiar, analizar, ponderar y decidir los importantes asuntos que deben traerse entre manos?
Estos fenómenos me recuerdan bastante a algunos tertulianos que opinan en cincuenta medios a la vez. ¿A qué hora se informan, reflexionan, leen y discurren sus opiniones? ¿Dónde encuentran el tiempo para abordar con tanta audacia la actualidad desde cualquier punto de vista que se les ponga delante?
Le pidieron en cierta ocasión a José María Pemán que improvisara unas palabras después de un almuerzo. El gaditano contestó que, para improvisar, necesitaba al menos dos días de antelación.
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