La columna de Ussía en La Razón se titula “Misericordia”. No tiene desperdicio.
Hay personas a las que no se debería meter el dedo en el ojo sin tentarse la ropa antes. Lo que ha hecho Mª Antonia Iglesias con Alfonso Ussía en un programa de Telecinco es libre pero suicida, una voluntaria pero completa inconveniencia, una arcada de cabo a rabo. Tendrá Ussía puntos débiles sobre los que hendir la daga dialéctica, los tendrá sin duda, pero que acredita una inteligencia irónica, una soltura penetrante y humorística y unas convicciones firmes y cristalinas fuera de lo común está más que acreditado entre su legión de seguidores. Para descalificar a otro hay que tomar la mínima cautela que evite el revolcón de vuelta.
Insultar a Ussía tal vez pueda proporcionar algún grado malsano de satisfacción a la otrora recadera de Felipe González en TVE; pueda hacerle ganar puntos entre la peor y más belicosa y rancia izquierda; ubicarse en la secta como el azote más inclemente y valeroso. Todo eso está muy bien y con pan se lo coma la interfecta. Lo único que debería haber calculado mejor era el tonelaje de la más que previsible réplica que le iba a caer encima después. Lo de ir a por lana y salir trasquilado se queda corto.
La columna de Ussía en La Razón se titula “Misericordia”. No tiene desperdicio. Le debemos a la provocación de Mª Antonia Iglesias un artículo genial. Termina diciendo: “Y que sigas ganando dinero haciendo estas cosas. Al menos, eso compensará tu estupor diario ante el espejo”. Es lo que tiene la imprudencia.
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